La ciencia de la solidaridad y cómo podemos sostenerla
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Conversamos con Antonio Olivera La Rosa, neurocientífico social, quien nos guio en el entendimiento de la química de la solidaridad, de lo que ocurre en el cerebro de las personas cuando atraviesan una emergencia y de cómo actúan.

Ante una misma emergencia, ¿por qué algunas personas reaccionan de inmediato para ayudar y otras se paralizan, se alejan o se concentran en protegerse? ¿Qué ocurre en nosotros en esos primeros segundos? 

Ante una crisis, no actuamos como computadoras que analizan datos con calma, sino como seres biológicos que priorizan la supervivencia en segundos. Durante un temblor, mientras intentaba mantener la calma y alertar a mis vecinos sobre las rutas seguras, muchos reaccionaron impulsivamente y bajaron corriendo casi veinte pisos, pese al riesgo. 

Este comportamiento ilustra la «batalla» entre el Sistema 1, rápido, instintivo y emocional, y el Sistema 2, reflexivo y analítico. Desde la cognición social, el objetivo no es juzgar a quienes no ayudan, sino comprender qué permite frenar el instinto de supervivencia y activar la reflexión. 

El desafío está en pasar de la reacción individual de sobrevivir a una acción coordinada que permita ayudar y responder colectivamente ante una emergencia. 

¿Qué cambia cuando sentimos que una amenaza podría afectarnos a todos? ¿La percepción de compartir un mismo riesgo modifica la manera en que vemos a personas que antes eran desconocidas? 

Cuando percibimos que una amenaza puede afectarnos a todas las personas, cambia la frontera entre «nosotros» y «ellos». Un desconocido puede pasar a ser visto como parte de una comunidad con la que compartimos un destino, reduciendo la distancia entre grupos y favoreciendo la cooperación. 

Las emergencias pueden activar el sentido de pertenencia y la idea de que «estamos en el mismo barco», fortaleciendo la lealtad y la solidaridad frente a una tragedia. El desafío está en decidir hasta dónde estamos dispuestos a extender ese sentido de pertenencia. 

«Cuando percibimos que una amenaza puede afectarnos a todas las personas, cambia la frontera entre “nosotros” y “ellos”». 

¿Hasta qué punto nuestra disposición a ayudar tiene una base biológica y hasta qué punto se aprende en la familia, las relaciones, la cultura y las experiencias que hemos vivido? 

Tenemos predisposiciones biológicas que nos permiten detectar emociones, establecer vínculos y responder al sufrimiento o a las necesidades de otras personas. Sin embargo, quién recibe nuestra ayuda, cómo actuamos y en qué circunstancias depende profundamente del aprendizaje y del entorno social. 

La biología proporciona capacidades y predisposiciones, mientras que la experiencia y la cultura determinan cómo se expresan. 

¿Por qué se nos va pasando ese impulso de ayudar? ¿Qué podemos hacer para que se convierta en algo sostenido y no aparezca solo durante las emergencias? 

Es normal que ese impulso inicial vaya disminuyendo. Ante una emergencia, nuestra atención es capturada por imágenes intensas, historias concretas y una sensación de urgencia. El impulso inicial de solidaridad tiene mucho de Sistema 1: aparece rápidamente ante el sufrimiento, las imágenes o una historia que nos conmueve. 

Pero, si queremos que la solidaridad dure, no podemos depender exclusivamente de seguir emocionándonos con la misma intensidad. Necesitamos convertir ese impulso en algo más deliberado y organizado: compromisos periódicos, organizaciones confiables, información concreta sobre lo que sigue haciendo falta, recordatorios y, sobre todo, evidencias de que la ayuda tiene efectos reales. 

Es mucho más fácil sostener una conducta cuando sabemos qué se necesita, qué podemos hacer y qué ocurrió con nuestra contribución. 

Una solidaridad sostenida necesita incorporar también la justicia: preguntarnos qué personas siguen necesitando apoyo cuando ya no aparecen en las noticias, por qué algunas comunidades eran particularmente vulnerables antes de la emergencia y qué podemos hacer para que nuestra preocupación no dependa solamente de la imagen emocional del momento. 

«Cuando percibimos que una amenaza puede afectarnos a todas las personas, cambia la frontera entre “nosotros” y “ellos”».

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