Una decisión difícil

Una decisión difícil | Revista Comfama

Las empresas son organismos que, al morir, dejan huella en la memoria colectiva.

La Bodeguetta era un negocio de amigos: Pamela, su esposo Diego y su amigo Andrés. Abrió hace tres años como un pub, en la avenida 33 de Medellín.

Eran los «raros» de una cuadra llena de discotecas de vallenato y música tropical. La Bodeguetta era un espacio abierto a la gastronomía, la conversación, el stand up comedy, el jazz, el rock y otros géneros latinoamericanos. En el sector duraron un año, para luego trasladarse a la zona rosa del barrio Buenos Aires, donde se establecieron por otros dos.

Pamela recuerda con gratitud «la casa vieja», esa que no señalaba a nadie y que les daba la bienvenida a todas las personas sin importar sus gustos, pensamientos y creencias.

Siente que, a pesar de la diversidad, todos sus clientes tenían algo en común: personas que saludaban, sonreían, conversaban con desconocidos, se despedían, gente bacana, una familia.

Con la aparición de la pandemia por la COVID-19 y las normas de distanciamiento social para evitar la propagación del virus, La Bodeguetta tuvo que cerrar al público. Empezó la búsqueda de otras fuentes de recursos. «Cuando eres empresario y sucede algo como esto, que no puedes controlar, te sientes frágil y desprotegido. Acudimos a la gente que nos ama, allí encontramos ese calorcito que arropa», dice ella.

Los domicilios fueron el primer intento para salvar el negocio pensando en sus colaboradores, tanto que Pamela y Diego renunciaron a sus salarios para continuar con el pago de la nómina de sus empleados: cuatro familias dependían de ellos. Al tiempo, intentaron negociar con el dueño de la casa y con la agencia de arrendamientos. No fue suficiente.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero La Bodeguetta murió cuando el Gobierno nacional anunció que el gremio de discotecas, bares y restaurantes tardaría, por lo menos, un año en retornar a la normalidad. En ese instante los domicilios que hacían solo cubrían un 20 % de los ingresos que obtenían antes de la pandemia. Se sentían encerrados en una jaula de vidrio que se iba llenando de agua. La Bodeguetta se ahogó.

Para Pamela, lo más doloroso fueron sus empleados, pues ya eran una familia. «Eso me dolió en el momento y me va a doler toda la vida», asegura. Al principio los subsidiaron con mercados, con el paso de los meses, se hizo insostenible.

Hicieron una venta de garaje con las plantas, los muebles, los cuadros y los utensilios que, combinados, le daban vida a La Bodeguetta. En redes sociales hubo muchos mensajes de apoyo, los clientes se niegan a creer que el epicentro de sus encuentros, lleno de recuerdos valiosos, desapareció.

Cuando una empresa cierra, muere una forma de ver el mundo y una parte de nuestra sociedad. Pamela cree que La Bodeguetta, más que un sitio, era un estilo de vida.

Intentarán regresar, pero primero tienen que recuperarse económicamente, hasta el punto que un día La Bodeguetta sea un disfrute y no la única fuente de ingresos para sus socios. Confían en que no sea un adiós, sino un hasta luego.

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«Comprarle a un emprendedor local es decirle fuerte y claro: ¡de esta salimos juntos hermano!» @labodeguettarestobar

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Trabajar… para volver a empezar, para volver a creer que es posible

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¿Ya intentaste «ponerte en los zapatos» de un empresario en crisis?

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