Una piedra en el camino

Una piedra en el camino

«¡O lo toma o lo deja!», para alguien que desayunaba con gaseosa, la transformación no fue fácil, pero se hizo

 

Por: Julián Posada
Consultor

Hay piedras de piedras, las del camino, las que ruedan, pero también existen esas que nos sacan. A todos nos tocan distintas, pero las de esta historia, son las que producen dolor físico.

El primero y aún desconocido lo sentí en mi adolescencia, a causa de un desmayo. Cuando aún no había finalizado mi formación, supe que padecía de cálculos renales, «nada grave» me dijo el doctor. Me gradué y feliz salí para Italia a continuar con mi profesionalización, allí me encontré con las piedras explosivas de las Brigadas Rojas y con una universidad estatal semiparalizada, que me hizo desistir de iniciar lo que soñaba estudiar. Mi cuerpo y la humedad de Florencia me recordaron que las piedras vivían y crecían por dentro, después de unos días de hospitalización florentina, otro doctor repitió, «no es nada grave».

Regresé a Colombia y en medio de unas vacaciones de Navidad, fui hospitalizado. Durante una semana padecí unos intensos cólicos renales, las ecografías no mostraban nada extraño. En el décimo día de dolores y penas, el doctor preguntó: «¿Querés que te abramos para quitarte el dolor y ver lo que las ecografías no muestran?», ¡claro!, respondí feliz.

Además de las piedras había un conducto obstruido, eso causaba que uno de los riñones funcionara a medias, estaba a punto de colapsar. Debieron reconstruir el canal y volver a cerrar, ¡vaya socavón el que encontraron oculto!

Los dolores cesaron pero había decisiones qué tomar. Si quería que las piedras fuesen menos frecuentes, la cosa era simple: después del análisis científico de los cálculos, había que establecer una dieta; adiós a las bebidas azucaradas y bienvenida el agua, en un país en el que el agua embotellada aún no existía; además era necesario emprender una reducción severa de alimentos ricos en calcio. «¡O lo toma o lo deja!», para alguien que desayunaba con gaseosa, la transformación no fue fácil, pero se hizo.

Esta decisión optativa me permitió fortalecer mi voluntad, y unos años después, cuando en forma de toxoplasmosis una piedra oscura que se alimentaba de la visión central apareció en mi ojo, me vi obligado a ingerir cantidades enormes de antibióticos y cortisona para superarla. Fue entonces cuando mi doctor sugirió llevar una dieta intensa con yogur y repollo, para fortalecer una flora intestinal a punto de perecer. Para alguien que se había tomado el último vaso de leche en la infancia, darles la bienvenida a los lácteos fue una invitación a repensar el vínculo entre lo que somos, lo que comemos y cómo la dieta transforma la vida.

La cortisona y haber dejado el cigarrillo hicieron de mí una caricatura de 112 kilos de peso. La amenaza del azúcar y el amor propio me llevaron a la dietista, «no es nada grave, pero debes aprender a comer, balancear la dieta y negociar los excesos», dijo la doctora, así que lo hice y desde ese momento, hace ya años, ingresaron para siempre en mi vida cinco ingestas diarias: las frutas, las hortalizas, algunas harinas, las proteínas y sus opciones, además del deporte en forma moderada. Grasas saturadas, chatarra y fritos, dejaron de ser tentaciones y hoy son apenas indulgencias que cada tanto me regalo; el licor, que disfruto, reemplaza en mi vida postres y azúcar.

Con ese modelo preventivo me enfrento cada seis meses a los exámenes rutinarios de alguien que hace años superó los cuarenta. Cada visita al internista confirma que mi decisión fue inteligente, no me interesa añadir años a mi vida, prefiero agregar calidad y salud a mis años. Con orgullo digo que mi mecanismo no requiere hoy de una sola pastilla para la presión, el azúcar, el colesterol, el sueño o el resto de los padecimientos de un adulto.

Mi última invitación a cambiar un hábito me la hizo la presión arterial que, según el doctor, estaba en el límite deseable. ¿Qué hacer?, muy sencillo, abandonar la sal y ¡así fue!, además de mejorar mi presión, perdí unos kilos.

Hoy, esas piedras que aún habitan en mis riñones me recuerdan que fueron ellas las que me invitaron a inaugurar la escucha atenta de mi cuerpo, para iniciar la transformación de mi salud, desde la alimentación y los hábitos.

Dice la ciencia

Para cambiar un hábito no se debe pensar en metas. Sí en sistemas.
Cuando uno se enamora del proceso no tiene que esperar hasta el desenlace para ser feliz.

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