Decir quién se es y seguir siendo familia
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Un día Marisol le dijo a su madre: me gustan las mujeres. Su madre respondió cerrándole la puerta de golpe, en señal de rechazo. Años después, la curiosidad venció al miedo y entre las dos tendieron un puente de confianza.

Marisol tiene 47 años y una frase que repite para sostenerse en el mundo: «primero yo, segundo yo, tercero yo». No la dice desde el egoísmo, sino desde el aprendizaje.

Una de las experiencias que la llevó a pensar así ocurrió en el bachillerato, a mediados de los noventa, cuando decidió decir en voz alta algo que había guardado en silencio: le gustaban las mujeres. En una época en la que muchas personas crecían con miedo a nombrar lo que sentían, se lo dijo a su madre, Carmen Cano Londoño.

La respuesta fue un rechazo brusco: su madre le cerró la puerta de golpe y la echó de la casa. Pero Marisol no se fue.

Soy su única hija, ¿cómo me voy a ir?, le respondió.

Ese momento no resolvió nada. No hubo aceptación repentina. Hubo incomodidad y una herida abierta en la relación. Pero con el tiempo empezó a aparecer algo transformador: la curiosidad, que fue también una primera forma de volver a acercarse y empezar a reconstruir la confianza.

Carmen comenzó a hacer preguntas, a veces con torpeza, pero con una intención nueva: entender a su hija en lugar de apartarla. Marisol, por su parte, se mantuvo ahí, sin esconderse de nuevo.

Lo que había empezado como una fractura fue convirtiéndose en una conversación, y esa conversación en una forma nueva de confianza.

Con los años, madre e hija compartieron escenas que antes habrían parecido imposibles. Hablaron de las parejas de Marisol y salieron juntas a discotecas LGBTIQ+. La confianza no llegó de golpe: se fue armando en pequeños actos como preguntar, escuchar y volver a hablar.

No hubo una familia perfecta. Hubo una familia aprendiendo a quererse y a confiar de otra manera.

Marisol cumplió varias promesas que le había hecho a su madre: llevarla al mar, celebrarle los 50 años con mariachis, comprarle una casa y asegurarle una bóveda en el cementerio. Fueron formas concretas de decirle: aquí estoy, todavía podemos contar la una con la otra.

Carmen murió en 2009. Desde entonces, Marisol mira esa relación como una prueba de que la confianza no consiste en pensar igual, sino en poder compartir con quienes se ama lo que una persona es, incluso cuando al principio cuesta comprenderlo.

Por eso, cuando piensa en otras familias, reconoce que todavía muchas atraviesan conversaciones parecidas a las que ella vivió en los noventa. Quizás hoy existan más palabras y más reconocimiento, pero el desafío sigue siendo íntimo: ¿qué hace una familia cuando uno de sus integrantes se atreve a decir quién es?

La respuesta, cree Marisol, no tiene que ser perfecta. Puede empezar por algo más sencillo: escuchar sin expulsar, preguntar sin herir, acompañar sin entenderlo todo de inmediato.

Hace poco, después de muchos años de distancia, su padre le dijo «te quiero» por primera vez. Marisol lo cuenta con una sonrisa tranquila, como quien sabe que algunas reconciliaciones tardan, pero llegan.

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