Durante años, Clara miró el agua desde la orilla, cuidó bolsos en los paseos y encontró excusas para no entrar a la piscina. Al cumplir 50, se preguntó: ¿quería envejecer con miedos y llegar al final de la vida sin atreverse?
Clara Inés Ciro López encontró durante años razones para mantenerse lejos del agua. Las invitaciones a paseos con piscina o mar casi siempre terminaban en una excusa. No era desinterés: el miedo había convertido el agua en un lugar para mirar desde la orilla.
Mientras trabajaba en Leonisa y construía su vida en Belén Rincón, mantenía una deuda pendiente consigo misma: aprender a nadar y meterse al mar. Nadie se lo exigía, pero cada vez que rechazaba un plan o veía a otras personas disfrutar del agua con naturalidad, ese deseo re - aparecía. No era una urgencia como las de la casa o el mercado. Era una de esas cosas propias que la vida adulta va dejando para después.
A los 50, aplazarla empezó a pesarle. La pregunta ya no era solamente si todavía estaba a tiempo de aprender, sino cuánto más permitiría que el miedo decidiera por ella. Antes de inscribirse a una clase, Clara comenzó a acercarse a la piscina de niños: primero las piernas, luego las rodillas y después un poco más.
Llevaba tiempo ensayando su propia manera de aproximarse a aquello que había evitado. Un sábado llamó a Comfama y preguntó por las clases de natación.
Eran en la mañana, en Comfama San Ignacio, y llegar desde Belén Rincón le tomaba cerca de una hora. Su esposo cuidaba a su hijo mientras ella cruzaba la ciudad para reservarse ese espacio.
El primer día no solo tuvo que enfrentarse al agua. También le incomodaba usar traje de baño y sentirse expuesta frente a otras personas. Mientras algunos compañeros parecían avanzar con facilidad, cada movimiento le exigía un esfuerzo enorme. Por momentos, la frustración estuvo a punto de convencerla de abandonar.
Aprender también significaba aceptar la torpeza de empezar, la lentitud y la incomodidad de no saber. Durante seis meses fue y volvió a la piscina, incluso cuando compararse con otros la desanimaba. Continuó intentando aquello que durante años había evitado.
«Fue una felicidad inmensa. Para mí fue un logro gigante, como si hubiera ganado una maratón. Recibí muchas felicitaciones de mi familia por haber vencido mis miedos».
Vencer el miedo al agua le permitió mirar de otra manera otros límites que había aceptado como permanentes. Después se inscribió en cursos de baile. Al principio sentía vergüenza; hoy ya no se queda sentada cuando empieza la música en una fiesta.
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