De tatuarse con la mamá y otras historias

tatuaje entre madre e hija
Tal vez nunca habíamos sido tan dueños de nuestros propios cuerpos como para marcarlos con tinta a nuestro antojo. Una declaración estética individual.

Quizás, Juliana Montoya no hubiera podido rayar su cuerpo si hace años los marineros y los presos no hubiesen usado los tatuajes como forma de expresión e identidad.

Quizás, por eso hoy cualquier profesional puede llevar tatuajes sin mayor problema, por ejemplo, Doloritas, la mamá de Juliana, quien se hizo el primero a sus 54 años.

Que madre e hija se tatuaran juntas parece una historia de otra cultura, pero sucedió aquí, en Antioquia, donde, otrora, llegar a casa con la piel rayada era un deporte de alto riesgo.

Y cómo no, si cuando los occidentales llegaron a las culturas polinesias y vieron sus cuerpos tatuados, marcados, homologados, lo percibieron como algo primitivo que violentaba el cuerpo, templo sagrado por excelencia. Eso aprendimos por extensión.

A pesar de ello, Juliana y su mamá lo defienden como el desarrollo de su personalidad, que evoluciona con el tiempo, sin importar los años que indique la cédula. Asimismo, lo hicieron desde la década de 1960 quienes encontraron en los tatuajes un signo de distinción, y los nacidos después de 1981, que lo adoptaron como parte de su expresión y consumo.

El 31 de diciembre del 2017 dieron el paso. Juntas, se expusieron al dolor que produce que una aguja perfore la piel un milímetro. Juntas hicieron equipo, libres, conscientes, dueñas de su cuerpo.

Para Juliana, el tatuaje representa una parte especial de su historia. Pero hacerlo con su mamá fortaleció el vínculo y hasta su salud. Ella, sicóloga de profesión, piensa que una mente sana no se define por un tatuaje, se identifica por “estar contenta consigo misma”.

No importa si el cuerpo entero está o no cubierto de tinta, lo valioso es “poder sonreír”. Juliana y Doloritas, cómplices, tienen en su piel marcada una razón para hacerlo todos los días.

(Lee tambiénJazmín, lienzo y artista).

Esteban Garzón Franco

Para Esteban Garzón Franco su abuelo materno es un ídolo. Cada vez que lo visita en Jardín, Antioquia, pueden pasarse todo el día hablando sobre animales y la naturaleza, pues la biología es una pasión que los une. Por eso el nieto estudia lo propio en la Universidad Eafit. A sus 18 años quería hacerle un homenaje en vida. Un tatuaje, la primera idea. Sabiendo que a don Luis Javier no le gusta mucho el arte de marcar la piel con tinta, buscó dentro de las lenguas indígenas del Suroeste antioqueño una palabra que significara “abuelo sabio”. Por eso se tatuó “Uzuma” y corrió a Jardín para evidenciarle a su abuelo, el sabio, cuánto lo admira.

Mabiland


Cuando a @Mabiland, en su época de colegio, le propusieron hacer una exposición sobre un artista gráfico, ella eligió a Jean-Michel Basquiat, poeta, músico, dibujante y pintor estadounidense. Sus profesores le dijeron “No” y esto se convirtió en una obsesión para ella, y más que eso, en una inspiración que aún hoy la persigue, a sus 22 años, cuando inició su carrera como cantante. Discípulo de Warhol y expareja de Madonna, revive en las conversaciones de Mabiland cada vez que le preguntan el porqué del tatuaje. Este, su segundo dibujo en la piel, es apenas el primero con el que llenará su brazo, en homenaje al artista neoyorquino.

 

Will Torres

El tercer tatuaje de Will Torres, sicólogo y especialista en gerencia de recursos humanos de 35 años, es uno de los más especiales para él. Allí, en su hombro derecho, reposa el espacio exterior y es un homenaje a su familia y amigos, quienes adquieren forma de estrellas. Se lo hizo hace más de diez años, cuando aún faltarían once tatuajes más por cobrar vida en su piel. Pero este, sin embargo, siempre será su ancla, pues además de recordarle todos los días cuán importante son para él su papá, su mamá y su hermana, es una motivación para cumplir su propósito de ser siempre para ellos una luz en sus vidas.

 

Acerca de los tatuajes

Según el economista y antropólogo australiano- uruguayo Eduardo de la Fuente:

• La palabra tatuaje proviene del vocablo samoano tatau.

• Sociedades tan importantes como las polinesias, así como los egipcios, japoneses, indios, entre otros, han marcado sus cuerpos con tatuajes. Fueron los exploradores europeos del siglo XVIII quienes lo importaron a Occidente.

• En sociedades tradicionales como estas, los tatuajes servían para generar sentido de pertenencia y homogeneización. Ahora, representan el gusto de cada individuo y el personaje que este quiere encarnar en la sociedad, además de ser un acto de consumo. Por ello, se configura como una decisión estética con componentes existenciales.

 

Después de hacerte
un tatuaje: vendarlo con
papel vinipel de dos a 24
horas, lavar el tatuaje con
precacución y secarlo al
aire, evitar actividades
deportivas al aire libre o
acuáticas los primeros
días. Asimismo, aplicar
pomada hidratante de
tres a cinco veces al día,
durante una semana.

 

Fuente: “El sentido de los tatuajes en la Polinesia y Occidente”, El Tiempo.

 

La cultura nos une

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Tal vez nunca habíamos sido tan dueños de nuestros propios cuerpos como para marcarlos con tinta a nuestro antojo. Una declaración estética individual.
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