¿Qué pude evitar hoy?

Fotografía: www.elmamm.org

Hoy puede ser cualquier día. Tomar 10 minutos de mis noches para pensar en lo que gané; pero, también en lo que pude evitar y en lo que perdí, y a veces escribirlo, se ha convertido en un ritual para mis días. La historia de un momento sagrado e incómodo para la intimidad.

 

Por: Perla Toro Castaño

El pensar nos hace presentes a nosotros mismos, es casi un hecho despilfarrador en el que parecemos ocupar una parte importante de nuestra vida y todo lo que hay por fuera de esta acción pareciera impensable. Pero, dentro de estos límites, ¿con qué frecuencia solemos pasar nuestros pensamientos por la reflexión? Desde hace varios años, invitada por un buen amigo, dedico cada noche 10 minutos de mi día para cerrar lo que fueron unos segundos más de mi existencia, para preguntarme por lo que gané; pero, también por las cosas que pude evitar y las que perdí. ¡Sorpresa! El ego, el orgullo y la soberbia son fantasmas que aparecen con frecuencia. Cierro los ojos como una señal de compasión.

Me llamo Perla. Soy difusa, rigurosa, amable, amorosa y orgullosa. En la proyección de lo que quisiera ser digo que no soy dramática, que mantengo mi ego apagado y que soy bastante libre. En la imagen real que hay frente al espejo, lucho todos los días con algunos de esos demonios, no los apago; primero, porque no puedo; segundo, porque tal vez con ellos moriría algo de lo que soy. Pero, sí los abrazo para hacer de la emoción desmedida inspiración, del ego pensamiento y de la libertad una acción progresiva.

Es inmensamente difícil imaginar cómo sería mi vida sin los errores. Ellos han sido maestros, como pocos. Han dolido. Pero, sí es bonito fantasear con los caminos que pude transitar si ellos no hubieran existido y hay tres que, con una frecuencia casi fascinante, suelo dejar fluir entre los tiempos: el silencio frente a mi padre días antes de que muriera, dos intentos repetidos de quitarme la vida y la perdida de muchos amores por posesión y orgullo.

Aunque medir el dolor es destino de tontos, el primero de los errores suele arrugarme el corazón. Por falta de comprensión frente a la enfermedad, orgullo de hija y rebeldía, dejé de hablarle a mi padre días y horas de un mes de enero de 2011. Días y horas después, en el mes de febrero del mismo año, su presencia física se apagó para siempre y en mi boca quedaron inexistentes las palabras que tenía para decirle; mientras que en mis brazos de dolor se desvanecieron los abrazos que no le di. Hoy, retirar la palabra a alguien que amo, no es una posibilidad en mi vida.

Gracias al segundo de los momentos que pude cambiar y no cambié, hoy puedo escribir estas líneas sin temor. No creer en los psicólogos, renegar contra todos los coach que conocía y guardar palabras por ego y por soberbia, me llevaron hace dos años a una crisis de ansiedad generalizada que terminó, durante dos ocasiones, con mi cuerpo suspendido en las alturas de edificios. La segunda, a la luz de los ojos de mi madre y del hombre al que amo, quienes con dolor lograron evitar el episodio. De hacerme la pregunta incómoda y existencial de qué pude evitar en este día, quedaron largas jornadas de conversaciones que hoy me hacen perdonarme y evocar, sobre todo, la compasión hacia a mí.

La libertad, esa ilusión que ponemos en los otros porque nos cuesta traerla a nosotros mismos, es una de las preguntas que más pasa por mis noches. Hija única y de herencias de amores románticos posesivos, me declaro una romántica en constante recuperación. He amado con enfermedad, he dejado de entender que uno más uno siempre serán dos y en esa carrera por la posesión he perdido. Cada noche, cuando paso por la balanza de la vida, siempre intento recordarme, como lo dice Epicteto en su Manual de vida que «la felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de un principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no» .

Preguntarnos por el nanosegundo anterior que vivimos, por el instante y la casualidad, pareciera ser un acto de necedad. Pero, cuando comprendemos que la casualidad es la disculpa de quienes no entienden las cosas, siempre aparece la pregunta que, aunque incómoda, le da razón a nuestra existencia: ¿qué pude evitar hoy?

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Incomodarse para crecer… Y hacernos preguntas que le den sentido a nuestra existencia.

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¿Será que si me cuestiono acerca de las situaciones o actos que pude haber evitado en el día, puedo perdonarme y desarrollar compasión hacia mí mismo?

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Hoy puede ser cualquier día. Tomar 10 minutos de mis noches para pensar en lo que gané; pero, también en lo que pude evitar...
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