Podemos confiar en los vecinos

Cuando María Elvia Segura llegó desplazada por la violencia a una de las laderas de Medellín se hizo una promesa: trabajar para convertirla en un barrio para sus hijos y aquellos que, como ella, buscaban un sitio al que llamar hogar. Una historia de confianza entre vecinos.

 

María Elvia nunca quiso vivir en Medellín. Su vida y la de sus nueve hijos estaba en Urrao, municipio del Suroeste antioqueño. Sin embargo, las amenazas y la violencia que le arrebató a uno de sus hijos la hicieron huir.

Hace 26 años, cuando llegó, encontró una ciudad tan grande como sus miedos: los carros, ser analfabeta y saber solo de las labores del campo la atemorizaban. Tenía ganas de ser más que un número en la lista de desplazados.

Primero aseguró un lugar donde vivir, empezó pagando arriendo con lo poco que trajo y a hacer «recorridos» para pedir comida por la ciudad. Tres meses después, cuando el dinero escaseaba, le ofrecieron un solar y la posibilidad de pagarlo a cuotas. María Elvia, con la ilusión de empezar a construir lo suyo, aceptó.

Consiguió madera, plástico y entre todos armaron su primer lugar propio. Ese que le daba la seguridad para dejar a sus hijos y conseguir un empleo. El primero fue recoger café en San Antonio de Prado. Asimismo, decidió estudiar, hizo un taller con una corporación para aprender a hablar y perder el miedo.

La palabra «barrio» significa espacio de territorio con identidad propia y sentido de pertenencia por parte de quienes lo habitan. Tal vez, por eso, el hecho de que María Elvia empezara a construir sus sueños en Altos de la Torre hizo que su corazón se aferrara a ese lugar.

Recuerda que, cada vez que hacía un «recorrido», sentía que su alimento y el de sus hijos dependía de la voluntad de los demás; en muchos casos insuficiente. Por esa constante inconformidad en su pecho, decretó que el ser desplazada no tenía por qué determinar su futuro.

Tenía ganas de trabajar, de llevar el alimento como fruto de su trabajo, ese que otorga dignidad. También de enseñar a través de la fuerza más poderosa: el ejemplo.

«No sabía que era el liderazgo, pero sí ayudar a la gente», asegura María, quien empezó por unir a los vecinos y a recibir a los que llegaban de Chocó, Urrao, Bajo Cauca y Urabá. Su objetivo era personal: no quería que nadie más tuviese que salir a pedir comida a la calle, como le tocó a ella al principio.

El primer acto de confianza, convencerlos de que un lote donado debería ser una escuela, en lugar de una iglesia. Por eso, los movilizaba, los invitaba a las reuniones y les recordaba que la educación es la mejor herencia que podían entregarle a sus hijos y los niños del barrio.

Así nació la escuela comunitaria Altos de la Torre, construida por los vecinos con tablas que recogían en el monte o donadas por fundaciones, bolsas plásticas para proteger a los estudiantes de la lluvia y profesores voluntarios.

Ese ejercicio de confianza barrial dio frutos. Tras diez años de funcionamiento, la escuela, que fue mejorando sus condiciones, fue regularizada por la Secretaría de Educación de Medellín hasta convertirse hoy en parte de la Institución Educativa Joaquín Vallejo Arbeláez.

Confianza barrial también es tener la esperanza firme de que algo va a suceder. En este caso, para los habitantes de Altos de la Torre, significó el impulso para luchar por un propósito común: tener agua potable en el barrio.

Al inicio, en los ochenta, cuando solo existían cuatro casas en tabla, debían recoger el agua en una quebrada, para luego llevarla en botellas y baldes por la loma que llega al barrio. A medida que se fue poblando, los mismos vecinos construyeron camino, «canoas» para transportarla y un tanque que dio como resultado el acueducto comunitario.

María recuerda el primer día que, luego de doce años, gracias a la unión de los vecinos en reuniones, caminatas y encuentro con concejales, llegó el agua potable a los hogares de este barrio ubicado en lo más alto de la Comuna 8 de Medellín.

María Elvia sabe que cumplió con la promesa de trabajar por aquellos que la llaman líder. Hoy, su mayor orgullo es ver su casa, la que un día fue de tabla, construida con material, en Altos de la Torre, un barrio que se levantó con el esfuerzo y el compromiso de sus habitantes.

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Podemos confiar… en que la unión hace la fuerza.

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