Mary Luz levantó la mirada del celular y lanzó la noticia con seguridad: «¿Vieron que modificaron el pico y placa en Medellín?».
Julián, su sobrino, respondió enseguida: «Tía, esa noticia es falsa. Fíjate de dónde te llegó la información».
Ahí empezó la incomodidad: una información compartida con confianza y una corrección que, aunque cierta, dejó a Mary Luz expuesta frente a toda la familia. Después vinieron los vistos, un par de silencios y alguien que cambió de tema. Mary Luz Mejía Echavarría, de 64 años, no lo hizo con mala intención. Se sentía segura.
«Me la envió un amigo súper serio y yo confío mucho en él», explica. Más que desinformada, se sintió cuestionada. Compartir algo falso la puso, de repente, en el lugar de quien se equivoca frente a los demás. Fue una mezcla de sorpresa, vergüenza y necesidad de justificarse.
Para Julián, la situación tuvo otra cara. Aunque reaccionó con rapidez y desde la certeza de tener la razón, después entendió que no se trataba solo de corregir un dato. Con el tiempo notó algo más importante: la forma de corregir podía pesar tanto como el error.
En el grupo de WhatsApp además de estar en juego si el pico y placa había cambiado o no, también aparecían preguntas pequeñas y cotidianas sobre quién sabe más, quién corrige primero, quién cae más fácil y cómo señalar un error sin ridiculizar.
Mary Luz reconoce que son errores involuntarios, que pueden pasarle a cualquiera. Para ella, la mejor forma de resolverlos es simple: borrar, pedir disculpas si hace falta y seguir adelante sin rencores. Ahora, antes de reenviar, prefiere detenerse un momento.
Julián también tuvo su aprendizaje. En otra ocasión envió una imagen manipulada con inteligencia artificial para ver si su familia caía, y así fue.
«Fue gracioso», admite. Pero la experiencia lo confrontó: las personas, incluyéndolo a él, consumen información sin detenerse demasiado. Esa broma terminó siendo una lección. Desde entonces empezó a preguntarse cómo decir lo que piensa sin afectar a las demás personas.
Con el tiempo fueron apareciendo acuerdos simples en el chat familiar: hacer una pausa antes de compartir, escuchar sin interrumpir y no convertir cada error en una discusión. No siempre se cumplen, pero al menos ya están nombrados.
«Es una bobada ponerse a discutir por información que no conocemos de primera mano», resume Mary Luz.
Cuando bajamos el tono y volvemos a los hechos, la conversación puede continuar.
Si esta información fuera falsa, ¿qué daño podría causar al compartirla?
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