El ejemplo también enseña a ahorrar
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Federico tiene 11 años y ya sabe ahorrar. No fue un discurso ni una clase lo que se lo enseñó, sino el ejemplo silencioso de su mamá, que le mostró que el futuro también se construye con pequeñas decisiones desde hoy.

A sus 41 años, Catalina Salazar es ingeniera y mamá de Federico. Se separó cuando él tenía tres años y durante un tiempo vivieron solos, cambiando de casa. La idea de no saber cuánto podrían quedarse en un lugar no era abstracta: vivían con las cajas sin desempacar y con la sensación de que nada era del todo definitivo.

En medio de esos cambios, Catalina intentaba compensar la inestabilidad con pequeños regalos cotidianos. «Todos los días llegaba con algo», recuerda. Con el tiempo, entendió que esos gestos, sumados, creaban en Federico una expectativa diaria: la idea de que siempre había algo que esperar.

La primera conversación incómoda llegó entonces. No todo se puede tener, no todo se necesita de inmediato. A Federico le costó aceptarlo y buscó una salida propia: empezó a pedirle monedas al abuelo cada vez que lo veía.

Catalina lo dejó intentar, pero también le propuso algo distinto: guardar esas monedas en una alcancía. No como castigo, sino como una forma sencilla de mostrarle que no todo tiene que resolverse ya y que el dinero también puede guardarse.

Empezaron con una alcancía metálica que no dejaba ver cuánto había dentro; solo se oía el sonido de las monedas al caer. «¿Cuándo la vamos a abrir?», preguntaba. Catalina le explicó algo simple: cada moneda que guardaba era algo que decidía no comprar todavía. Un año después, cuando la abrieron, había cerca de 80 mil pesos. Para Federico, ver todo ese dinero junto fue una revelación.

Fueron juntos al banco a cambiar las monedas por billetes. Federico quiso gastarlo todo, pero también propuso compartirlo. Catalina le dijo que prefería guardar su parte y probar juntos otra cosa: ponerse de acuerdo para no gastar todo. Así, sin decirlo, aprendieron que el dinero podía guardarse para más adelante.

Federico quiso otra alcancía. Esta vez apareció una nueva pregunta: ¿cómo conseguir dinero que no fuera solo regalado? Empezó a dibujar y a vender sus dibujos a familiares y vecinos. Aprendió que ganar dinero toma tiempo y que, a veces, implica renunciar a planes.

También empezó a escuchar otras conversaciones en la casa. Catalina y su pareja hablaban de ahorrar y organizarse como quien cuida un sueño compartido: reunir, poco a poco, para tener su propia vivienda. No era un plan inmediato, sino una decisión sostenida en el tiempo.

Cuando por fin compraron un apartamento, ese sueño conversado tomó forma. Federico hizo entonces la pregunta que lo conectó todo: «¿Ya nadie nos va a echar de aquí?». Entendió lo que significa la tranquilidad de un lugar propio y la fuerza de un proyecto compartido que se cumple.

Federico guarda con cuidado lo que recibe en sus cumpleaños y celebraciones. Gasta, sí, pero con más atención. Y repite su propio plan: ahorrar para tener algún día su propio apartamento. No porque alguien se lo haya impuesto, sino porque lo vio posible.

¿Qué hábitos estás sembrando hoy para que quienes te rodean aprendan a ahorrar para su futuro?

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