Sí podemos seguir la vida en días de COVID-19

Isabel, al inicio de la cuarentena, se encontró con las paredes de una casa que la encerraban en preguntas. También halló cinco ventanas por las que salía y entraba la vida. Eligió las ventanas. Una historia de cómo la vida sigue en días de COVID-19.

 

El día en que todo cambió, las cinco ventanas de la casa de Isabel Botero comenzaron a oscurecerse. La luz natural que entraba por los tres ventanales que miran a la Calle 50B, Colombia, en el Centro de Medellín, se fue difuminando; así como el resplandor, un poco más opaco, de otros dos puntos de vista que observan el interior de su edificio. Ese día todo parecía más grande que la noche anterior y su casa, como la de los demás colombianos, se hacía más evidente. Corrían las horas del 24 de marzo de 2020, comenzaba la cuarentena en Colombia.

Disuelta en su propia fragilidad y llena de preguntas, como muchos de nosotros, Isabel miró por una de esas tres ventanas vecinas de la Placita de Flores y, entre la que parecía una inocente expiación, vio al frente a una niña bailando en un balcón. «Baila, baila, baila, de otro modo estamos perdidos», le gustaba decir a la bailarina alemana Pina Bausch. «Ese día todo era muy raro y ver esa niña bailando fue impactante. Ese balcón, que se convertía en el único espacio con aire libre de su casa, era la calle. Estaba encerrada, pero, con toda la alegría de una niña», narra esta escritora, periodista y cineasta.

Dejó registrada la escena tanto en la memoria de su celular como en la suya. La organizó y la publicó en su cuenta de Instagram, @IsabelBoteroV amparada en una sola frase: «la vida sigue».

«Desde ese día mi casa cambió para mí. Me di cuenta que llevaba dos años viviendo en este apartamento y que lo desconocía tanto como a mis vecinos». Lo que comenzó siendo una pequeña ventana indiscreta, hoy aloja más de 200 videos, centenares de momentos que, desde el símbolo, la resistencia, la desobediencia civil y la naturaleza misma nos insisten en que eso que llamamos vida, aunque a veces pareciera una no-vida, sigue, y que todo lo que hacemos es para buscarle significado al verbo vivir.

Desde las ventanas de Isabel se narran los besos de enamorados que retan al tiempo en la mitad de la noche. Han encontrado reflejo los trabajadores solitarios que caminan hacia sus casas y los vendedores ambulantes que hacen del eco de la imaginación un camino para no desaparecer. También señoras que expresan su desobediencia yendo a la tienda hasta tres veces por día, de manera repetida y sistemática. Niños y niñas que se hacen amigos de balcón a balcón, músicos que decoran con sus sonidos una tarde de lluvia y deportistas con máscaras extrañas que se empeñan en seguir llenando sus pulmones de aire.

Todas las historias están reunidas en seis categorías que Isabel resume en una frase: «Aunque está sucediendo algo muy complejo para la humanidad, también hay algo colectivo que nos hace fuertes y que nos ayuda y ayudará a sobreponernos de esto». Esas formas son simples: los animales, donde puede verse a un vecino entrenando a un gavilán; el deporte, que se hizo más fuerte en cuarentena; la ley y la no ley, que se deja ver en una procesión de policías y cristos; los compradores y los vendedores, que todo el tiempo intercambian; los servicios varios y varados, porque los carros no conocen de virus y tampoco las bicicletas; y lo inclasificable, todas esas expresiones que no tienen categoría y que llamamos existencia.

Cinco ventanas bastaron para que Isabel, aun en la montaña rusa de emociones que se viven cada día, dejara por momentos el pesimismo y le hiciera frente a la angustia. Esas cinco ventanas le han mostrado a vecinos y amigos, conocidos y por conocer, que pensamientos y realidades hacen parte de nosotros y que, para seguir viviendo, no basta con imaginar el mundo, también hay que vivirlo.


Las ilustraciones de esta edición de la revista Comfama hacen parte de S.O.S Creativirus, una convocatoria realizada por Universo Centro para que los artistas pudieran expresarse en época de aislamiento.

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