«Ni tanto que queme al santo ni tan poquito que no lo lo alumbre»

El foco de nuestra atención cambia permanentemente en cada proceso que realizamos. Un relato donde la perspectiva y el detalle son claves para hallar el punto medio.

 

Por: Julián Posada

Me gustaría hacer una breve introducción para ilustrar la situación que me interesa.

Mi historia se remonta a la Edad Media, cuando en el arte no existía la perspectiva, y la importancia y tamaño del personaje en la obra eran determinados por su ideología (los seres divinos, los caballeros y los reyes generalmente eran más grandes que las demás figuras), la escala la determinaba el poder.

Más tarde, en el Renacimiento, dios deja de ser el centro del universo y el hombre se convierte en eje de la representación. Filippo Brunelleschi, destacado arquitecto, desarrolló la teoría científica de la perspectiva que en principio resultó más útil a los artistas para hacer representaciones veraces de la realidad; este artilugio permitió a los creadores, por medio de un punto de fuga que ubicaban muchas veces en el centro de la obra, trazar unas líneas imaginarias y crear la sensación de profundidad. En ese plano imaginario ubicaban, y aún lo hacen, hombres, animales y dioses, unos y otros aumentan o disminuyen de tamaño en razón a su disposición en el plano y sobre cada uno de los ejes que convergen a ese punto imaginario.

A partir de ello es el artista a través de la composición y el color el que decide a qué da importancia y en qué elemento del cuadro habrá de fijar el espectador la mirada, es él quién decide a dónde va nuestra atención.

Muchos años después, la aparición de la fotografía hace que la representación pase de la naturaleza y de los paisajes exteriores a la ciudad. El desafío del fotógrafo o del artista va más allá de la capacidad de reproducir la realidad, su reto es que esa manera en la que compone la imagen nos permita leer y entender la realidad de otra forma.

Cuando escribo semana a semana la columna a la que amablemente me invitó El Colombiano, hago un esquema mental, redacto una primera versión pasada la media noche, la dejo descansar mientras reviso columnas de opinión y diversas noticias globales y regionales.

Vuelvo a ella, la releo para entender (a veces lo logro, muchas no) en qué he puesto el énfasis y si el enfoque de la historia es pertinente. Recuerdo que soy el responsable de la atención en este proceso: elijo lo que digo y también lo que quiero que los demás recuerden luego de leerme…

Vuelvo, reviso el lenguaje, la puntuación, la leo en voz alta. Me pregunto si tiene ritmo, si los elementos que la componen estructuran una mirada lo suficientemente crítica con elementos veraces. Corto, pulo, cambio cosas, la dejo descansar, reposo un rato y leo de nuevo después del desayuno, a veces consulto a otros, casi siempre envío y confío en los editores.

He aprendido a soltar ideas, a no aferrarme a algunos argumentos, descubro con cada lectura fragmentos que pueden reorientar mi encuadre.

Una vez publicada es el error el que llama mi atención y era justamente ahí donde no quería caer. El foco cambia en cada etapa del proceso… uno debería ser capaz de decir y aprender que: «ni tanto que queme al santo ni tan poquito que no lo alumbre».

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Poner atención es poder elegir… A qué le damos más o menos importancia.

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¿A qué ideas y argumentos te aferras? ¿Cuáles podrías soltar?

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