En el club de lectura de Celsia, Persépolis no provocó una pelea ni un acuerdo unánime. Provocó algo más valioso: una conversación en la que varias personas hablaron de miedo, represión, xenofobia, confianza, venganza y humanidad sin apurarse a convertir cada diferencia en un bando.
La conversación no entra de inmediato en Persépolis. Comienza por otros lados: las próximas lecturas, una recomendación de cine iraní, una historia sobre personajes enfrentados a decisiones imposibles, un comentario sobre países donde la desconfianza parece organizar la vida cotidiana. Antes de llegar al libro, ya están sobre la mesa la guerra, el miedo y la represión.
Cuando por fin aparece Persépolis, aparece de muchas formas. Para una participante, la lectura se parece al cine. Para otra, a un álbum de fotos familiar. Alguien más dice que Marjane Satrapi encontró una manera de contar una crueldad difícil de mirar de frente. No todas leyeron el mismo libro de la misma manera, y tal vez ahí estuvo una de las riquezas de la conversación.
Porque la vida en común casi nunca ocurre entre posiciones extremas y enfrentadas. Suele parecerse más a una mesa donde una misma obra despierta recuerdos, preguntas políticas, experiencias personales y asociaciones inesperadas. Durante esa hora, Persépolis fue muchas difícil sin convertirla de inmediato en una pelea. Cuando la sesión terminó, no quedó una única lectura de Persépolis. Quedaron nuevas preguntas, temas abiertos y ganas de seguir conversando. Y tal vez ahí haya una pequeña lección para la vida en común: no siempre se trata de estar de acuerdo. A veces, se trata de construir espacios donde la conversación pueda continuar. cosas a la vez: memoria íntima, historia de un país, adolescencia, exilio, denuncia, reflexión sobre la culpa y la venganza.
Lo valioso no fue cerrar rápido la conversación. Fue darle espacio a los matices. Eso también se notó en la manera de conversar. Hubo preguntas que abrieron la discusión, asuntos que volvieron más de una vez y pausas para escuchar a quienes todavía no habían hablado. Cuando apareció la palabra «humanidad», por ejemplo, nadie intentó encerrarla en una definición. La conversación avanzó entre tanteos, ejemplos y dudas. Más tarde llegaron otros temas: la xenofobia que enfrenta Marji al migrar, la tentación de negarse a sí misma para sobrevivir, la confianza de unos padres que acompañan sin controlar, la vida de quienes no están de acuerdo con un sistema, pero tampoco pueden abandonarlo.
Uno de los momentos más reveladores llegó con la venganza. A partir de una escena del libro, el grupo se detuvo en una pregunta incómoda: si los hijos de los culpables heredan, de alguna manera, la culpa de sus padres. Nadie resolvió el dilema. La conversación siguió.
Tal vez eso fue lo más interesante de la tarde. No que todas las personas pensaran igual. Tampoco que el grupo alcanzara una conclusión redonda. Lo que ocurrió fue algo más sencillo y, quizá, más útil: un espacio donde fue posible pensar en voz alta, escuchar al otro y sostener una pregunta difícil sin convertirla de inmediato en una pelea.
Cuando la sesión terminó, no quedó una única lectura de Persépolis. Quedaron nuevas preguntas, temas abiertos y ganas de seguir conversando. Y tal vez ahí haya una pequeña lección para la vida en común: no siempre se trata de estar de acuerdo. A veces, se trata de construir espacios donde la conversación pueda continuar.
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