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David Escobar

Cómo me volví un lector

«Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer». Mario Vargas Llosa

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«Lo más importante que me ha pasado en la vida ha sido aprender a leer». Mario Vargas Llosa

Muchas veces me he sentado a examinar mi propia vida para tratar de dilucidar el momento en que me volví un lector. No me refiero a cuando balbuceé las primeras sílabas en voz alta, seguramente en Nacho Lee o en La alegría de leer, las herramientas pedagógicas de mi época preescolar. Cuando hablo de convertirme en lector pienso en ese momento en el que mi identidad cambió para siempre.

Además de todo lo que soy, género, estatura, gustos y disgustos, hay un instante en el que a mi autodescripción se suma esta palabra simple y contundente: lector. Es raro, porque no decimos «soy un caminador» ni «soy un dormidor» ni «soy comedor», refiriéndonos a otras labores existenciales. Pero un buen lector normalmente se reconoce como tal. Y eso tuvo un comienzo, ese momento y aquel libro que, de manera iniciática, cambiaron mi historia. Desde ese día me volví uno de esos seres poseídos por la afición avasalladora de leer aunque sea unas pocas páginas diarias y la de no ser capaz de soltar un libro que nos ha atrapado entre sus párrafos.

Cierro los ojos y me transporto a mi infancia. Quizás no sea un día, una situación específica, sino muchas. ¿Será que se me contagió en la casa familiar? Aparece frente a mí la biblioteca que ahora veo pequeña, pero que, en ese entonces, sentía infinita. Tal vez en alguno de esos textos está el motivo para mi profunda y luminosa pasión por la lectura. ¿Será que la heredé? Se pone el sol en esa biblioteca y aparece, sentado en el sofá como un fantasma, mi papá, que mezcla la lectura con los pobres versos que componía para que nadie más que mi mamá leyera. Veo un trago en sus manos, hielo, líquido ámbar, le tiembla el labio inferior declamando un poema de De Greiff. ¿Será simplemente que fueron el saber y la lectura una fuente de autoestima y aceptación?

Como en el cuento navideño de Dickens, soy de repente testigo de mi propio pasado. El ejercicio de recordar es hermoso. Estoy en un pequeño auditorio en la Biblioteca Pública Piloto. Premian a los mejores lectores del año en todas las bibliotecas escolares de la ciudad. No sé cómo lo miden, debió ser tomando las viejas tarjetas de biblioteca y revisando nombres. En ese caso, no merezco del todo la medalla, porque por esa época, igual sucede ahora, es más lo que llevo a casa que lo que leo, no me daría la vida para leerlo todo. ¿Tendrán algo que ver mi rebeldía, mi resistencia a la burla y al matoneo? Por ser un lector me hicieron bullying por años, desde el colegio, donde fui calificado como nerd, tontarrón, distraído, antisocial y torpe sin remedio, hasta en la universidad. Aún así, leer me ayudó a encontrar mis talentos y mi lugar.

Recuerdo que un día, en un paseo de finca, me tiraron el libro a la piscina y me regalaron en su lugar un libro de plástico, un juguete infantil, para que pudiera llevarlo a todas partes. Alguna vez creí que tal vez los libros fueron mi manera de huir de las pesadillas en la infancia, tan comunes para mi corazón sensible. Las tiras cómicas y Los Mosqueteros me ayudaron a librarme de los hombres lobo y las ratas que me perseguían en medio de los malos sueños preadolescentes. Tampoco olvidaré la noche en que llegué con un regalo para una de mis primeras novias, ¿adivinen qué era? Y su comentario, al anunciar el «detalle», fue: «Ojalá no sea un libro porque, si es así, me toca sentarme en él…». A los pocos meses no había novia y me aseguré de extraer de su casa el texto en cuestión antes de terminarle. Valdría, seguramente, mucho más en otras manos.

Al final no sabemos por qué nos volvimos lectores o por qué «aún» no lo somos. «¿Qué leo?», me inquirió un lector joven e inexperto. Seguro esperaba una respuesta culta, pero yo no supe sino decirle que leyera de todo. Que a mi papá le gustaban desde Camus hasta Snoopy y que eso mismo me había heredado.

Si un libro me acompañó en la vida fue Muerte en la piscina, de Ágatha Christie. Se convirtió en mi refugio en un paseo en que mi ansiedad juvenil se disparó porque no había sido capaz de hablarles a unos vecinos (léase vecinas) de cabaña en Coveñas, de tan tímido que era. Podría haber dicho que igual me gusta de todo pero no todo.

Una señora me escribía el otro día sobre cómo implantar el hábito en sus hijos y no le dije más que las cosas comunes. Que intentara con los cómics, sugerí. Que leyera ella, si no cómo iba a esperar que sus crías soltaran el celular. Que pusiera muchos libros alrededor, por toda la casa. «Si se tropiezan con ellos en todas partes terminarán por coger alguno y, casi que por casualidad, comenzarán a leer». En fin, puras ideas sin sustento científico, no soy un experto, solo un empírico lector afiebrado, enfermo (o aliviado) de libros y de letras. «¿Y si uno no tiene libros?», me dijo. «Siempre tendrá por ahí alguna biblioteca pública», salí airoso, «las de Comfama son pequeñas, pero muy bonitas». «Pensamos en ellas como una mezcla de templo y circo, para conectar con personas introvertidas y gente sociable, son los lugares más incluyentes del mundo», rematé.

Por eso hacemos esta revista, como un homenaje a la biblioteca pública en abstracto y en conreto. Tambíen para celebrar que las nuestras están cumpliendo 50 años. En un país en el que el libro aún no está en la canasta familiar y en el que los espacios públicos tranquilos y cálidos son aún escasos, la biblioteca es el espacio seguro para el niño, el lugar de encuentro para los enamorados, el sitio de ocio para el adulto mayor que busca la prensa de hoy, o la de ayer, qué más da. Todo buen lector sabe que una biblioteca privada es una proeza y un privilegio, pero reconoce que las públicas son paraísos de la Tierra, como sugería por ahí Borges.

Queremos contar historias de gente que lee porque le sirve para su salud mental y su progreso, para la construcción de comunidad, para hacer las tareas, para descansar o para, simplemente, dejar de pensar en un país que da tantas cosas de qué preocuparse. También celebramos, desde luego, a aquellos que leen porque sí, porque les gusta, sin más razón. No se necesita un motivo para sentarse a leer. Queremos también hacer un sencillo homenaje a libreros, bibliotecarios, editores, escritores y el resto de profesiones de lo que llaman la cadena del libro. Sin ellos, el mundo moderno no existiría. Volviendo a Borges, bien dijo que el libro es maravilloso porque es «una extensión de la memoria», la memoria que dio a luz a Occidente con sus fábricas y sus carreteras, su Internet y su avance material sin precedentes, pero también a sus preguntas existenciales, a sus más bellas expresiones y a su consciencia ambiental. Pero, sobre todo, sin ellos, el mundo sería mucho más aburrido, opaco y gris. En la sala de espera del doctor no habría alternativa al celular y a las redes; en las noches de insomnio no tendríamos opción a las peores series de TV y… ¿qué sería de las vacaciones sin los libros? Hay quienes pensamos que sacarlas se justifica, sobre todo, porque finalmente podremos leer en paz, a letra suelta, esa novela larguísima que nos está esperando en la parte baja de la mesa de noche desde hace tantos meses.

Queremos, como siempre, promover conversaciones. Que se hable de empresas que leen y tertulian, de familias que leen y comentan, de parejas que se enamoran leyéndose en voz alta —no hay forma de querer más bella— y de sociedades cuyo orgullo y encuentro pasa por la lectura y la biblioteca pública. ¡Qué falta hace volver a hablar de construir nuevos y llenar de vida los actuales Parques Biblioteca! Vamos a la Piloto, compremos libros para las escuelas y celebremos esas inolvidables clases universitarias en las que el profesor, luego de haber asignado una lectura, preguntaba, al rompe: «¿Qué piensan de lo que leyeron para hoy? Vayamos a las librerías del Centro, de Laureles y El Poblado, de todos los barrios, a comprar un librito de regalo, por Navidad o de cumpleaños, o de mí para mí mismo. Visitemos nuestra red de bibliotecas de cajas de compensación, de alcaldías y de muchas fundaciones y colectivos que construyen paz y comunidad desde y a través de los libros.

Disfruten esta edición que, como pueden imaginar, gozamos haciendo. Escríbannos cartas sobre ella, antójense de libros gracias a ella, fomenten la lectura en casa como un gesto de unión que trae progreso, imaginación y posibilidad. Familia que lee unida… podríamos parafrasear, permanece unida. Si algo queremos que quede claro al final de esta lectura es que los libros son puentes hechos de palabras que nos conectan a través del tiempo y del espacio, cruzan fronteras reales e imaginarias, unen lo humano y lo divino, reconcilian, tejen, sanan y están siempre ahí esperando, pacientes, la mano amorosa del próximo lector.

La biblioteca es el espacio seguro para el niño, el lugar de encuentro para los enamorados,

el sitio de ocio para el adulto mayor que busca la prensa de hoy, o la de ayer, qué más da.

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