«Solo somos felices cuando creamos». – Pablo d’Ors–
Estaba replanteando mi vida, sentado en la sala, en medio de morros de libros desordenados, que parecían a punto de caerme encima, signo de un trasteo hecho a la carrera. Me había quedado sin empleo y sin casa con la sincronía de una tormenta perfecta. Tenía al frente una hoja de bloc pinares, un papel grande, listo para escribir mi primer mapa mental luego de abandonar mi último trabajo en el sector público. Si alguna vez existió el dilema del papel en blanco fue precisamente esa mañana. En mi balcón, un azulejo me miraba de lado. Sentí miedo al verme reflejado en uno de sus ojitos. Más que el desempleo, me abrumaban la soledad y el desamparo.
Respiré —en esa época aún no meditaba—, estiré los brazos y me puse manos a la obra. Sin pensar mucho, dejándome guiar por esa idea de «la mano que piensa» escribí los oficios que más me gustan. «Desarrollo urbano, educación, emprendimiento y cultura». Luego rodeé cada una con un círculo, como para dar énfasis. «30 %», escribí en otra parte de la página, sin que mediara reflexión alguna, decidí aportar un 30 % de mi tiempo para voluntariados en fundaciones. Un amigo me lo dijo después: «solo un loco se queda sin trabajo y lo primero que decide es regalar su tiempo».
Tenía la posibilidad de contar con ahorros de empleos pasados para unos pocos meses, pero mi intuición en ese momento fue perseguir el propósito y el gozo. Allí donde había sido feliz y tenido buenos resultados, en eso iba a aportar. Comencé a escribir a fundaciones, amigos, empresas y entidades con las que pudiera desarrollar esas labores, con o sin remuneración. Aparecieron, poco a poco, juntas, voluntariados y algunas invitaciones a tomar café. Ahora puedo decir que esos espacios de conversación, aprendizaje, contribución y creación fueron mi oasis, mi bálsamo. Entidades como la fundación FAN, Interactuar, Proantioquia y Secretos para contar fueron mi casa y mi hospital para sanar el totazo y esa sensación de haber perdido el camino.
Allí me sentí acogido y útil, trabajando gratis encontré que el sentido es más importante que casi cualquier cosa en la vida.
Aunque, obviamente, necesitaba con qué vivir, estos meses de ‘regalado’, me ratificaron en qué podía agregar valor y en qué quería trabajar. Más o menos tres meses después, alguien me ofreció pagarme por una asesoría. Fueron surgiendo proyectos de lo que terminaría por convertirse en una práctica consultora de casi cinco años, con buen ingreso y un pequeño y extraordinario equipo de trabajo.
Me siento a escribir este texto y descubro que mucho de lo que hago hoy en día surgió, sin planeación, de esos voluntariados de servicio a la educación, la salud, el cuidado y el empleo.
Encontrar la diferencia entre empleo y oficio me dejó ver mis gustos, vocaciones y talentos con mayor claridad. El empleo se puede perder, el oficio nos acompañará hasta la tumba. En ese paréntesis laboral evidencié con más claridad el sentido laboral de mi existencia. Sin ese vacío que pone a temblar la tierra, no habría descubierto quién soy hoy, no habría emprendido mi actual y fructífero camino.
Cada uno tiene su historia con el trabajo. Una historia con amor, conflicto, pérdida y, sobre todo, búsquedas. El trabajo atraviesa buena parte de nuestra historia como especie. Nuestras más altas creaciones en arte, ciencia, economía y política han emergido del trabajo humano. También, desafortunadamente, perdidos en los laberintos sicológicos y sociales del homo faber, hemos encontrado algunas de nuestras más oscuras desgracias. Cada trayectoria personal es única, pero los conflictos y posibilidades humanas nos unen y recuerdan que somos parte de la misma humanidad exploradora, gozadora y doliente.
Por eso, en esta edición de la revista Comfama le dimos una mirada desde distintas perspectivas al trabajo, inspirados en el Festival de Filosofía que hicimos hace pocos días en Envigado, sobre el mismo tema. ¿Qué lugar debe ocupar el trabajo en nuestra vida? ¿Cómo se ve el trabajo digno en la era de la IA? ¿Qué valor tienen el cuidado y el propósito en la definición del trabajo? ¿Cómo realizar nuestro oficio mientras cuidamos de la salud mental? En las historias y artículos que trae la edición exploramos la relación de la sociedad colombiana con el trabajo e intentamos darle una mirada histórica y también contemporánea, desde la filosofía, la economía y la sicología a un asunto que permea nuestra vida y nos define.
También invitamos a la mesa a nuestros traumas, creencias y prejuicios. Sabemos que el trabajo puede sanar o enfermar, depende de varios factores. Así como en un festival anterior hablamos de ocio, ahora conversamos del negocio —que algunos proponen etimológicamente como la negación del ocio— y sus formas, riesgos, desafíos y maravillas. Se habló de sentido, creación, cuidado, dignidad, propósito, salud mental, miedo, ansiedad y alienación.
El festival no busca resolver las tensiones contemporáneas sino explorarlas y darnos herramientas para afrontarlas mejor. A partir de estas conversaciones, asimismo queremos que como empresas y líderes pongamos manos y corazones a la obra para construir organizaciones sanadoras, donde trabajar sea un regalo de la vida. No sin que haya dificultad o fricción, eso es connatural a toda gesta humana, pero sí con balance, generando riqueza en un sentido amplio, que incluya la belleza, la salud y el desarrollo compartidos.
Queremos que estos textos motiven diálogos en familias, barrios y organizaciones; que, al leer, se hagan preguntas y se propongan debates. Acompañamos la reconciliación de la sociedad antioqueña con ese ‘destino’, del que hablaban nuestros abuelos.
En Comfama insistimos en promover un abrazo entre trabajo y bienestar, que algún día aprendamos que el trabajo duro es un valor y que descansar es otro, que no se le opone, sino que más bien lo nutre.
Tal vez lo que el azulejito de mi balcón me quería decir, para que yo ahora se los diga a ustedes, es que ese miedo que sentía aquella mañana no era a no tener empleo sino a no lograr construir sentido. No era miedo al trabajo sino a un trabajo sufrido y a varias décadas de empleo sin disfrute.
En Comfama insistimos en promover un abrazo entre trabajo y bienestar,
que algún día aprendamos que el trabajo duro es un valor y que descansar es otro, que no se le opone, sino que más bien lo nutre.
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