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Entre estantes llenos de historias, hay quienes cuidan los libros y a quienes los leen. Son ellos, los guardianes de las bibliotecas, quienes hacen de estos espacios un hogar para la imaginación.

Jennifer Penilla González empuja la puerta de la biblioteca y sonríe. No importa en qué municipio esté, para ella, entrar en una biblioteca es como llegar a casa. Lo hace con la misma naturalidad con la que se recibe a un amigo: «Hola, querida, bienvenida. ¿Qué vas a leer hoy? ¿Cómo te fue con la cosecha en la huerta? ¿Qué receta hiciste?» Jennifer ha pasado por varias bibliotecas de Comfama y hoy es la responsable de acompañarlas a todas. Su convicción es clara: una biblioteca no es solo un edificio con libros, es un espacio vivo donde circulan palabras, encuentros y experiencias. Las personas llegan con preguntas y se van con más inquietudes, con más caminos por descubrir.

Juan Villoro dice en Conferencia sobre la lluvia que el bibliotecólogo ordena los libros y los libros desordenan su vida. Quizás por eso Jennifer se nombra a sí misma «biblioteloca», porque su amor por las bibliotecas la ha llevado a verlas como algo más que estanterías: son refugios donde la lectura se vive, se comparte y se transforma.

Más que libros, libreras y libreros

En cada biblioteca hay un equipo que hace posible su magia. Bibliotecólogos, promotores de lectura, gestores culturales y coordinadores de espacios trabajan juntos para que los libros no solo sean consultados, sino que despierten conversaciones, fortalezcan lazos y construyan comunidad. Entre ellos, hay un rol fundamental que a menudo pasa desapercibido: el del librero o la librera. Más que sugerir lecturas, conocen los gustos, recuerdan los títulos favoritos de cada visitante e incluso perciben sus estados de ánimo. No son solo organizadores de libros, sino guías literarios que recomiendan historias como si recetaran un remedio para el alma. Jennifer, por ejemplo, creó un club de tertulia literaria en La Ceja, donde los lectores descubrieron que los libros son más que palabras en papel: son puertas a otros mundos.

Un lugar para todas y todos

Las bibliotecas también son memoria. Jennifer recuerda a don Carlos, un visitante fiel de la biblioteca de Pedregal, que hasta sus últimos días asistió a cantar en karaoke y a participar en clubes de lectura. O a los jóvenes de Bello, que encontraron en el manga una excusa para reunirse, compartir y construir comunidad.

Las bibliotecas, como las casas, son refugios de saberes y afectos. Son espacios donde la lectura sana, una conversación abre caminos y un libro se convierten en un bálsamo para la tristeza.

Cuando cae la noche, los libros descansan, pero las historias siguen vivas. Las personas que leen dejan un rastro: una página doblada, un subrayado, una nota en los márgenes. La biblioteca guarda esos secretos, esos diálogos invisibles entre el libro y su lector.

¿Qué biblioteca ha sido parte de tu historia y cómo ha dejado huella en ti?

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