Sí podemos compartir en días de COVID-19

Héctor pasó más de noventa días sin ver a sus padres a causa de la pandemia. Cuando las videollamadas se agotaron y la ausencia se hizo insoportable, se vieron ante una decisión: resignarse ante la tristeza o idear una manera de verse de forma segura. Eligieron el segundo camino. Una historia de cómo visitar a la familia en días de COVID-19.

 

Héctor es el menor de tres hijos. Siempre fue el más cercano a sus padres, Celina y José, de 78 y 86 años respectivamente. Un ritual familiar era la visita de los domingos en la tarde.

Todo cambió quince días antes de que se declarara el aislamiento preventivo en Colombia. En ese momento, José y Celina se encerraron. Lo que parecía un periodo corto, ya cuenta más de cien días de soledad.

El ritual del domingo se vio interrumpido, también las rutinas de los papás de Héctor, pues tener más de setenta años de edad y coincidir con una pandemia, hacían parecer imposibles situaciones cotidianas como volver a salir mercar y almorzar en la calle con una de sus nietas.

Todo era aún más dramático para José, quien, sin falta, iba cada día a trabajar a su empresa de fabricación de envases, el proyecto que siempre le ha dado sentido a su vida. Héctor notó que pronto su papá podría caer en depresión.

Intentó que sus papás pudieran continuar con su habitual almuerzo de los sábados con su nieta, así que optó por pedir comida a un restaurante y enviárselas, pero salió mal, Celina se llenó de miedo a contagiarse del virus y se negó a recibir el domicilio. En un segundo intento, Héctor decidió ser quien les comprara, desinfectara y llevara la comida, pero para ellos no era lo mismo, no había magia. Así murió la cita de los sábados.

Pasaron los días y a José y a Celina los invadió el tedio del encierro, las horas pasaban lento, los días iguales, el silencio de la casa era ensordecedor, las videollamadas solo eran un alivio fugaz a esa soledad a la que se sentían condenados. El sentimiento era mutuo, ellos extrañaban a su hijo, su hijo los extrañaba a ellos.

Noventa días les duró el oxígeno, hasta que el ahogo causado por la soledad se hizo insoportable. Conversaron y se dieron cuenta de que tenían dos caminos: resignarse y enfrentar de la mejor forma posible los ataques de tristeza o idear su propia manera segura de verse, de vivir y compartir en medio de la pandemia. Eligieron la segunda opción.

A Héctor, siempre le han dicho que es cuadriculado, por eso, cumplir con los hábitos para la prevención de la COVID-19 se le ha hecho fácil. Todos los días, al despertar, se toma la temperatura, en su bolsillo siempre hay gel antibacterial para lavar sus manos cada tres horas durante cuarenta segundos, mantiene su nariz y boca siempre cubiertas con el tapabocas y guarda distancia de dos metros con cada uno de sus empleados.

El punto de apoyo sería ese nivel de atención en el cuidado, que compartían Héctor y sus papás; la recompensa, una serie de licencias responsables. Al siguiente domingo, en la tarde, Héctor iría a visitarlos, ya tenían un plan.

Ese día, Héctor, le avisó a su mamá que saldría de la casa. Inmediatamente ella le dijo a José, y juntos pusieron una silla en el pasillo, a más de dos metros de la puerta del apartamento, midieron la distancia cuidadosamente.

Héctor llevó una muda de ropa extra, al salir del ascensor del edificio donde viven sus padres, procedió a lavarse las manos sin quitarse el tapabocas y a desinfectar el contenido de un par de bolsas que llevaba, también reemplazó toda su vestimenta en el pasillo. Luego se sentó en la silla que habían dejado José y Celina.

Sacó su teléfono y les escribió que había llegado. Treinta segundos después, Celina abrió la puerta y del otro lado del marco se sentó con José. No hubo abrazos, ni besos, pero ese amor represado se reflejaba en sus miradas y se sentía en el ambiente. Por fin volvían a sentir que estaban cerca.

Conversaron durante horas, también, con tres copias de la misma revista de pasatiempos, resolvieron una sopa de letras en equipo.  Ese domingo en la tarde, sin tocarse, sin ponerse en riesgo, cuidándose y manteniendo la distancia, a Héctor, a Celina y a José, la pandemia les permitió encontrar nuevas formas de decir te amo.

*** 

Elijo vivir… para cuidarnos y poder visitar a nuestros seres queridos sin arriesgarlos ni arriesgarnos.

***

Si yo me cuido y tú te cuidas responsablemente, ¿podemos vernos?


Las ilustraciones de esta edición de la revista Comfama hacen parte de S.O.S Creativirus, una convocatoria realizada por Universo Centro para que los artistas pudieran expresarse en época de aislamiento.

Etiquetas del contenido
, ,

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Héctor pasó más de noventa días sin ver a sus padres a causa de la pandemia. Cuando las videollamadas se agotaron y la ausencia...
" />