Iamgen editorial A disfrutar

David Escobar

¡A disfrutar!

«Los simples placeres son el último refugio saludable en un mundo complejo».

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«Los simples placeres son el último refugio saludable en un mundo complejo». — Oscar Wilde

Mi adolescencia se acortó por la muerte prematura de mi papá. Antes de cumplir veinte años, ya mi madre esperaba de mí el orden, la disciplina y la responsabilidad de su adulto «ideal». Incluso a los 17, su tarjeta de cumpleaños me lo advirtió: «Bienvenido a la mayoría de edad». Me lo tomé en serio.

Fui buen estudiante, representante estudiantil, madrugué, cumplí con el rigor que ella quería. Pero cuando llegaba la hora de relajarme, de la lúdica y la fiesta, oscilaba como un péndulo: entre la vida monacal y el desorden total. Las borracheras de juventud, las rebeldías innecesarias y los amores fugaces me desgastaron durante años. El ocio y el placer fueron, por mucho tiempo, una sombra distante —e incomprendida— en mi vida.

Tal vez la raíz estaba más atrás, en la infancia. Mi padre, con sus ideas estoicas, exigía disciplina. Mi madre, marcada por un puritanismo religioso, veía la risa, la fiesta y el goce con recelo. Yo era un nerd introvertido, contenido, y torpe para el baile. La ecuación no dejaba mucho espacio para el disfrute.

Tuvieron que pasar años, búsquedas sin fin y algunos terremotos vitales —la enfermedad, la muerte y los fracasos— para que me sentara frente a un psicólogo a contar mi historia. Al despedirse, me dijo algo tan simple como sabio: «¡A disfrutar!».

No era una frase ligera. En una cultura como la nuestra, donde se repite que “el ocio daña el negocio” y se mira con sospecha al que muestra abiertamente su goce, disfrutar es casi un acto de rebeldía. En Antioquia solemos desconfiar de la dulzura del «no hacer nada», preferimos la seriedad del trabajo duro, incluso el sufrimiento voluntario. Huimos de la risa, de la fiesta, tendemos a la culpa hasta en los más sencillos placeres.

Pero la vida me enseñó lo contrario: sin placer no hay energía, sin ocio no hay salud, sin gozo no hay creación. Poco a poco he aprendido a darme permiso. Con lentitud y timidez, descubrí el arte de saborear un buen plato sin afán, brindar con amigos sin remordimiento, reír con más soltura, bailar alguna canción —mi amiga del alma asegura que he mejorado— y disfrutar de las delicias de la piel. No todo puede ser trabajo, los pequeños placeres son la nutrición de la existencia.

Se trata, desde luego, de un reto colectivo. Nuestra cultura antioqueña ha sido grande en disciplina, empuje y emprendimiento, pero pequeña en permitir el disfrute. Tenemos una relación difícil con el ocio, que vemos como pérdida de tiempo, y con el placer, al que miramos con sospecha. Lo nuestro no ha sido el gozo, tanto en la vida privada como en el oficio cotidiano. Quizás llegó la hora de reconciliarnos con esa parte de nuestra humanidad que exige descanso, juego y fiesta.

El psicólogo Philip Zimbardo lo explicaba bien: si queremos combinar progreso con bienestar, necesitamos cultivar un hedonismo moderado. «El presente bien vivido, ser moderadamente hedonistas, nos llena de energía», decía. En otras palabras, aprender a disfrutar sin miedo es también aprender a vivir mejor.

Lo mismo me dijo alguna vez Francesco Oberti, italo-colombiano y papá de uno de mis grandes amigos: «Disfrutarlo todo, pero con moderación». No se trata de caer en excesos, sino de alcanzar la maestría de comer con gusto, pero sin indigestión, trabajar con alegría pero sin agotamiento, ir de fiesta sin que el día siguiente sea un suplicio, disfrutar de la sexualidad como uno de los más bellos lenguajes del universo.

Esto no es solamente un asunto personal. Aunque, como nos cuenta en esta edición David Zuluaga, fundador del podcast de filosofía Urbi et Orbi, el placer es una decisión individual, también es claro que una sociedad se puede organizar culturalmente para facilitar, e incluso para garantizar, el derecho al ocio. ¿Cómo diseñar sociedades, empresas, familias que no nos condenen a vivir en un perpetuo sacrificio, sino que pongan al alcance de todos el goce sencillo de la vida? El placer compartido, un partido de fútbol con amigos, una comida en familia o un paseo por la naturaleza se convierte en una fuerza que cohesiona y nos recuerda que no todo debe ser producción y esfuerzo.

De eso trata esta edición de la revista: de preguntarnos, desde la filosofía y la vida cotidiana, cómo hallamos el justo medio en los asuntos del placer. ¿Se permiten ciertos excesos? ¿Algo de carnaval, de feria, de fiesta? ¿Se vale transgredir, de cuando en cuando, lo socialmente aceptado? ¿Cómo ser hedonistas sin morir en el intento?

Ojalá este número abra conversaciones en las casas, en los parques, las empresas, los cafés y los bares. Que hablemos sin tapujos del goce, de lo que nos da energía, de lo que nos devuelve la risa, de todo aquello que hace dichosa la vida. Que al terminar de leer estos textos, cada uno recuerde esa frase simple y sabia que tanto me ha servido: ¡A disfrutar!

¿Cómo diseñar sociedades, empresas, familias que no nos condenen a vivir en un perpetuo sacrificio,

sino que pongan al alcance de todos el goce sencillo de la vida?

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