Juan Esteban llegó a los 12 años con una cobija y un plato en la mano. Hoy tiene 21,estudia Arte Dulce en el Cesde y trabaja en el restaurante de la familia que lo recibió como hijo. Entre una escena y otra hay años de aprendizaje, choques, cuidado y una confianza construida poco a poco, hasta volverse familia.
Sandra Elena Cadavid Ochoa tomó una decisión difícil en 2017: abrir su casa para recibir a Juan Esteban, un niño de 12 años, nacido en Risaralda, que llegaba sin familia biológica y con discapacidad cognitiva. Para entonces, su hija Dayana ya se había casado y había dejado el hogar. Fue en ese momento cuando Sandra y su esposo decidieron convertirse en hogar sustituto del ICBF. No lo hicieron solo por la retribución económica, dice ella, sino porque sentían que podían ofrecer algo más: una casa donde alguien pudiera ser cuidado y donde, con el tiempo, pudiera sentirse parte de un vínculo confiable.
Al llegar, Juan Esteban no se encontró solo con Sandra y su esposo, sino con una familia extensa de quince personas: abuelas, bisabuelo, tíos, primos y hermanos. Pero eso no hizo más fácil el comienzo. «Fue espantoso el primer semestre», recuerda Sandra. Entre ellos, dice, había un efecto espejo. «Juan habla duro y yo hablo duro. Juan quiere las cosas ya y Sandra también. Juan hablaba rapidísimo y yo soy igual. Todo lo que no me gustaba de él era, en realidad, todo lo que yo tenía que mejorar en mí».
El vínculo no apareció de inmediato. Tomó entre dos y tres años. En ese proceso, Sandra se apoyó en el equipo psicosocial del ICBF, empezó a comprender mejor la discapacidad cognitiva y también revisó sus propios patrones de crianza: los gritos heredados, la famosa chancla voladora, las maneras de corregir que había aprendido antes de convertirse en madre sustituta. Fue también un tiempo para aprender a construir confianza, a leerse mejor, a corregirse sin herirse y a hacer de la convivencia un lugar más seguro para ambos.
Con el tiempo, la convivencia dejó de ser un choque permanente. Sandra empezó a entender mejor a Juan Esteban y también a revisarse a sí misma. Lo que al principio era confrontación fue dando paso a una relación más estable, hecha de paciencia, cuidado, constancia y una confianza que ambos fueron aprendiendo a construir. No apareció de golpe: nació en los gestos repetidos, en el trato cotidiano y en la experiencia de saber que podían contar el uno con el otro.
Juan Esteban ahora tiene 21 años y su vida ya no se parece a la de aquel niño que llegó con una cobija. Se levanta a las seis de la mañana, tiende su cama, prepara el desayuno y trabaja dos días a la semana en el restaurante de comida tradicional de la familia. Además, estudia para ser Técnico laboral en pastelería y arte dulce en el Cesde, en Medellín.
Sandra lo describe como un joven independiente, resiliente y leal. Dice que, con los años, ha ganado autonomía y seguridad, algo que también han notado los profesionales que acompañan su proceso. Ella prefiere decirlo de una manera más sencilla: el cuidado sostenido sí transforma. Y a veces transforma de una manera muy concreta: ayudando a que alguien gane seguridad, autonomía y confianza en sí mismo y en los demás.
En casa, la relación con Carlos, su padre sustituto, también es cercana. Cada mañana, Juan le prepara el tinto y, cuando él viaja, lo llama para decirle: «te extraño, te quiero, carajo».
Sandra habla de la familia como algo que no siempre nace de la sangre, sino que a veces se forma cuando el cuidado se vuelve confianza y, con el tiempo, esa confianza se vuelve pertenencia.
Los hogares sustitutos en Colombia son familias que, con el acompañamiento del ICBF, acogen de manera temporal a niñas, niños y adolescentes que atraviesan procesos de restablecimiento de derechos tras haber sufrido violencias u otras vulneraciones.
Cuidar, confiar, hacerse familia
¿Cómo se aprende a confiar y a cuidar hasta volverse familia, incluso sin lazos de sangre?
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