Nuestro camino hacia el silencio

ilustración david escobar Revista Comfama

«Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No es el ruido externo lo que nos aturde; es el grito de las pasiones. No es aislarse; es desprenderse; el silencio no es un don sino un fruto difícil. Este silencio físico es apenas un medio para acallar la propia algarabía». 

Fernando González O. 

 

¿Qué está haciendoDavid Escobar?, dijo la profesora de Sociales. Se acercó a mi puesto en una actitud amenazante, levantó el saco verde oscuro que cubría la tabla superior de mi pupitre de niño de segundo de primaria con un gesto casi teatral. ¿Qué es esto?, sub la voz. ¡Si ustedes lo hubieran visto!, era una obra de arte. Me había pasado casi dos meses tallando la madera de la mesa con la cuchilla del sacapuntas y con una navaja que saqué a escondidas de un cajón del clóset de mi papá. Figuritas humanas, arabescos y formas geométricas, edificioscasas, bosques y animales. Había logrado componer un pequeño mundo, para mí, una buena obra artística de talla en madera y la única forma conocida para pasar sentado cuatro horas sin poner problema, sin inventarme una ida al baño, sin leer a escondidas un libro de Julio Verne, sin pararme y recostarme en la pared o sentarme en el suelo hasta que una voz autoritaria me regañara.  

 Mi corta carrera en el arte de darle vida a la madera fue una huida de mí mismo, tal vez por eso no duró. Comenzó porque no era capaz de quedarme quieto, ni de «guardar silencio» más de 15 minutos, para mí era insoportable encontrarme conmigo mismo. Hasta que comencé a rayar la tabla con un Kilométrico y sus fibras empezaron a ceder y permitirme darle forma. Rápidamente improvisé un destornillador para sacarle la cuchilla al sacapuntas y ahí comenzó todo… Pero el arte o el juego no logran por sí solos llenar los vacíos y los miedos más profundos. Esos debemos trabajarlos nosotros mismos. El niño que fui no podía estar solo, no podía estar quieto, y tampoco sabía de las maravillas y secretos que lo esperaban más allá del ruido.  

 Aunque en la infancia me salvó la capacidad educadora de mi mamá, que me hizo un adulto funcional (relativamente, dirían algunos de mis amigos) y permitió que avanzara en mis estudios y mi vida profesional, debo confesar que apenas hace un par de años, gracias a mi enamorada, una mujer espiritual, exploradora y maestra nata, he comenzado un viaje, un proceso lento y simple, por el mundo de la meditación, de la respiración consciente, del silencio y la quietudHasta hace poco me parecía intolerable estar solo a no ser que fuera leyendo, el silencio se me hacía una carga. La televisión o la música clásica a alto volumen llenaban cualquier intento de vacío. Apenas ahora, después de cumplir 40 años, he comenzado a disfrutar la soledad 

 No soy un meditador, solo sé que me siento y respiro pausadamenteA veces me dejo guiar por grabaciones que encuentro por ahí, otros días repito el misterioso mantra om o, eventualmente, solo inspiro contando 1, 2, 3, 4, 5… luego exhalo contando de nuevo 1, 2, 3, 4, 5. El silencio y la quietud cada día me duelen menoshoy me sacuden con menor frecuencia mis pensamientos en esos 15 o 20 minutos de silencio y soledad absoluta de cada mañana. Siento que ese oasis gratuito, personal, me fortalece. Como lo escribió el sacerdote católico español Pablo Ors, «Para fortalecer mi convicción y apuntalar mi voluntad, me centré en lo que estimé que era más determinante: el silencio».  

 Estamos pasando unos tiempos difíciles para todos, en diferentes medidas y dimensiones. Nadie vive hoy igual que hace tres meses. Las medidas de aislamiento han traído consecuencias extremas económicas y sociales en familias, barrios y ciudades enteras. Todos hemos sido obligados a alguna forma de soledad y nos hemos encontrado de sopetón con el silencioLos hogares unipersonales, por ejemplo, han tenido una soledad casi absoluta desde lo físico. El resto, aun compartiendo espacios, ha tenido más silencios y vacíos que nunca, ante la ausencia de la vida social habitual.  La soledad, o más bien el dolor que esta genera en las personas, ha afectado la salud mental y emocional de millones en el mundo. Pero ¿será que la única solución a la soledad son las aglomeraciones de gente y el ruido?, ¿será que la respuesta al vacío son las compras compulsivas, el alcohol y la rumba? ¿Habrá algo más allá, o, mejor dicho, más acá, adentro? 

 Ustedes se preguntarán qué tiene que ver esta reflexión con la historia personal que comparto al comienzo de este editorial. ¿Qué tiene que ver un niño hiperactivo al que regañan en la casa y en el colegio con una sociedad confinada para poder proteger la salud y la vida de miles de personas? Mi hipótesis es que los antioqueños precovid19 nos parecemos a ese niño. Más vida exterior que interior, miedo al silencio, imposibilidad de quedarnos quietos, dificultad de estar solos, la capacidad de concentración de Dori (el personaje de buscando a Nemo)el deseo de experiencias sensoriales permanentes, el afán de los que no saben para dónde van, el mismo de los hombres grises de Momoaquel bellísimo libro de Michael Ende.  

 Estamos ante un reto grandísimoCon tantos cambios de vida y tanta incertidumbre, el miedo puede llegar a poseernos ¿Pero qué medicamento hay contra el miedo, qué vacuna contra el vacío del alma? ¿Habrá una bendición oculta detrás del aislamiento? Con estpregunta queremos propiciar la reflexión y el diálogo sobre el silencio, ese regalo de la más pura soledad, el de la meditación que llena, como antídoto a la sensación de abandono que drena, deprime y enferma.  

 Por eso los invitamos a leer esta Revista dedicada al silencio, que cuenta historias de empresas y familias, en la ciudad y en el campo, de esa experiencia humana única que es la soledad, sin importar si es escogida, impuesta o encontrada a la vuelta de una esquina de la vida. Explorarla puede ser el mayor regalo que una persona se da a sí misma, como escribió Simone Weil: «El deseo de luz produce luz» 

 Si somos capaces de no caer en los abismos de nuestras sombras, de no ceder ante el pesimismo, encontraremos que primero hay que aceptarnos para poder aceptar al mundo en su contradicción y en sus tragedias. Primero hay que aprender a estar solo para poder ir al mundo con toda la fuerza. En la más simple meditación, llámenla como quieran, en la oración, el silencio, la respiración que nos mece y nos aquieta, quizá allí encontremos ese bálsamo que fue aquel hermoso aguacero de verano de nuestra infancia, esa sensación de cuando el papá nos ponía encima las sábanas frescas de la cama, ese suspiro sonriente luego del abrazo de la mamá la noche de las pesadillas. Y, por qué no, tal vez una conexión más profunda, espiritual, sorpresiva, cálida y firme, la unidad, el abrazo del universo, la infinita posibilidad.  

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«Silencio. ¡Cuán bello el silencio! Pero hay que aquietar este mundo interior. Hay muchos que gritan ahí dentro. El silencio es una conquista. No...
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