El acuerdo de vivir juntos
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En tiempos de elecciones y emociones intensas, la democracia necesita algo más que votos: pausa, conversación y cuidado. Hablamos con Alejandra Ríos, filósofa, profesora de la Universidad EAFIT y magíster en Ética y Democracia, sobre una idea sencilla y exigente: convivir con quienes piensan distinto también es una práctica democrática.

¿En qué momentos emociones como el miedo, la rabia o la esperanza dejan de ser individuales y empiezan a afectar la vida democrática?

El miedo, la rabia y la indignación son fundamentales: hacen parte de la naturaleza humana y surgen como respuestas a estímulos externos. La esperanza, en cambio, es más un sentimiento que una emoción. Todas se vuelven delicadas cuando pasan de lo individual a lo colectivo y empiezan a orientar decisiones públicas. El riesgo aparece cuando la política unifica emociones, sobre todo el miedo o la rabia, contra un “otro”. En ese punto, ya no bastan para sostener lo común: necesitan reflexión, porque pueden guiar decisiones que afectan a toda la sociedad.

La democracia se sostiene en promesas. ¿Qué pasa con una sociedad cuando esas promesas no se cumplen una y otra vez?

La democracia se basa en promesas, pero no en promesas unilaterales: estas deben convertirse en compromisos y, luego, en acuerdos colectivos. Aunque esos acuerdos son frágiles y no siempre se cumplen por las limitaciones propias de la vida política, siguen siendo esenciales porque permiten imaginar soluciones y proyectar el futuro más allá de un solo gobierno. Por eso, la política también tiene una dimensión cultural: no solo quienes gobiernan deben responder por las promesas; quienes no están en el poder también deben vigilarlas, cuidarlas y sostenerlas en el tiempo.

Cuando la confianza se pierde, ¿cómo se puede reconstruir la complicidad necesaria para convivir sin romper la conversación?

La confianza y la desconfianza son claves en la política. Cuando se percibe que los políticos no cumplen, crece la desafección hacia los procesos democráticos, que suelen ser lentos y exigentes. Si a esa percepción se suman emociones capitalizadas políticamente, aparece una distancia profunda frente a la deliberación, la revisión y la rendición de cuentas. Entonces pueden volverse atractivos gobiernos que prometen soluciones rápidas y eficientes, aunque sean menos plurales y más autoritarios. Cuidar la confianza democrática implica aceptar sus tiempos y entender que la participación, la igualdad y la equidad no se construyen de inmediato.

En época electoral, ¿qué prácticas concretas ayudan a que las diferencias no se vuelvan enemistad, sino conversación democrática?

En época electoral es clave mantener una distancia serena frente a las propuestas y enfriar las emociones para dar paso a la reflexión. Aunque la incertidumbre y la desconfianza son comunes, no conviene decidir desde el miedo o la rabia, porque afectan las decisiones colectivas. Votar implica otorgar un voto de confianza basado en el juicio propio. Ese mismo ejercicio debería aplicarse frente a quienes piensan distinto: no para convencerlos, sino para comprenderlos. Si ponemos por delante la reflexión y la comprensión, podremos sostener diálogos más serenos.

Si la democracia también se vive en la casa, el trabajo o el barrio, ¿qué hábitos deberíamos cultivar para cuidar ese futuro compartido?

Una convicción central de la democracia es aceptar la derrota: reconocer que a veces se gana y otras se pierde, y que ambas posiciones tienen legitimidad. La democracia se vive en lo electoral y en la vida cotidiana; se basa en persuadir con argumentos, no en imponer. Por eso, la política busca reemplazar la violencia por el diálogo y la deliberación. Aceptar que no siempre gana la propia propuesta es una forma de cuidado del vínculo y una condición para sostener un sistema frágil, cuya riqueza está en la diversidad de puntos de vista y en la posibilidad de construir acuerdos comunes.

Cuidar el acuerdo de vivir juntos

Cuidar la democracia es cuidar la posibilidad de seguir viviendo juntos, incluso cuando no pensamos igual.

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