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Que viva la vida
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Que viva la vida

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«La atracción de la tierra hunde las raíces  
y la atracción del sol levanta los tallos. 
Y nosotros también como plantas, entre la tierra y la luz» 

Ernesto Cardenal en Cántico Cósmico, cantiga 10.  

Soñé que una quebrada me pedía auxilio, sus aguas me rogaban que hiciera algo para librarla de la putrefacción. No era una quebrada cualquiera sino el río de mi infancia, aquel cuyo nombre evoca baños, juegos, aventuras y paseos de olla. De niños, en vacaciones, íbamos a la quebrada La Jagua, a un charco cercano a la finca de mi abuela. Un día, ella nos propuso una aventura: río arriba hay una cascada inmensa, dijo, se llama El Chorrón. 

Caminamos varias horas. Había que atravesar potreros, fincas, alambrados de púas y malezas altas. Hacía un sol picante, hubo un momento donde parecía que no valdría la pena tanta incomodidad. Finalmente apareció, tras un cañaduzal, el salto más bello que hubieran visto jamás nuestros ojos infantiles. Desde unos 20 metros de altura, el agua se precipitaba en un charco profundo y helado, verde como el jade. El estruendo no dejaba escucharnos al hablar, pero se alcanzaban a oír los gritos de mi hermano y los míos, entre felices y asustados. Al comienzo nos dio miedo, tanto de nadar como de tirarnos desde arriba. Nos tomó varias visitas familiarizarnos con el lugar. Allí descubrí que, una vez vencemos el temor, aprendemos que solo existe en nuestra imaginación. Al lanzarme al agua desde lo más alto, me sentí valiente y, sobre todo, libre. 

¡Ayúdame…!, sentía su llamado apagado. Veía la espuma y el agua negra, todo inundado por un insoportable olor a basuras. Me levanté llorando. ¡El río que bautizó mi alma de niño y selló mi unión con la naturaleza, solicitaba mi ayuda! Resulta que la ciudad había crecido mucho y a algún alcalde se le ocurrió esa zona para disponer los residuos de más de tres millones de personas y convertirlos en el relleno sanitario de La Pradera, cerca de Barbosa, a orillas del río Medellín. Ahora, el cauce de la quebrada que marcó mi infancia y uno de los centros de observación de aves más importantes de Antioquia (aún recuerdo los grupos de la Universidad Nacional recorriendo el área), es sobrevolada solamente por gallinazos.

El Chorrón se ahoga entre basuras y lixiviados. ¿Será que esa quebrada está viva, en el sentido más amplio, o mi mente inventó el sueño? Nuestro país es uno de los pioneros al otorgarle derechos a los ríos, ¿por qué no pensar que también tienen consciencia? El caso es que, al buscarme, sobrevaloró mis posibilidades, tal vez no tenía a nadie más a quien acudir y se acordó de unos niños aventureros que abrazaban sus piedras y sus aguas hace más de 30 años. Como a una vieja amiga, recuerdo a La Jagua con cariño y nostalgia, quisiera volver a verla viva y limpia, como en sus mejores tiempos. 

Soy un hombre nacido en la época de los «recursos humanos» y los «recursos naturales». Nos tomó tiempo, pero hoy en día los gerentes reconocemos que las personas no son recursos, porque tienen autonomía y libertad. Lo máximo que podemos esperar de una persona que trabaja para una empresa es que nos elija cada mañana y nos entregue una parte de su creatividad y su pasión. Un proceso de consciencia similar ocurrirá, ojalá, con respecto a nuestra relación con lo vivo. Hace unas décadas se trataba solamente de extraer unas riquezas; ahora cada vez más gente comprende, los jóvenes primero, que no somos los amos ni los dueños del planeta, sino apenas su especie más contradictoria. La humanidad ha creado algunas maravillas, ha destruido otras y muchos pensamos que ahora amenaza con destruirlo todo. 

La vida en este planeta nos concierne a todos, porque todos somos naturaleza. Aunque lo ambiental tiene expertos que debemos escuchar, no podemos dejar los asuntos de la naturaleza, de la que somos parte, solamente en manos de los técnicos. Debemos, como dice Arturo Escobar, aprender a «sentipensar» y a reflexionar sobre nuestra relación y nuestro actuar en este pequeño y magnífico planeta que llamamos Tierra y que nos da la vida. Eso solo será posible cuando despierte nuestra consciencia y entendamos nuestra relación interdependiente con el universo y sus milagros, cuando tengamos una perspectiva más amplia, sensible y unificada acerca de la vida. De eso trata esta Revista: de provocar reflexiones sobre el privilegio y la responsabilidad de ser parte de lo vivo y promover acciones hacia la regeneración planetaria, humana, natural, urbana y social. 

Los humanos nos regeneramos cada día, en un proceso de vida y muerte que murmura en nuestro cuerpo. Cada ecosistema está diseñado para regenerarse continuamente. Wade Davis dice que los ríos son fáciles de salvar, que no es sino dejar de ensuciarlos y ellos mismos se limpian, se regeneran. 

En estos textos y nuestra agenda cultural del mes, hablaremos de culturas regenerativas con la convicción de que se trata de un nuevo nivel de consciencia para la humanidad; de que es urgente afrontar este asunto vital interdisciplinariamente, desde el arte, la filosofía, la sociología, la sicología, la salud, la empresa, la economía y los gobiernos. El desafío de la sostenibilidad no fue suficiente. El cambio climático y las especies extintas nos gritan, este es el momento para salvar lo vivo y para que nuestra especie, como enseña Martín Von Hildebrand, comprenda que su papel es celebrar el universo. 

Con esta publicación buscamos inspirar conversaciones de familias, tribus de amigos y organizaciones. Pretendemos alentar la emulación y la sana competencia, para que empresas y personas adoptemos las prácticas y los hábitos de quienes actúan sabiendo que somos naturaleza, que la ciencia es poderosa y unida con la sabiduría del espíritu llega mucho más lejos. Ojalá estos relatos abran corazones y mentes, para que finalmente, comprendamos que no somos, sino que intersomos, que como dice Ernesto Cardenal en algún verso: «En el universo todo es estructura, / es decir, sociedad. / El átomo es sociedad, / la molécula es sociedad, / el organismo es sociedad. / El hombre es sociedad».  

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One thought on “0

  1. Muy importante este tipo de lecturas, permiten la reflexión y sensibilizan al ser humano de como debemos garantizar el cuidado de todos los recursos naturales que tenemos y acordarnos de dar gracias por ellos. Pienso que este no es un llamado a un sentimiento sino a un cambio de actitud y compromiso con los cuidados que requiere el medio ambiente.

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