En un mundo de agendas llenas y culto a la hiperproductividad, Paulina Jaramillo decide detenerse. Escritora y rebelde del goce, hace del placer una forma de resistencia y del encuentro un acto creativo.
Paulina Jaramillo, escritora y afiliada a Comfama, eligió no rendirse a las exigencias de la productividad. En su lugar, abraza sin culpa el placer de escribir y el gozo de compartir con sus amigos.
Comenzó relatando a su madre y a sus amigos sus viajes y aventuras. Hoy lo hace para sí misma y para quienes la leen en Substack, donde cada semana publica nuevas reflexiones. La descubrimos mientras pensábamos esta edición de la revista, y fue uno de sus textos el que nos detuvo: hablaba del miedo —tan común— a entregarse de lleno al disfrute de lo cotidiano.
Apología a los placeres mundanos
«Los simples placeres son el último refugio saludable en un mundo complejo» Oscar Wilde.
Vivimos en una época obsesionada con estar fit, con lo natural, con estar sobrios, con una belleza superficial que olvida cultivar el intelecto. Tal vez, después de los gr iegos, nunca habíamos hecho tanto deporte ni nos habíamos comportado con reglas tan estrictas que harían ver a los monjes budistas como hedonistas. P ero si miramos nuestra historia, hemos sido todo lo contrario: buscadores incansables de p laceres mundanos que perfeccionamos con el tiempo.
Desde siempre hemos consumido alcohol, primero porque el agua era peligrosa, y luego por puro gusto. De ahí nacen los fermentos, el vodka, el bourbon, la ginebra, el ron, el tequila, los vinos y las cervezas. Siglos de esfuerzo humano dedicados a mejorar el sabor, los efectos y la experiencia de tomar. Con la comida ocurre igual: de comer carne cruda pasamos al wayuu beef, perfeccionamos alimentos y vegetales, inventamos técnicas, creamos delicias como el foie gras o el pato Pekín, todo para que comer sea un goce.
Todas las culturas tienen rituales con sustancias potentes, a ellas les debemos viajes mentales que nos abren otras formas de ver, con ensayo y error, con malos viajes incluidos, hemos perfeccionado su uso. Lo mismo con el sexo: lo hemos enriquecido con vibradores, ropa, libros, películas, todo un universo que cultiva el placer.
Así entendemos el mundo: a través de placeres que lo hacen más llevadero. ¿Por qué entonces rechazarlos?, ¿por qué seguir creyendo que son malos y no podemos controlarlos? Si aprendiéramos a guiarnos, a disfrutarlos sin exceso, tendríamos mejores sociedades. La adicción no está solo en el producto, está en nosotros, y también podemos aprender a salir de ahí. Nos han enseñado a temer al placer, cuando en realidad está en nuestra naturaleza. Somos cuerpos diseñados para sentir. ¿Para qué nos dieron sentidos tan sofisticados si no es para usarlos? Mi apología es clara: dejemos de demonizar los placeres mundanos y aprendamos, sin culpa, a disfrutarlos como un arte que la humanidad ha perfeccionado durante siglos.
¿Cómo experimentas el placer sin culpa?
¿Cómo experimentas el placer sin culpa?
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