Jorge Giraldo, doctor en Filosofía y escritor nos comparte una mirada sobre el trabajo desde la filosofía: un recorrido por sus raíces, su sentido y los desafíos que enfrenta en el mundo de hoy
Desde la filosofía, ¿por qué el trabajo ha sido una pregunta tan importante para comprender qué significa una vida buena?
Yo creo que el trabajo está en la raíz de la cultura occidental. Desde la filosofía griega, con el concepto de vida activa en Aristóteles, hasta la tradición judeocristiana, el trabajo aparece como una dimensión esencial de la experiencia humana. En los evangelios y, especialmente, en las cartas de San Pablo, ya encontramos la idea del salario y de la retribución justa. Para mí, el trabajo tiene dos dimensiones fundamentales: desarrollar nuestras capacidades físicas, intelectuales y espirituales, y contribuir a la vida en sociedad mediante una actividad que merece una retribución. Esa reflexión sigue vigente y explica por qué la doctrina social de la Iglesia continúa actualizando su mirada sobre el trabajo en el mundo contemporáneo.
A lo largo de la historia, el trabajo ha pasado de entenderse como castigo o necesidad a verse como fuente de dignidad, identidad e incluso realización personal. ¿Qué nos revela esos cambios?
Yo creo que la idea del trabajo como castigo es solo una interpretación dentro de la tradición judeocristiana, en paralelo existe la tradición grecolatina, que siempre valoró positivamente la actividad humana, desde el trabajo físico hasta la enseñanza o la agricultura. Esas dos tradiciones terminan fusionándose en la cultura occidental y, desde San Agustín, el trabajo deja de entenderse como un castigo para asumirse como una condición propia de la vida en la ciudad terrenal. Por eso insisto en revalorizar el esfuerzo, la fatiga y la dificultad. Me preocupa que hoy queramos una vida sin fricciones, donde todo sea fácil y entretenido, porque tanto la educación como el trabajo también forman el carácter a través del esfuerzo.
Hay labores esenciales para la vida, como cuidar, criar, acompañar o sostener una comunidad, que durante mucho tiempo han sido invisibles o poco valoradas. ¿Qué nos dice eso sobre la forma en que medimos el valor de una persona y entendemos la riqueza?
Yo tiendo a entender el trabajo de cuidado en un sentido mucho más amplio que el de los economistas. No se limita al cuidado de la niñez, personas mayores, enfermos o al trabajo del hogar, aunque esas tareas sean fundamentales y hoy exijan políticas públicas más sólidas. También incluye actividades con una larga tradición, como el cuidado del alma, la educación, el acompañamiento y otras formas de sostener la vida en comunidad. Por eso creo que debemos reconocer el cuidado como una forma de trabajo y como un aporte esencial al sistema de cooperación social. La idea de que solo trabaja quien recibe un salario es una visión anacrónica que ya no refleja la realidad ni el valor de estas contribuciones.
La inteligencia artificial y la automatización están transformando el mundo laboral, ¿qué preguntas deberíamos hacernos sobre el papel que seguirá teniendo el trabajo en nuestras vidas?
Un director como Christopher Nolan, por ejemplo, plantea esa pregunta de fondo en películas como Oppenheimer y La Odisea: el hecho de que podamos hacer algo no significa que debamos hacerlo, comparto también en términos generales, la visión crítica del Papa sobre la IA. Creo que el gran reto es mantener a la persona y a su desarrollo en el centro. No estamos ante un simple avance tecnológico, sino ante un posible cambio de paradigma que puede llevarnos a delegar decisiones esenciales sobre cómo vivimos y cuáles son nuestros límites. También me preocupa que perdamos el contacto con la materialidad y el esfuerzo físico, porque el trabajo, incluso cuando deja huellas en el cuerpo, hace parte de nuestra formación como seres humanos.
¿Qué tendría que cambiar en nuestra relación con el trabajo para que deje de ser únicamente un medio de subsistencia y pueda convertirse también en una forma de florecimiento personal y colectivo?
El principal mensaje es que el trabajo, entendido como una vida activa, no es un castigo ni una obligación, sino una necesidad humana. Esa necesidad debe ir acompañada de una retribución justa, lo que la doctrina social de la Iglesia llama un salario vital, suficiente para garantizar la subsistencia de una familia. A esto se suma un tercer elemento igualmente importante: el descanso. No basta con trabajar; también es necesario contar con tiempo para recuperarse y vivir plenamente. En un momento en que discutimos el agotamiento, el burnout y la sociedad del cansancio, reivindicar el descanso resulta tan importante como defender el valor del trabajo y de una remuneración digna.
El trabajo: una necesidad humana
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