En Mona Minas, la lectura y las historias se abrieron paso entre la rutina para recordarnos que el trabajo también necesita pausas que alimenten el alma.
Hay libros que se leen en silencio, pero también hay libros que se leen en compañía. Esa es una de las frases favoritas de Ana Giraldo, analista de Bienestar y promotora del espacio de lectura en Mona Minas, una empresa que decidió abrir, además de túneles en la tierra, caminos hacia las historias. Todo comenzó cuando un grupo de trabajadores se reunió a compartir, no solo alimentos para el cuerpo, sino cuentos, textos y conversaciones que alimentan el espíritu. En medio de jornadas intensas, llenas de correos, reuniones y tareas urgentes, encontrar un espacio para detenerse y escuchar una historia parecía casi un lujo. Pero justo por eso, esos encuentros se convirtieron en pequeños respiros, en pausas necesarias para pensar, aprender y, sobre todo, reencontrarse con los otros y consigo mismos.
De ese primer encuentro inesperado nació una estrategia que comenzó con una campaña de expectativa, en la que regalaron mini libros acompañados de una tarjeta que decía: «algo mágico está por llegar». Así, poco a poco, la idea fue tomando fuerza: hoy, en cada encuentro participan en promedio 50 personas, quienes disfrutan los libros de Palabras Rodantes y se suman a conversaciones que siguen creciendo. Pero esto apenas comienza.
Ana ha descubierto que en la empresa hay personas apasionadas por la poesía, los cuentos y la escritura, y por eso sueña con crear un concurso literario, seguir renovando la biblioteca y lograr que los libros viajen también a las casas y familias de los trabajadores.
«Leer juntos nos recuerda que todos tenemos historias que contar», dice Ana, quien disfruta la lectura no solo como un pasatiempo, sino como una manera de crecer y conocer otras realidades.
En un mundo que a veces parece correr demasiado rápido, estos espacios son una forma de romper con la rutina, de salir del «piloto automático» y abrirse a nuevas preguntas, emociones y conversaciones. Son, en últimas, un recordatorio de que, aunque el trabajo llena nuestros días, también merecemos momentos que alimenten el alma.
Y quizá eso sea lo más importante: que, en medio del trabajo, de la rutina, de la vida que corre, podamos darnos permiso para detenernos y reconocernos humanos. Porque leer juntos no es solo compartir libros, es abrir la posibilidad de mirarnos a los ojos, de escucharnos con calma, de descubrir las historias que nos habitan y que también nos unen. Quizá, entre reuniones y correos, esté esperando esa historia que todos necesitamos escuchar. Tal vez sea hora de abrir ese libro, junto a otros.
¿Qué libro te gustaría compartir con tus compañeros de trabajo y por qué?
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