Francisco creía que la vivienda propia era un sueño reservado para quienes ganaban más. Con ingresos cercanos a 1,5 salarios mínimos y pagando arriendo, ahorrar la cuota inicial parecía imposible. Hasta que él y su familia decidieron intentarlo juntos, usando lo que ya tenían: información, constancia y acuerdos claros.
Francisco Javier Montes Bedoya tiene 55 años, vive en Apartadó y trabaja como mensajero bancario desde hace ocho años. Comparte su hogar con su esposa, Nancy Judith, y su hija, Mariángel. Durante años pagaron arriendo, cubrieron lo básico y, como muchas familias, vivieron al día. «Uno piensa que para comprar casa hay que ganar mucho más», recuerda. Esa creencia fue el primer gran obstáculo.
Hace tres años, cansado de esperar y de ver cómo varios compañeros de trabajo lograban acceder a una vivienda, Francisco decidió averiguar. No fue un impulso repentino, sino la necesidad de dejar de aplazar la decisión. Primero acudió a Comfama y luego al Fondo Nacional del Ahorro. En ese camino conoció Camino a mi Casa, un programa que acompaña a las familias para que la vivienda propia deje de ser una idea lejana y se convierta en un plan posible.
El plan implicó decisiones exigentes: inmovilizar cesantías y comprometerse con un ahorro programado, aun pagando arriendo. La pregunta apareció de inmediato: ¿sería un camino fácil? La respuesta era no. Ese fue el punto en el que el sueño dejó de ser abstracto y empezó a tener números y plazos concretos.
Nada de esto fue en solitario. Francisco y Nancy entendieron que solo sería posible si lo asumían como un acuerdo familiar. Durante año y medio ajustaron los gastos al límite: eliminaron salidas, redujeron compras, postergaron compra de ropa y evitaron nuevas deudas.
Hubo meses especialmente duros, sobre todo al inicio, cuando la tentación de «sacar de ahí solo este mes» se sentía más fuerte. Para no fallar en las cuotas, en algunos momentos tuvieron que apoyarse en familiares. La duda fue constante: «pensamos que no íbamos a poder». Aun así, mantuvieron una regla clara: la cuota de ahorro no se tocaba.
Con el tiempo, algo cambió: empezaron a hablar de dinero con total transparencia. Ya no bastaba con que cada uno manejara lo suyo; si querían la vivienda, necesitaban un plan común. Se sentaron a hacer cuentas, revisaron ingresos variables, priorizaron pagos.
Cada uno empezó a aportar desde su propio «banquito». Francisco asumió turnos extra y cuidaba que ningún gasto se saliera del plan. Nancy, con ingresos variables, destinaba primero una parte al ahorro antes que a cualquier otra cosa y ajustaba al máximo los gastos del hogar. Su hija, aunque pequeña, entendió que había un propósito común: menos antojos, más paciencia y la certeza de que estaban construyendo algo juntos.
Con ingresos cercanos a 1,5 salarios mínimos, lograron reunir la cuota inicial combinando cesantías, ahorro constante y subsidios. Actualmente viven en su apartamento en el proyecto Jardines, en Apartadó. «No fue que ganáramos más —dice Francisco—, fue que empezamos a ahorrar».
La experiencia les dejó una certeza: ahorrar no depende solo del ingreso, sino de informarse, decidir y sostener acuerdos en el tiempo. Convertir el ahorro en un proyecto compartido cambió su relación con el dinero y con el futuro.
Ahorrar no solo depende del nivel de ingresos
¿Y si el primer paso para ahorrar no fuera ganar más, sino empezar a organizarse con lo que ya se tiene?
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