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«He sido un hombre afortunado en la vida: nada me resultó fácil». Sigmund Freud

Hubo un momento en mi vida en que el suelo tembló. Me quedé sin trabajo —no vale la pena contar acá los detalles— y perdí también algo más difícil de nombrar: la certeza de saber quién era y para dónde iba. Más que un empleo, en aquella oportunidad sentí que perdía el camino, que me quedaba sin presente y, peor aún, sin futuro.

Al final, logré salir de esa crisis gracias a muchos apoyos, emprendí primero y después conseguí trabajo al cabo de varios meses. Un psicólogo me ayudó a ver, con paciencia y sin lástima, que seguía siendo capaz, que ese momento oscuro no era la medida de mi valor. Un mentor me dijo también algo que no quería oír: que me dispersaba con facilidad, que debía enfocarme, que el dolor no era excusa para seguir dando vueltas. Un amigo, inolvidable, me ofreció un trabajo de tiempo parcial que me permitió pagar las cuentas mientras encontraba el rumbo. No era un regalo que me hacía, era un acto de confianza. Él creyó en mí antes de que volviera a hacerlo yo mismo. El esfuerzo fue mío pero, sin ellos me habría quedado atrapado en el pantano.

En ese momento difícil, mi trabajo, mi capacidad y mi entusiasmo me ayudaron a salir adelante. Pero, como en todos los momentos clave de la vida de una persona, estén atados a problemas u oportunidades, pude avanzar gracias a otros. A gente e instituciones que confiaron, que me vieron detrás de la máscara de frustración y molestia que me invadía al ver fallar mis planes.

Cuento esto porque me parece importante ser honesto sobre algo que la narrativa del éxito individual suele callar: casi nadie avanza completamente solo. El esfuerzo es propio, la voluntad es intransferible, el mérito es de cada quien —nada de eso lo discuto—. Pero en los momentos más decisivos, lo que muchas veces inclina la balanza es que alguien esté ahí. Una palabra en el momento justo. Una mano que amortigua la caída. Una oportunidad que llega porque alguien estuvo en el lugar correcto, alguien confió.

La vida tiene esos momentos bisagra en los que un aliado hace toda la diferencia. Unos son saltos de fe y los otros son crisis. Unos son encrucijadas en las que un consejo o una oportunidad que aparece pueden elevar a una persona o familia social, económica, espiritualmente. Otros son los golpes de la vida que algunos superan gracias a su convicción y a una red de apoyo familiar o institucional. En esos instantes, la diferencia entre avanzar y quedarse quieto no es únicamente el mérito. Con frecuencia, la clave del progreso está fuera de nosotros.

Existe una narrativa muy extendida que carga sobre los hombros de cada individuo la responsabilidad total de su destino. Es un relato que a veces inspira, pero que también puede ser cruel, porque este país no ofrece el mismo punto de partida ni las mismas condiciones a todos. Hay territorios, espacios y momentos en los que las personas no tienen acceso al mínimo necesario para expresar su talento y florecer. Hay fallas que el mercado no corrige y que el Estado no siempre alcanza a cubrir. Y en esas grietas, muchos sueños se quedan atrapados —no por falta de capacidad—, sino por falta de condiciones, por la ausencia del aliado correcto en el momento justo.

Ahí aspiramos a estar. No como protagonistas del viaje —ese lugar le pertenece a cada persona, cada familia, cada empresa—, sino como el aliado que aparece en el momento preciso. El mejor servicio de Comfama no aparece en el sitio web, consiste en ser capaces de ser esa «dulce compañía» de los antioqueños, que «no nos desampara ni de noche ni de día». Que un crédito ayude a comprar la vivienda que cambiará el futuro de una familia; que un subsidio permita estabilizarse y retomar una carrera interrumpida; que un programa ayude a una empresa a escucharse antes de perderse. Aspiramos a que ustedes, al usar uno de nuestros servicios o pasar por una sede o parque, obtengan más que un servicio: un escalón, un empujón cariñoso y la sensación de que no estén solos frente a los retos que la vida les plantea.

No queremos que la gente se sienta ayudada —en lo que nosotros consideramos importante— sino apoyada en sus propios sueños. No resolvemos la vida de nadie pero estamos ahí cuando más lo necesitan nuestros afiliados. No buscamos reemplazar las capacidades de nadie. Pretendemos multiplicarlas, apalancarlas, «hacerles barra». Cuidar desde la orilla de la piscina cuando alguien se lanza al agua por primera vez a los cincuenta años o acompañar con paciencia mientras alguien sostiene tres años de ahorro antes de recibir las llaves de su primera casa.

Eso es lo que se puede ver en las páginas que siguen: vidas que pasaron por Comfama y salieron distintas. No porque nosotros las hayamos transformado. Sino porque ellas decidieron transformarse, y, esto es quizás lo más hermoso de nuestro trabajo, nosotros estuvimos ahí.

Por eso los invito a una sola cosa: hablen de Comfama. En la mesa del comedor, en la reunión de equipo, entre amigos. Pregunten qué sueño lleva tiempo aplazado, qué proyecto necesita un empujón. Vengan, o manden a alguien que quieran. No para que lo resolvamos. Sino para no tener que cargarlo solos.

Yo tuve ese psicólogo, ese mentor, ese amigo. Ojalá todos tengan su Comfama.

La vida tiene esos momentos bisagra en los que un aliado hace toda la diferencia.

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