Cada semana, sin falta, un grupo de mujeres llega a una huerta en la vereda San José de la Montaña, en el corregimiento de San Cristóbal. No siempre hay sol. No siempre hay tiempo. Pero llegan.
Carmen Acevedo es una de ellas. Se nombra campesina, tecnóloga en gestión comunitaria y promotora de género. Trabaja por la vida, por los derechos de las mujeres rurales y por el cuidado de la tierra. Pero ese trabajo —como la huerta— no se sostiene solo en el propósito.
La huerta nació en 2018, en medio de aprendizajes sobre agroecología dentro de la Asociación de Mujeres Campesinas Siempre Vivas. Allí entendieron que cultivar no es solo producir alimentos: también es recuperar suelos, proteger semillas, compartir saberes y, sobre todo, permanecer. Y permanecer, han descubierto, no siempre es fácil.
Porque si algo pone a prueba el proyecto no es la falta de ideas, sino la dificultad de sostenerlo en medio de la vida diaria. Los cuidados, el trabajo, las distancias y las urgencias de cada casa compiten con la huerta. A veces no todas pueden llegar, a veces el cansancio pesa más que la motivación y a veces la tierra espera más de lo previsto.
Sin embargo, hay algo que las hace regresar.
Las mingas, por ejemplo: una tradición ancestral que consiste en jornadas de trabajo comunitario en las que varias personas se reúnen para sacar adelante una tarea común. Esos encuentros donde ninguna llega con todo resuelto, pero entre todas lo hacen posible: preparan abonos, cuidan los cultivos, conversan, intercambian semillas y memorias. En esos espacios, el trabajo se vuelve más ligero y el compromiso, compartido.
Ahí aparece una forma distinta de sostener el proyecto: no desde la obligación, sino desde la confianza. Saber quién puede ir, quién riega, quién vuelve después. Ponerse de acuerdo, cumplir la palabra y entender que la huerta no depende de una sola, sino del ritmo colectivo.
La huerta no es grande. Pero en ese espacio reducido han encontrado algo más amplio: autonomía. Cultivan para el autoconsumo, generan algunos ingresos y han creado rutas de agroturismo, como la de las aromáticas, donde muestran que el campo sigue vivo en las manos que lo trabajan. Cada recorrido y cada tarea compartida confirma que confiar en las otras también es una forma de hacer crecer el proyecto.
“Tener una huerta comunitaria es crear tejido social”, dice Carmen.
En una ruralidad donde a veces faltan apoyos, tiempo y relevo generacional, ellas resisten. No desde la confrontación, sino desde la persistencia. Desde volver, incluso cuando cuesta. Desde sembrar, incluso cuando no alcanza el tiempo.
Aquí, la democracia no se parece a una elección ni a un discurso. Se parece más a esos acuerdos que no se firman, pero se cumplen: volver, cumplir la palabra y cuidar lo que es de todas.
A una tierra que, pese a todo, sigue siendo un lugar al que vale la pena regresar.
Una huerta que crece por los acuerdos
¿Qué estás cuidando con otros, aunque no haya un acuerdo firmado?
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