Conversamos con el antropólogo Marco Tomás Elson sobre la familia como el primer lugar donde aprendemos a confiar y, desde esa base, a colaborar, cuidar y convivir con la diferencia.
¿Desde la antropología, por qué la familia es uno de los primeros lugares donde aprendemos a confiar?
Para mí, la familia es el primer lugar donde existimos con otros. Allí recibimos la vida, heredamos historias, aprendemos costumbres y empezamos a entender quiénes somos. Allí también empezamos a aprender qué significa confiar: depender de otros, sentirnos cuidados, reconocer nuestro lugar en un grupo. Por eso muchas veces la historia de una persona también es, en buena parte, la historia de su familia: una cadena que conecta pasado, presente y futuro, y en la que se transmiten formas de confianza, cuidado y convivencia.
¿Por qué puede pensarse la familia como la primera escuela de confianza?
Porque durante gran parte de la historia humana la vida se sostuvo en familia. Allí se trabajaba, se cuidaba, se criaba y se resolvían juntos muchas de las necesidades básicas. En ese contexto, confiar no era una idea abstracta: era una condición para vivir. Por eso creo que la familia es el primer equipo. Los seres humanos somos sociales y dependemos unos de otros. En la experiencia familiar aprendemos algo esencial: que vivir con otros implica dar, recibir y contribuir, con la expectativa de que los demás también lo harán. Esa reciprocidad está en la base de la confianza.
¿Cómo influye la confianza que se construye, o no se construye, dentro de la familia en la manera de relacionarnos con los demás y con la sociedad?
La familia puede ser el primer lugar donde aprendemos a expresarnos, pedir ayuda, equivocarnos y seguir sintiéndonos parte del grupo. Cuando una persona crece en un ambiente así, suele tener más herramientas para construir vínculos sanos después. También ocurre lo contrario: cuando la confianza se debilita en casa, relacionarse con otros puede volverse más difícil. Por eso lo que se aprende en la familia no se queda en la familia: se proyecta en la escuela, en el trabajo, en la amistad, en la pareja y en la vida pública. Además, la familia puede ser un primer espacio para convivir con la diferencia. En muchas casas conviven personas con ideas, creencias o maneras de ver la vida muy distintas y, aun así, se sientan en la misma mesa porque comparten una historia y un vínculo. Allí también aprendemos que confiar no siempre significa estar de acuerdo, sino poder sostener el vínculo incluso en medio del desacuerdo. Eso no elimina los conflictos, pero sí puede ayudar a humanizar al otro. Cuando conocemos la historia de alguien, es más difícil reducirlo a una opinión o a una etiqueta.
¿Los roles de género también ayudan a entender cómo se construye o se debilita la confianza dentro de la familia?
Sí. La confianza también se aprende viendo cómo se reparten el cuidado, la autoridad y las tareas cotidianas. Las niñas y los niños observan esas escenas todo el tiempo. Por eso importa tanto lo que hacen los adultos, no solo lo que dicen. A veces las lecciones más profundas aparecen en actos muy simples. Por ejemplo: si en una casa el cuidado recae siempre sobre una sola persona, se transmite una idea desigual de la vida en común. En cambio, cuando las tareas se comparten, cuando un padre cuida, cocina o lava los platos, también está enseñando que sostener una familia es una responsabilidad compartida.
La confianza que aprendemos en familia y llevamos al mundo
¿Cómo se aprende a confiar en una familia y cómo se manifiesta en las cotidianidades?
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