Acá estamos

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«Los amigos se necesitan en la prosperidad y en el infortunio». Aristóteles, Ética a Nicómaco.

La mañana del 10 de agosto, después del terremoto, apenas dejó de temblar, agarré mi celular.

La novia, la mamá y el hermano estaban primero. Luego envié mensajes a los más cercanos. ¿Están bien? ¿Dónde están? ¿Tu casa está bien? ¿Cómo se sintió? Busqué a los amigos, revisé los grupos de WhatsApp y esperé esas respuestas breves que, en momentos así, parecen suficientes: «todo bien por acá», «estamos juntos», «tranquilos». Por unos minutos, todo lo demás fue irrelevante.

Poco a poco, el círculo de cuidado comenzó a crecer. El vecino que vive solo, la amiga querida de mi mamá, los amigos en Cali, Pereira y el Chocó. Aparecieron mensajes de compañeros con los que hablamos poco y familiares que llevábamos días sin llamar. En los grupos del trabajo o de amigos comenzaron a circular preguntas, ofrecimientos y noticias. Todos comenzamos a preocuparnos un poco más por los demás.

Cuando llegaron las primeras noticias de Pereira, pensé en Mauricio y pregunté por su familia. Después aparecieron las imágenes de casas dañadas, familias que habían tenido que salir de sus hogares, una carretera cerrada y personas buscando ayuda. También supimos que Comfamiliar Risaralda, la caja de compensación del departamento, había perdido su sede administrativa y su clínica, una de las más importantes de la región. ¿Cómo estarían las cajas de compensación del Chocó, del eje cafetero y del Valle del Cauca?

No conocíamos a las personas que aparecían en las imágenes de las redes y las noticias ni sabíamos sus nombres, pero algo había cambiado: queríamos saber dónde estaban, qué necesitaban y cómo ayudar. La pregunta empezó a ser también cómo movilizar al sector y conectar con quienes lideraban la respuesta inmediata. En cuestión de minutos, ese grupo al que llamamos «los nuestros» se había ensanchado.

Recordé que, en mi infancia, mi abuela Leticia recibía a todo el que pasara por la finca con una limonada, un claro frío, una fruta picada o un plato de sus deliciosas galletas de mantequilla. Me acordé de los barrios de Medellín, donde un problema de una familia es un asunto de todos. ¿Qué ocurre en momentos así? ¿Por qué una emergencia consigue que alguien que hace apenas unos minutos era un desconocido, empiece ahora a importarnos?

Un terremoto nos recuerda, súbitamente, nuestra fragilidad. Bastó que se moviera el piso para que cambiáramos la forma en que miramos a quien tenemos al lado. La familia que perdió su casa podría ser la nuestra, quien necesita ayuda podría ser nuestro mejor amigo, un compañero de trabajo o el vecino de enfrente. Y así, comienza a aparecer ese impulso que vimos repetirse durante esos días: acercarse, preguntar qué hace falta, compartir lo que tenemos, ofrecer tiempo, conocimiento, comida, un lugar, dinero, compañía. En las empresas nos preguntamos cómo donar y cómo ayudar. Emerge ese instinto de ayudarnos.

Sin embargo, querer ayudar no significa hacerlo bien. Ya sabemos lo que puede pasar con las buenas intenciones. A veces, en vez de colaborar terminamos entorpeciendo procesos, generando exceso de unas cosas y carencia de otras. En una emergencia, es necesario que cada quien aporte desde lo que sabe. Hace falta escuchar, organizarse, compartir información y repartir tareas. Alguien conoce el territorio, otro tiene un vehículo, aquel sabe dónde falta una ayuda o tiene la capacidad de convocar a otros. Lo que comienza como la intención de una persona puede convertirse, cuando encuentra método, voluntad y confianza, en una red capaz de hacer mucho más de lo que cualquiera habría podido lograr por su cuenta. La solidaridad necesita de instituciones y liderazgo.

Vimos eso en muchas comunidades. Personas que no se conocían empezaron a trabajar juntas, universidades se convirtieron en centros de acopio, vecinos organizaron ayudas, transportadores pusieron sus vehículos al servicio de otros y ciudadanos encontraron maneras de aportar desde aquello que sabían hacer. Pasamos de la solidaridad a la cooperación.

Las empresas también fueron fundamentales. No solo por el dinero que pudieron aportar, sino porque pusieron al servicio de la emergencia capacidades que habían construido durante años: conocimiento, personas, infraestructura, tecnología, redes, logística y experiencia para resolver problemas. Una empresa puede donar recursos, por supuesto, pero también puede preguntarse qué sabe hacer bien y cómo ponerlo al servicio de los demás.

¡Pero atención! Por un tiempo donamos, preguntamos y estamos atentos, pero después los titulares cambian, regresamos al trabajo, a nuestras rutinas, a nuestras discusiones y a nuestras preocupaciones de siempre. Las necesidades de quienes lo perdieron todo, en cambio, no desaparecen al mismo ritmo.

Hicimos esta revista porque creemos que las historias también pueden ayudarnos a recordar. Aquí hay personas, comunidades, empresas y organizaciones que compartieron recursos, conocimiento, tiempo y capacidades. Personas que encontraron a otros y descubrieron que juntas podían hacer mucho más.

¿Cómo hacemos para conservar esa disposición a cooperar por meses y años, como realmente se necesita? ¿Cómo seguimos siendo solidarios cuando ya no hay una emergencia que nos obligue a hacerlo? ¿Qué podemos hacer para que no se cierren tan rápido esos círculos que conseguimos ensanchar?

No tenemos una respuesta. Pero sí confiamos en nuestra habilidad de conservar algo de las redes que se tejieron durante esos días. Hoy somos quienes dan una mano; mañana podemos ser quienes necesiten encontrar una. Los empleados de Comfama hemos puesto nuestro grano de arena… la organización, un poco más. El sistema de la compensación es, quizá, si se compara con los grupos empresariales, el mayor aportante. Este compromiso es, también, un mensaje contundente: nadie se puede quedar solo luego de un desastre como este; acá estamos y acá estaremos.

"La solidaridad necesita de instituciones y liderazgo"

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