Podemos confiar en el campo

Es un mito. No todos los jóvenes que crecieron en la ruralidad quieren abandonar sus veredas para probar suerte en la ciudad. Algunos, como Santiago, deciden formarse para trabajar en el campo. Una historia donde la confianza y las oportunidades no encuentran límites.

 

La mesa de Faber Marín Gallo siempre está lista. No es una mesa grande de esas que aparecen en las telenovelas y en las películas. Tampoco tiene 12 sillas y cubiertos de plata. Es una mesa pequeña. Una mesa campesina que pareciera tener alma y personalidad, que siempre está dispuesta a dar.

Algunos de los alimentos que se sirven en esta mesa, que también regala conversaciones y aprendizajes sobre el campo, son cultivados por las manos de este hombre y de su hijo Santiago. Ambos nacieron en San Vicente, recibieron educación en una vereda de este municipio y, juntos, decidieron invertir en otras mesas, la más hermosa de las metáforas que salen de la boca de Faber para decir que le apuesta al agro colombiano.

Las hojas verdes y cafés que se iluminan con la llegada del sol anuncian la presencia de uno de los cultivos que más quieren padre e hijo, el de los aguacates. Ese mismo que hoy es su sustento familiar y el de tres familias más que trabajan en el vivero que este hombre labra en familia.

Lo hace con la consciencia de un campesino que sabe que de su trabajo depende la alimentación de muchas familias colombianas. También con la técnica y el profesionalismo de un tecnólogo en producción agropecuaria que, siendo muy joven, decidió que no se iría de la finca.

Hoy su hijo Santiago, de 16 años, sigue sus pasos. En 2019 se graduó de la Institución Educativa Corrientes, la misma en la que estudió su padre. Fue uno de los mejores Icfes del municipio y, con la confianza de quien teje un propósito en la vida, se presentó a la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín, donde logró un cupo para ser estudiante de ingeniería agronómica. Tuvo claro desde muy joven que seguiría los pasos de su padre; no obstante, no fueron pocas las voces que escuchó decir: «Es mejor que estudies otra cosa». «Te va mejor si haces unos cursos de inglés». «¿Por qué mejor no te presentas a una carrera que te pueda dar más dinero?». No desistió.

Santiago les lleva algo de ventaja a sus compañeros. Creció en una finca viendo el trabajo dedicado de su padre y de su abuelo. Construyó sus sueños confiando en que cada puño de tierra que ellos tomaban entre sus manos eran oportunidades con las cuales estaban erigiendo su futuro. Vio crecer cientos de frutos, granos y verduras, creció confiando en el poder transformador de la tierra y las oportunidades de la Antioquia rural.

«Le apostamos al campo porque somos del campo, crecimos en el campo y estamos trabajando en el campo», dicen padre e hijo. Ellos saben que a veces no es fácil y que podrían existir mejores oportunidades de desarrollo para los campesinos. Aún así confían en el momento en el que los gobiernos comprendan que del trabajo de los agricultores depende la vida humana. «Queremos seguir llenando las mesas de alimentos, de vida».

En la mesa de Faber, cada día y cada noche, se hacen cuentas y se proyectan sueños. Todos tienen que ver con la tierra. Todos tienen que ver con el futuro. A todos los acoge, con su manto protector, la confianza de que todo será mejor.

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Podemos confiar…  En la fertilidad de nuestro campo.

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¿Cómo sería tu vida si decidieras quedarte o regresar al campo?

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