Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde

¿Alguna vez has pensado en la posibilidad de perder todo lo que tienes?, ¿familia, estabilidad, salud y trabajo? Juan Betancur estuvo a punto de perderlo todo, incluso su vida.

 

Juan era un joven estudioso y deportista. Debido a una crisis económica familiar no pudo ingresar a la universidad, por eso, comenzó a trabajar desde los quince años. Emprendió una exitosa trayectoria laboral. En tan solo un año logró comprar un auto nuevo y alcanzar una estabilidad económica que pocas personas a su edad podían darse el lujo de disfrutar.

Enamorado de la vida y de las mujeres, nunca le faltó compañía. A sus veinte años invitó a una joven a un estadero en Santa Elena y ese día, sin antes haber probado el alcohol, Juan pidió una bebida alcohólica. Solo tomó un trago, consciente de que debía llevar de regreso a su acompañante y madrugar al día siguiente.

Ya en los años ochenta el narcotráfico se apoderaba del país, incluido su barrio El Salvador. Por aquella época, Juan tenía un supermercado al que amigos y conocidos llevaban sustancias ilícitas para pesarlas y como «regalo», le daban una pequeña parte de la mercancía. Fue ese el primer acercamiento que tuvo él con las drogas, fue así como probó la cocaína.

A ese instante Juan lo define como el comienzo de su infierno. En el día trabajaba y en la noche se iba de fiesta. Llegaba a casa a las seis de la mañana, se bañaba, se organizaba y salía a trabajar. Los excesos y la falta de sueño poco a poco le pasaron factura.

Las lagunas mentales hicieron presencia. Cuando salía perdía la memoria, no llegaba a casa, no iba a trabajar y manejaba borracho. A pesar de que buscó ayuda especializada, no encontró alivio.

Equivocado, Juan pensó que el ciclismo, el trabajo o incluso el amor, podrían rescatarlo de aquel abismo. A los 26 años se casó con María Eugenia, la mujer de sus sueños pero, lejos de una boda de cuento de hadas, Juan se casó borracho, obligó al cura a confesarlo a pesar de su estado y vivió una luna de miel sumido en el alcohol.

Luego nacieron sus hijos, Daniel y María Camila, era una nueva oportunidad para retomar el control de su vida. Durante los primeros meses logró mantenerse sobrio, sin embargo, regresó a su antigua vida.

Entre lágrimas, Juan recuerda la que fue su última borrachera cuando tenía 33 años. Cierto día, Julio, un compañero de ciclismo, lo invitó a tomar unos tragos junto a otros dos amigos. La mujer de Juan fue a buscarlo a ese bar en compañía de sus hijos, suplicándole regresar a casa con ellos, pero él se negó rotundamente.

Luego de mezclar ese día licor con cocaína, saliendo del bar y en medio de su sobredosis, decidió tomar las llaves del auto y manejar en compañía de uno de sus amigos. Terminó estrellando el carro contra un muro, los recogieron a él y a su compañero y los llevaron al hospital.

Tres días después del accidente, Juan recobró el sentido. El miedo a perder a su familia y la falta de control sobre sí mismo, desencadenaron en él una profunda depresión. Su esposa ya le había dado un ultimátum anteriormente, le dijo que no iba más, que si no aceptaba ayuda ella se iría, al fin y al cabo, podía hacerse cargo del hogar por sí sola.

Juan recuerda que en el pasado no temía perder a su mujer. Si bien siempre la ha amado, en medio de su alcoholismo, pensaba que nunca le faltaría compañía como en sus años de juventud, sin embargo, ese pensamiento pronto cambió.

«Esa era la tristeza, esa era la melancolía, la angustia, el dolor. Que todo lo que había construido con tanto esfuerzo y dedicación, cómo, en una borrachera, se perdía. Ahí entré en esas depresiones. Uno quiere salir adelante y no volverlo a hacer, pero ante esa enfermedad volvía y caía. Como el diabético que sabe que el azúcar lo mata, pero el cuerpo se lo pide».

Al ver que su esposo no podía salir solo de su adicción, como último intento, María Eugenia le dijo que había alguien dispuesto a ayudarlo, que debía conversar con él. Esa persona era Guillermo, un vendedor de seguros que vivió circunstancias similares a las que él estaba afrontando. El accidente y la conversación con Guillermo detonaron un cambio en Juan. Al sentirse identificado y ver cómo era posible salir de ahí, decidió retomar el control y comenzar un nuevo capítulo.

Desde aquel día no volvió a consumir nada que lo alejara de su realidad, comenzó a reconstruir su vida, enamoró nuevamente a su esposa, regresó a trabajar e incluso, comenzó a estudiar. A sus cincuenta años Juan se preparó para ser terapeuta en adicciones, motivado en ayudar a otros. Los escucha sin juzgarlos y los acompaña a escapar de ese infierno que él habitó por varios años.

Hoy Juan, con 63 años, lleva 30 sobrio, asegura que vive a plenitud, ama su trabajo, su familia y es consciente de lo que vivió, agradeciendo las oportunidades que la vida le ha dado. En lugar de añorar su pasado disfruta al máximo su presente, bajo la premisa de que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde.

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Agradecer… para reconocer el valor de cada una de las personas que nos rodean.

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¿Cómo te sentirías si, en un instante, perdieras a todas las personas que amas?

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