Silvia
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Cuando el trabajo dejó de marcar sus días, Silvia Velásquez empezó a buscar nuevas formas de ocupar el tiempo: aprendió puntadas por internet, ensayó recetas y convocó reuniones familiares. En ese camino llegó a un costurero en la Biblioteca Otraparte, sin saber que volvería cada miércoles.

Durante décadas, Silvia Velásquez organizó su vida alrededor del trabajo: preparó pasabocas, decoró tortas, atendió pedidos y sacó adelante a sus dos hijas. Siempre tuvo algo para hacer, una reunión que preparar, una llamada pendiente. Por eso, cuando se pensionó, el trabajo disminuyó y sus hijas hicieron su propia vida, apareció una pregunta nueva: ¿qué hacer ahora con tanto tiempo?

Para Silvia, hoy de 73 años, no era un asunto menor. No le costaba estar sola. Todo lo contrario. «Yo huía mucho de tener muchas amistades. Me gusta seleccionar mis amistades y la soledad me parece maravillosa», dice. Pero le preocupaba perder la sensación de propósito que durante años le había dado el trabajo.

Una cosa era elegir la soledad y otra descubrir que los días se habían vuelto monótonos.

Durante año y medio, Silvia buscó sus propias maneras de darles forma. Leyó libros, aprendió por internet nuevas puntadas de crochet y se impuso retos de tejido. Luego hizo algo parecido con la cocina: probó recetas, recibió algunos encargos y convocó reuniones familiares, aunque las agendas no siempre coincidieran.

Así fue construyendo una rutina sin el trabajo como centro. Había encontrado maneras de mantenerse activa y seguir aprendiendo, pero buscaba algo distinto: un lugar fuera de casa y personas con quienes compartir una parte de sus tardes.

Un día vio salir a Yaneth, una vecina de su edificio.

—¿Para dónde vas?

—Para un costurero de Comfama.

—¿Será que puedo ir?

—¡Claro, querida!

La noche anterior preparó algunas telas, agujas y proyectos empezados. Llegó temprano a la Biblioteca Otraparte con la incertidumbre de quien entra por primera vez a un grupo ya formado: si las demás serían amables, si tendrían algo en común, si habría un lugar para ella.

Yaneth le presentó a Gloria y a Luz Gladys. Mientras encontraba una silla, Silvia intentaba entender qué era exactamente un costurero literario, algo muy distinto a lo que imaginaba.

Antes de sacar agujas e hilos, una profesora comenzó a leer en voz alta. Silvia pensó que asistiría a una clase de costura. En cambio, descubrió que los libros abrían conversaciones sobre recetas heredadas, recuerdos de infancia, proyectos y preguntas que todavía la acompañaban.

La tarde pasó tan rápido que, cuando miró el reloj, ya eran las cuatro.

Han pasado cinco años y Silvia sigue llegando cada miércoles, antes de la 1:30 p. m., a la Biblioteca Otraparte. Ya sabe dónde sentarse, a quién va a ver y qué conversaciones pueden aparecer.

No siempre son las mismas, pero hay algo que se repite: alguien empieza a hablar y las demás escuchan.

¿Qué lugar en tu vida se ha convertido,

sin que lo planearas, en un espacio de amistad?

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