La historia de Sara Valencia, personera en 2024 en la Institución Educativa Javiera Londoño, muestra una forma menos vistosa de ejercer el liderazgo escolar: no prometer cualquier cosa, sino prometer con cuidado, gestionar lo posible y cumplir en pequeño.
Sara no prometió la piscina. No prometió llevar un cantante al colegio. Tampoco una salida al Parque de las Aguas.
Prometió algo menos espectacular y más difícil de sostener: trabajar para que estudiantes y docentes se sintieran mejor en su vida cotidiana. Mientras otros hablaban de actividades grandes y anuncios más llamativos, ella prefirió pensar en lo que sí podía hacerse. A algunos esa decisión no les gustó. «¿Eso es todo?», escuchó más de una vez, como si prometer poco fuera lo mismo que liderar poco.
En 2024, cuando decidió lanzarse a la personería, no lo hizo desde la seguridad. Lo hizo desde la intuición de que podía apartarse un poco de la imagen que tenía de sí misma y probar otra forma de estar en el colegio. Para eso buscó ayuda, tocó puertas, habló con profesoras que admiraba y se acercó a la Secretaría de Educación y a la de Juventud. Quería entender qué podía hacer una personera y qué no. Ahí entendió que prometer también obliga a medir lo posible.
Por eso no ofreció imposibles. Prefirió pensar en acciones cercanas, de bajo coste, que sí pudieran mover algo en la vida del colegio. Una de ellas fue salir a conocer Prado Centro, el barrio donde está ubicada la institución. Otra surgió cuando supo que una profesora tenía una exposición en el Metro y coordinó la visita de un grupo de estudiantes para verla. Sara insiste en que salir del aula también educa.
A partir de ahí, la promesa empezó a parecerse a una gestión. En la página de la Alcaldía encontró posibilidades de asesorías odontológicas y procesos de concienciación con Infancia y Adolescencia. También escribió cartas a Comfama y a Comfenalco Antioquia, y pidió consejo a algunas concejalas. No todas las puertas se abrieron, pero el ejercicio le mostró que representar también implica insistir, esperar y aceptar límites.
Pero no todo ocurrió por fuera. Sara descubrió que buena parte de lo que una personera puede cumplir no depende de grandes recursos, sino de atención: dejar a sus amigas en el descanso para ir a los salones de séptimo, ver a alguien llorando y preguntarle qué pasaba, notar que a una estudiante le faltaban útiles o que un niño no tenía lonchera y ayudar a mover una campaña. Gestos pequeños que no siempre se ven como logros, pero que sostienen la idea misma de representación.
En el camino hubo costes. Sara dejó su grupo de baloncesto y renunció a un viaje a Estados Unidos, al que iba a competir, para dedicarse al liderazgo. Primero reconoció emociones como la rabia, la tristeza y la impotencia; después se preguntó qué era lo que más quería en ese momento. La respuesta, dice, fue ayudar a su colegio.
Su paso por la personería deja, al final, una imagen menos vistosa y más precisa de la representación escolar. No la del anuncio espectacular ni la del liderazgo que se mide por aplausos, sino la de alguien que entendió que representar también implica aceptar que no todo el mundo quedará satisfecho y, aun así, prometer con cuidado y cumplir, incluso en pequeño. Como plantea Marina Garcés, «prometer es una acción que se hace con la palabra y que, de la nada, hace nacer un vínculo y un compromiso capaces de atravesar el tiempo y reunir, en una sola declaración, pasado, presente y futuro». En la experiencia de Sara, ese vínculo no se sostuvo en grandes anuncios, sino en hacerse cargo de lo posible.
Prometer con medida
Cuando eliges a alguien para que te represente, ¿prefieres promesas grandes o compromisos posibles?
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