La cosa había llegado a los puños y, al cabo de un rato, estábamos los dos sudando y jadeando. Mi papá nos había tenido que separar para que no nos hiciéramos daño y ahora nos mirábamos a la distancia, con rabia y dolor. El balón que reposaba a pocos metros era el único testigo de un juego que se había convertido en una pequeña batalla. Que él me empujó, que aquel, más hábil, se había burlado de mí… la causa no importaba. Ninguna razón, explicaba mi papá, que comenzaba a molestarse, amerita que dos hermanos se traten así. «Dense la mano y pídanse perdón». «Pero papá, si la culpa fue de él…», dijimos al unísono. «Que se pidan perdón, si estaban peleando la culpa es de los dos», no había lugar a la negociación.
Hicimos caso y él cerró la situación con una frase que más o menos decía esto, mi hermano lo recuerda mejor que yo: «Un día se darán cuenta de que en los momentos más duros solo está la familia, que, al cabo de los años, no queda sino la familia y hay cosas para las cuales uno tiene que confiar en la familia». 40 años después, mi hermano y yo no podemos ser más distintos, pero tampoco más amigos. Tenemos ideas políticas y estilos de vida diferentes. Pero somos parte, con mi mamá, de una familia unida por la confianza de que ahí estaremos, pase lo que pase, de que nos queremos, cada uno como es.
En la casa de mi infancia, como en todas las casas, había conflictos. Desacuerdos entre mi papá y mi mamá, peleas entre mi hermano y yo, momentos de tensión colectiva, gritos de vez en cuando e, incluso, días de cortante silencio. Pero siempre, como debe ser, nos arreglábamos. Aprendimos juntos a conversar, resolver y a querernos en medio de la diferencia. No tenemos que pensar igual ni tienen que gustarnos las mismas cosas, pero confiamos en la presencia, el apoyo y el cuidado del otro. «Al final, hay momentos y circunstancias en los que solo queda la familia», enseñaba mi papá.
¿Por qué hacemos esta revista? Más allá de una serie de textos adicionales sobre uno de nuestros temas esenciales, la familia, se trata de preguntarnos cómo hacer para que esta sea una escuela de confianza y se vuelva el semillero de la democracia y la convivencia ciudadana. La Encuesta Mundial de Valores - EMV para Colombia señala que el gran desafío que tenemos como sociedad —quizás el sustrato de muchos de nuestros problemas—, son los inmensos retos en materia de confianza. Somos una sociedad en la que los extraños, los diferentes y las instituciones nos inspiran poca confianza, no creemos que nos vayan a cumplir y a respetar.
Esa desconfianza tiene impactos terribles en la vida social, familiar y económica. Nos cuesta creer en la palabra, un desconocido es un potencial enemigo o agresor, la diversidad nos atemoriza, los contratos se llenan de cláusulas previendo lo peor de la contraparte. Sin embargo, todavía existe un lugar donde la confianza resiste: la familia, a pesar de todos sus desafíos, transformaciones y tensiones. Es nuestra roca sólida a partir de la cual podríamos construir, finalmente, un proyecto colectivo.
Por eso, esta revista tiene una doble intención. De un lado, los colombianos debemos trabajar unidos, familias, instituciones y empresas, en volver a la familia un espacio digno de esa confianza. Un lugar cuidador, nuestro primer equipo, un espacio respetuoso y seguro. Es fundamental erradicar las violencias del espacio familiar, promover un verdadero diálogo en los hogares y educarnos en resolución de conflictos.
¿Qué tal si cada familia tuviera su propio pacto familiar, una especie de constitución, que ponga límites y resalte valores, que trate acerca de cómo apoyarse, cuidarse, resolver conflictos, manejar el dinero, etcétera?
Por otro lado, queremos conversar sobre cómo extender ese círculo de confianza familiar a otras esferas. De poco nos sirve confiar en la familia y desconfiar del mundo entero. Sería como una nueva era tribal, de todos contra todos, de miedo y odio, de guerra sin fin. Esta «isla» de confianza, esta primera escuela, tiene mucho que enseñarnos. La capacidad de formar vínculos aprendida en la infancia es la clave para nuestra vida social y laboral. Será fundamental para cuando decidamos crear nuestra propia familia, sea cual sea el modelo elegido.
Confianza viene de la palabra en latín confidentia, que significa creer con otro. Y esa capacidad que se siembra en las familias sanas, fuente de la confianza en uno mismo y en los demás, es la base del buen funcionamiento de la sociedad. Nada hay más importante para la democracia, para el bienestar colectivo que la confianza, y no hay un lugar más potente para construirla que el refugio hogareño, la casa familiar.
En estas páginas van a encontrar a Carlos, que salió del chat familiar de WhatsApp tras una ofensa, pero volvió después de un café y una disculpa; a Marisol, que le dijo a su mamá quién era y juntas aprendieron a quererse de otra manera. Nosotros, en Comfama, nos hemos conmovido con estas historias, entrevistas y reflexiones, nos han desafiado y enseñado. Esperamos que, a ustedes, estas historias y textos les inspiren conversaciones en la casa, al final de un largo día, en la empresa antes de comenzar una reunión y en el espacio comunitario, ahora en vísperas electorales.
Mientras termino este texto para enviar a los editores, saco un rato para tomarme un café con mi hermano. Nos sentamos sin afán en una mesita donde no haya mucho ruido. Me cuenta de sus sueños, sus proyectos y sus preocupaciones. Planeamos un viaje juntos, conversamos sobre cómo cuidar mejor de mi mamá y, al final, nos abrazamos.
«Conversamos bueno», dice el chat que llega a los pocos minutos. «Debería ser más seguido», reza la respuesta. ¡Cuánta razón tenía mi papá!
«De poco nos sirve confiar en la familia y desconfiar del mundo entero».
«De poco nos sirve confiar en la familia y desconfiar del mundo entero».
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