En una asamblea de copropietarios caben el cansancio, los desacuerdos, los intereses cruzados y el ejercicio incómodo del poder. Juan Serna lo vivió durante una jornada de nueve horas en su unidad residencial. Desde entonces tiene una certeza: participar no garantiza incidir, pero sí revela cómo se toman las decisiones sobre lo común.
La primera vez que Juan Serna, de 63 años, asistió a una asamblea de su unidad residencial sintió que entraba en una olla a presión. Ocurrió el año pasado, con más de 160 personas reunidas, dos bandos definidos, intereses cruzados y unos estatutos que pocas personas conocían a fondo. La jornada empezó a las 7:00 de la mañana y terminó a las 4:00 de la tarde. Durante horas, el murmullo fue creciendo con cada intervención y él se debatía entre la frustración y la rabia. No era solo el desacuerdo: era la sensación de que la palabra circulaba de manera desigual.
Desde su mirada, estaban quienes querían impulsar cambios y quienes preferían mantener una dinámica que, según él, tenía estancados asuntos clave del edificio. También estaban quienes hablaban con soltura porque conocían las reglas, y quienes callaban porque no sabían cuándo ni cómo intervenir.
Entre discusiones, momentos sin quórum e intervenciones cruzadas, algo rompió la inercia: un copropietario pidió autorización para instalar una pérgola en su terraza, aunque el reglamento no lo permitía. Esta vez hubo escucha, preguntas y disposición. La diferencia estuvo en el tono: nadie gritó, nadie interrumpió, nadie apeló a la norma como arma. El consenso apareció cuando, por un momento, se suspendió la lógica de vencedores y vencidos.
Pese a la incomodidad, Juan seguirá asistiendo. Entendió que quien no participa no tiene toda la información y que quien se va temprano deja el espacio libre para que otros decidan. En esas reuniones empezó a reconocer a sus vecinos: quiénes proponían, quiénes se oponían, quiénes hablaban desde la inconformidad y quiénes buscaban algo parecido al bienestar común.
Aquella asamblea no tuvo un “final feliz”: los liderazgos se mantuvieron y muchos temas quedaron sin resolver. Aun así, Juan encontró formas de tramitar la frustración: tomarse un momento antes de intervenir, expresar cómo ciertas decisiones afectan la vida compartida y dejar constancia de una mirada distinta. También entendió que muchos conflictos no están solo en el fondo de los asuntos, sino en la manera de discutirlos: el tono, el volumen, las respuestas, la capacidad de escuchar.
En una asamblea conviven posturas distintas y también distintas posibilidades de sostener la discusión: hay quienes pueden quedarse nueve horas y quienes no. En ese cruce, Juan ha aprendido a confiar menos en la coincidencia y más en la persistencia. Incluso cuando no todo se resuelve, algo se mueve: circula información, aparecen preguntas y los vecinos vuelven a reconocerse como parte de una misma comunidad.
Esa asamblea sigue siendo un espacio imperfecto y tenso, pero necesario, para decidir en colectivo.
Nueve horas para no estar de acuerdo
¿Cómo se cuida lo común cuando las decisiones se toman en medio del cansancio, el desacuerdo y la desigualdad en la palabra?
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