Poner la atención en mí

Paulina abraza a quien fue hace dos años y medio. Una historia acerca de ponerse atención, conocerse a sí misma y atreverse a abrazar al dolor, a la gratitud y al cambio.

 

Por: Paulina Tejada Tirado – Comunicadora social – periodista.

 

En octubre de 2018 experimenté por primera vez un ataque de ansiedad. Para finales de diciembre del mismo año, tenía cinco episodios al día mientras cumplía un sueño profesional. Había trabajado años para estar allí.

Para dejar de sentir el dolor de mi pecho deshaciéndose, terminé convirtiéndome en un electrodoméstico: perfectamente funcional al recibir una orden, pero en modo stand-by el resto del tiempo. No era nada romántico. A pesar de que ya contaba con herramientas de gestión emocional y con hábitos de cuidado físico y mental, me era imposible regresar a mí. Reconocerme mía.

Sin embargo, entre el ombligo y la boca de mi estómago aún habitaba una fuerza vital que gritaba, no lo suficiente para mostrarme el camino, pero sí para impulsarme a pedir ayuda. Lo hice. Esa chispa salvadora me llevó directamente al consultorio de una psiquiatra. Nunca esperé el diagnóstico de un cuadro crítico de depresión mayor.

¿Incapacitada un mes, cuando estaba en la cima de mi sueño? ¿Cómo le iba a dar aquella noticia a mi jefe, que acababa de ascenderme? ¿Por qué me sucedía esto justo mientras cumplía la meta más grande de mi vida?

Fue difícil, pero tuve que soltar mi ego, mis autoexigencias que se convirtieron en pesas detrás de las escápulas. Era eso o no sanar. Agradecí el privilegio de recibir atención oportuna a mi salud mental y acepté el tratamiento. Liberé mis manos de la presión de construir una vida que había idealizado porque solo así podría abrazar una vida en la que no me perdiera yo.

Me reconocí vulnerable y me entregué al cuidado. Recibí el amor de mis padres, su asistencia y alimento, como si fuera una niña pequeña. Le di la bienvenida a una medicación que me atemorizaba, pero que luego acostumbré a bendecir con un mantra antes de tomarme cada pastilla. Elegí poner mi bienestar por encima de mis metas profesionales y, con dolor profundo, pero con la certeza de poner la atención en mí y asumirme como prioridad, renuncié a aquel trabajo.

Comencé clases de cerámica para encontrar el centro bailando con las manos y yoga para interiorizar que la compasión también se cultiva para uno mismo. Me aferré a todo lo que me recordara viva. Y, un día cualquiera, la música comenzó, otra vez, a sonar. Y el agua al bañarme, otra vez, a limpiar. Y el cielo azul, otra vez, a sorprenderme. Y los amaneceres, otra vez, a significar un nuevo día.

Me propuse encontrar un lugar en el que podría trabajar con propósito sin olvidarme de mí, de mi familia, mis pasatiempos, mis seis horas de sueño, mi identidad más allá de mis labores.

Y entendí que ese punto medio no estaba afuera, sino que lo construía yo. Aprendí a poner límites, a hablarles a la tristeza, al miedo, al deseo de control. Cambié el látigo con el que me forzaba siempre destacar como la mejor por una brújula que me acompañara a buscar un humilde bienestar integral.

Nada de esto fue lineal ni ascendente. La forma del proceso, más bien, podría describirse con el garabato de un niño de preescolar:
lleno de curvas, repeticiones, salidas de la raya, colores y sabor a sal, a veces de las lágrimas, a veces de sudor, a veces del disfrute del recreo.

Un garabato en el que me enfrento, me habito, me desacomodo, me reafirmo, me perdono y, ¿por qué no?, me celebro.

En junio de 2020, el año de la pandemia, mi psiquiatra me invitó a desmontar la medicación. “Ese es el paso a seguir luego de haber
estado un año estable”, indicó. Sin embargo, no era precisamente la mejor época para dar un paso tan crítico. La cuarentena seguía, el país atravesaba un pico de contagios y los índices de casos de depresión crecían con ellos.

Pero, siguiendo otra vez el ímpetu que se esconde detrás del ombligo, me atreví. Elegí la esperanza por encima de la duda en medio de la incertidumbre. Creí en mí, en lo aprendido, en lo desaprendido, en la posibilidad de alzar la mano nuevamente si algo no salía bien, y, sobre todo, en la certeza del poder que tiene el acto de soltar.

Gracias a mi casa segura, al privilegio de recibir tratamiento, a los hábitos que se convirtieron en salvavidas, a mi red de apoyo y al regalo de permitirme vivir en una búsqueda por el punto medio, en enero de 2021, sin esperármelo, terminé completamente mi tratamiento. «No tengo nada más que hacer aquí, te doy de alta de forma definitiva», dijo la psiquiatra en una
cita de seguimiento.

Y canté. Lloré y agradecí. No solo pude volver a mí, sino que conocí a grandes maestros en el camino. El dolor, la respiración consciente, la tribu incondicional, lo imperfecto, el tiempo que pasa, la posibilidad de transformarnos, el llamado del corazón.

Lejos de ser un electrodoméstico, hoy me siento un ser en constante eclosión, como la tortuga que rompe el huevo para salir al mar o la plántula que quiebra la semilla para crecer en la tierra. La vida misma lo recuerda todo el tiempo: podemos mutar las veces que sea necesario para romper nuestro propio cascarón y comenzar a crecer más livianos.

 

 

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