Sí podemos reencontrarnos con los abuelos en días de COVID-19

Tomás, el nieto; Ana, la hija y Cecilia y León, los abuelos. En un momento de la pandemia sintieron que no daban más. Encontraron dos caminos, ver cómo el virus convertía los momentos en familia en recuerdos o confiar en que cada uno se cuidaba tanto, como para verse de forma segura. Eligieron la segunda opción. Una historia de reencuentro en días de COVID-19.

 

Tomás tiene cuatro años y toda su vida tuvo dos casas; la de su mamá, Ana, y la de sus abuelos, Cecilia y León. A esta última iba todos los días luego de salir de la guardería, hasta las cuatro de la tarde, hora en que su mamá lo recogía. Eran días felices para él y para sus abuelos.

La llegada de la COVID–19 enfrentó a Tomás, tal vez por primera vez, a un cambio tan radical: ver y disfrutar de su mamá más tiempo del acostumbrado, pero al mismo tiempo preguntarle a ella: ¿por qué ya no tengo más amigos niños? o ¿por qué no estamos con los abuelos? Una nueva realidad difícil de asimilar.

Ana no escapó de los cambios, trabajar desde casa, hacer las labores del hogar y desplegar toda su creatividad para mantener entretenido a Tomás todo el día, fueron retos que se sumaron a extrañar a sus padres.

Empezaron a crear nuevas rutinas juntos, a caminar por las zonas verdes de la unidad, siempre con el tapabocas puesto, y a cumplir con las recomendaciones de quedarse en casa.

En el hogar de los abuelos la dinámica fue la misma, ambos con más de sesenta años acataban con rigor las recomendaciones de cuidado; don León, que tenía como hábito salir a tomar tinto con otros adultos del barrio, dejó de hacerlo inmediatamente y redobló sus cuidados y precauciones con un solo objetivo: poder ver a Tomás y a Ana pronto.

Mayo fue un mes muy difícil para los cuatro. El tedio parecía ganar la batalla, se notó más que todo en Tomás, su carácter empezó a cambiar, siempre había sido inquieto, respetuoso y juicioso, pero empezó a levantar la voz y a refutar todo lo que su mamá le pedía, era otro niño y a Ana se le agotaban las herramientas para mantenerlo contento, se sintió abrumada y compartió ese sentimiento con sus padres.

Los papás de Ana estuvieron aún más pendientes de Tomás, pero las discusiones y el mal carácter del niño iban en aumento. Una noche, Cecilia y León hablaron y revisaron las alternativas, y Ana les expresó el miedo que tenía a contagiarlos, ese temor a sentirse culpable si algo les pasaba, pues, a causa de la edad, podrían sufrir complicaciones con la COVID-19.

Los papás la escucharon y la entendieron, manifestaron su deseo de que se reunieran todos, le dijeron a Ana que al igual que ella, habían sido juiciosos con el cuidado, que confiaban en que se podían reunir y que estaban dispuestos a intentarlo.

Repasaron juntos cada posible momento de exposición al riesgo en lo que iba de la cuarentena, validaron el haber practicado siempre el lavado de manos durante cuarenta segundos cada tres horas, mantener el distanciamiento físico al salir de sus casas y cubrir su nariz y boca durante cualquier contacto con el exterior, por mínimo que fuera. Le contaron a Tomás, él tuvo el voto decisivo. Todos acordaron darse una licencia de amor.

El domingo siguiente disfrutaron de una tarde juntos, todos con el tapabocas puesto, jugaron a la pelota con Tomás y compartieron en la sala, armaron rompecabezas y cantaron canciones. Se recargaron de energía y de amor para seguir cuidándose con la motivación de continuar dándose, más a menudo, el valioso regalo de la presencia.

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Elijo vivir… adoptando el autocuidado como una manifestación de amor

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¿Cuidarnos es la clave para poder seguir «viviendo la vida»?


Las ilustraciones de esta edición de la revista Comfama hacen parte de S.O.S Creativirus, una convocatoria realizada por Universo Centro para que los artistas pudieran expresarse en época de aislamiento.

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