Desde las primeras tablillas de barro hasta los libros digitales, los humanos hemos buscado entender el mundo a través de las palabras. Las bibliotecas, como cofres de ese conocimiento, resguardan los secretos que otras generaciones dejaron para nosotros. En ellas viven los autores, las historias y los sueños que nos enseñan a leer no solo los textos, sino también la vida misma.
En un cuento de Borges, Ireneo Funes es un campesino que aprendió a leer las señales de la naturaleza y se convirtió en un verdadero reloj de precisión. Podía decir la hora exacta solo observando cómo se agitaba el viento. Después lo tumbó un caballo y quedó paralítico, pero se le agudizó la capacidad de recordarlo todo. La historia de Funes, el memorioso, me recuerda que a medida que uno crece, aprende a leer el mundo. Cuando se inventó la escritura, los seres humanos necesitaron aprender a leer los signos que interpretan las palabras y las cosas. Todo el conocimiento de la humanidad se fue convirtiendo en textos que era necesario conservar a través de los años. Esta es una tarea colectiva que une a las personas de todas las épocas y que a veces no comprendemos por completo.
El libro es un objeto que ha sobrevivido a las guerras, a los desastres naturales, a las pandemias, al olvido. La escritura encontró la hoja del papiro que crecía en el delta del río Nilo, luego pasó al pergamino, a la tablilla de barro, al papel, después se convirtió en el libro como lo conocemos hoy y continúa evolucionando al ritmo de los avances de la tecnología. Pero, algo sigue igual que al principio de los tiempos: la necesidad de leer lo que hay en esos objetos hechos de diversos materiales, y que desde hace siglos se reúnen en un lugar especial llamado biblioteca.
Una biblioteca es el espacio donde los autores y autoras de todas las épocas siguen vivos, aunque hayan desaparecido de la tierra. Allí conviven los nuestros, los de ahora, los de la antigua Roma, los griegos, los monjes del medioevo. La biblioteca, igual que los libros ha evolucionado mucho. Y, también debemos decirlo, ha sobrevivido a todos los obstáculos de la Historia. Es conocido el incendio de la gran biblioteca de Alejandría, donde Alejandro Magno buscaba tener todo el conocimiento del mundo en un solo lugar. Irene Vallejo, en su ensayo El infinito en un junco, relata cómo los pueblos de la antigüedad centraban sus guerras en apoderarse de las bibliotecas de los enemigos. Y hasta ahora, podemos decir que las bibliotecas superaron la barbarie.
En Comfama, existen desde hace cincuenta años y en este tiempo han echado raíces en los territorios que habitan. Su historia se mezcla con la cotidianidad de los vecindarios. En las épocas de las diversas violencias que ha vivido Medellín y el departamento de Antioquia, las bibliotecas de Comfama fortalecieron su personalidad especial que las ha dado un lugar en el corazón de la población. Son lugares frecuentados, íntimos para la reflexión y también abiertos para las conversaciones y para las relaciones entre la comunidad. Para los lectores representan la esperanza de todo lo que pueden leer. Son una invitación a saltar por encima de los siglos y conversar con quienes una vez imaginaron el mundo. Hoy es imposible pensar en una sociedad sin libros y sin bibliotecas. Ambos seguirán evolucionando, adaptándose a los formatos que nos proponga la tecnología, pero la lectura siempre será el secreto para entender el mundo.
¿Qué libro te ha ayudado a leer el mundo de otra manera?
En los libros habitan nuestros gestos: los subrayamos, doblamos, olemos. En cada marca y pliegue se inscribe una historia de encuentros, viajes y conversaciones. Un vínculo tangible que deja huella en el papel tanto como en quien lee.
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