Editorial Cambio climático

David Escobar

Actuar por el planeta

Sin recuperar el carácter sagrado de lo vivo, lo urgente siempre le ganará la partida a lo importante.

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«Reciclar y protestar no son suficiente». Karen Armstrong Autora del libro Naturaleza sagrada

«¿Puedo decir algo sobre el libro?», me dijo uno de mis compañeros, refiriéndose a Planeta inhóspito, de David Wallace-Wells, que estábamos leyendo en Comfama como parte de nuestra disciplina de estudio. Acabábamos de salir de las cuarentenas de la pandemia, estábamos dedicados a cuidar la vida humana, metidos de lleno en el subsidio de desempleo y buscando por todos los medios acompañar a nuestros afiliados y a la sociedad antioqueña en momentos de alta tensión y mucho miedo, estábamos cansados.

«Es demasiado fuerte, no me siento capaz de terminarlo», dijo mi colega. Los demás se sumaron a su clamor. «Es apocalíptico, ahora no estamos listos para tanto dolor, para ese desastre. ¿Podemos leer algo más amable?», dijeron. «No termina tan mal…», reí, pensando que al final son pocas las soluciones que el texto propone. Nunca imaginé que un libro pudiera generar una reacción así, pero estuve de acuerdo. «Después lo leemos», acordamos. Nos daba miedo palpar esa verdad brutal y quizás no era el momento.

Sin embargo, ese episodio me dejó varias inquietudes. ¿Cuándo llegaría aquel momento…? Nos acostumbramos a aplazar la discusión y las acciones sobre el clima. A pesar de las olas de calor, las inundaciones, las sequías y las noticias de deterioro de los ecosistemas en todo el planeta, parecemos estar frente a una sordera o, al menos, una impotencia colectiva. Las alertas de organismos multilaterales, los análisis científicos y los llamados de atención de los activistas no han cambiado nuestros hábitos ni nuestra arraigada mentalidad del siglo XX.

Aunque cada vez más personas, familias y organizaciones se comprometen y actúan desde su espacio, a veces se siente que no vamos al ritmo necesario, que los avances son apenas marginales. Si hoy les preguntáramos a la mayoría de las familias colombianas por sus prioridades para 2024, claramente entre ellas no está actuar por la vida y mitigar el cambio climático. Estamos ante un reto inmenso y la mayoría de la gente no siente que sea asunto suyo. La realidad suena abrumadora y asusta; ante tremendo desafío, un individuo puede sentirse impotente, insuficiente, pequeñito.

Quizás sea porque el cambio climático parece lejano, lo cual es una falsa percepción. Lo suponemos distante en el tiempo, pensamos que lo que pueda pasar está muy lejos, que faltan muchos años. Creemos que hay asuntos más urgentes, la mayoría de los países tenemos problemas sociales y económicos más acuciantes. No lo conectamos, tampoco, con la vida diaria, juzgamos que es un problema para los políticos y las grandes empresas.

Para colmo, y ahí puede haber una clave, no nos duele suficiente dado que crecimos en una cultura donde se cree que la naturaleza está muerta, que es solo un recurso. Como lo ha explicado la escritora Karen Armstrong, nos hemos desconectado espiritualmente de la naturaleza, le hemos sustraído su sacralidad. Por eso, quizás, no comprendemos que esta crisis es nuestra, que el Homo sapiens es una especie más y que este cambio radical en la manera como funcionan los mares, los ríos, los vientos, las lluvias y las estaciones, no se trata de un problema en una fría y lejana roca inanimada. Nuestro hogar está en llamas, mientras estamos sentados en la sala, mirando la pantalla del celular, pensando que todo sucede en la casa del vecino. Por eso hacemos esta revista. En Comfama nos preguntamos cómo hacer para conectarnos con esta pavorosa y urgente realidad de una manera más empática, más sensible, más profunda. Queremos explorar lo que podemos hacer cada uno desde lo individual, comunitario y organizacional. Pretendemos generar conversaciones, elevar consciencia y promover acciones.

Comencemos por el cultivo de la consciencia. Eso de pensar que la naturaleza es un stock de recursos y desconocer que somos naturaleza, nos cercena la empatía, impide la compasión con las demás especies y sus ecosistemas. Si no retomamos la sabiduría presente en casi todas las tradiciones religiosas y muchas comunidades indígenas, además de la conexión con lo vivo presente en el fondo de cada corazón humano, difícilmente encontraremos acciones prácticas contundentes. Sin recuperar el carácter sagrado de lo vivo, lo urgente siempre le ganará la partida a lo importante.

Al mismo tiempo que emerge una nueva consciencia, queremos promover un diálogo empresarial, barrial y familiar, sobre cómo emprender acciones contundentes acerca de cambiar estilos de vida y transformar hábitos de consumo. Aunque los gobiernos y las grandes empresas deben dar ejemplo, no debemos olvidar que este profundo desequilibrio planetario se origina en cómo vivimos nuestra cotidianidad, en las maneras como nos movemos, nos vestimos, comemos, nos comunicamos y cultivamos (solo para mencionar algunas actividades humanas). La vida occidental moderna tiene inmensos beneficios, pero sus impactos negativos ambientales son abrumadores.

Nos gustaría que, al leer esta revista, en las empresas se sienten a preguntarse cómo promover mejores hábitos climáticos en sus empleados. Soñamos con que en las familias de Antioquia conversemos sobre nuestro día a día y cómo hacerlo más amigable con la Tierra, en particular las personas con más altos niveles de consumo. No podemos delegar esta responsabilidad sobre la «casa común» en unos pocos poderosos y unos cuantos científicos y activistas. Nos corresponde a todos, de acuerdo con nuestra realidad, aportar lo que esté a nuestro alcance. Que cada uno sea como el colibrí de la popular fábula de la cultura Guaraní, en Paraguay, que se propone apagar el incendio que consume su bosque llevando agua en su pico diminuto. Mientras vuela a toda velocidad, de ida y vuelta, del lago al bosque, alguien se burla de él. Su respuesta es conmovedora y nos puede inspirar a todos: «Puede que solo no pueda salvar al bosque, pero estoy haciendo mi parte».

Sin recuperar el carácter sagrado de lo vivo,

lo urgente siempre le ganará la partida a lo importante.

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