Mitos y ritos: maneras de asumir qué pasa cuando dejamos de vivir

Mitos y ritos
La visión de la muerte de nuestra cultura no es la única que existe. En el inconsciente colectivo de la humanidad hay millones de relatos que tratan de explicarla. Acercarnos a ellas puede ampliar nuestra mirada sobre este tema.

Cada cultura y religión ha tratado de explicar la muerte acudiendo a mitos que narran qué pasa cuando dejamos de respirar y nos vamos de este mundo. Los mitos son acontecimientos en los que participaron dioses o seres sobrenaturales que explican los asuntos más importantes de la cultura y le dan sentido a lo humano.  El mito relata historias sagradas que tuvieron lugar en el tiempo del origen y su función principal es la de revelar cómo puede ser el rito, es decir, en los ritos buscamos y nos acercamos a los mitos.

En los mitos, además de narrar las historias de los dioses, también se le da sentido a los acontecimientos humanos. Para las comunidades indígenas lo que no esté en sus mitos es difícil de comprender y de explicar, de allí que el mundo mítico esté abierto a nuevos relatos que expliquen las transformaciones del mundo. Los mitos no son historias excéntricas de dioses sino profundas conexiones de comprensión del mundo.

Un ejemplo dentro del cristianismo es el mito de crucifixión y muerte de Jesús. El rito que actualiza el mito es la eucaristía, en donde se come el cuerpo y se bebe la sangre de Cristo como un intento de acercarse al sacrificio y fuerza sobrenatural del dios. El cristianismo le ha enseñado a Occidente que lo que nos espera después de la muerte dependerá de nuestras acciones en vida. Si somos “buenos” iremos al cielo a estar con Dios, de lo contrario, iremos al purgatorio o al infierno. ¿Será así en otras culturas? La respuesta es que el inconsciente colectivo de la humanidad es suficientemente diverso como para que la visión de una religión sea la única posible.

En la mitología azteca

¿Cuáles son los mitos fundacionales para comprender la muerte en esta cultura? y ¿cuáles eran los lugares a los que se iba después de morir?  Para los aztecas, todo cuanto existía se hallaba integrado esencialmente en un universo sagrado, sus ritos y creencias religiosas, especialmente en lo que respecta a su famoso culto a los muertos, así lo evidencian. El antropólogo Eduardo Matos Moctezuma en su libro, Muerte a filo de obsidiana, explora los imaginarios de los aztecas en relación con la muerte. Para ellos, la vida y la muerte eran dos aspectos de una misma realidad, desde la época arcaica de los alfareros de Tlatilco, modelaron una cara doble, mitad viva, mitad esqueleto. Tal vez ningún pueblo histórico ha estado tan obsesionado como el mexicano con la presencia de la formidable muerte.

Hay un mito de origen sobre el dios más relevante del panteón prehispánico, Quetzalcóatl, también conocido como la serpiente emplumada. En él, este le da vida al hombre. Después de crear la tierra, los dioses se preguntaron quién la habitaría. Quetzalcóatl va al infierno (Mictlan) a buscar los huesos del hombre y los huesos de la mujer, en su intento cae a un hoyo y muere esparciendo los preciosos huesos por el suelo, luego sangra sobre los huesos y nacen los humanos, los vasallos de los dioses.

De la sangre sobre los huesos brotó la vida.  Esta cosmovisión de la muerte será fundamental para entender el mundo sacrificial de los aztecas. Para ellos, la muerte y el sacrificio como ritos actualizan el mito de Quetzalcóatl, es decir, la muerte da vida. Así mismo, es el mito de Nanahuatzin que se autosacrifica para que rejuvenezca el sol, la principal deidad de los aztecas. De allí que podamos plantear que cuando ellos, en plena expansión de su imperio, tomaban a otros guerreros prisioneros y los sacrificaban, estaban convencidos de que era para dar vida y que al sacrificado lo esperaba un alto honor.

Luego de explorar brevemente los mitos de muerte de esta cultura que explica su enorme predilección por el sacrificio, porque la sangre trae vida, podemos abordar la siguiente pregunta: ¿cuáles eran los lugares a los que se iba después de morir? La respuesta dista bastante de lo que nos ha enseñado la moral cristiana y de lo que estamos acostumbrados, cuando pensamos que el más allá es una consecuencia de nuestras buenas o malas acciones en vida.

Para los aztecas el más allá dependía no de nuestras acciones morales o de si fuimos o no buenas personas, sino del modo de morir. Había tres lugares en el más allá. Los que morían sobre el campo de batalla o en sacrificio y conmemoraban a Quetzalcóatl, acompañaban al sol, convirtiéndose en aves de bello plumaje, probablemente, un quetzal. Esta es la llamada muerte a filo de obsidiana, la más deseada en el mundo azteca. Las almas de los que morían ahogados, calcinados por un rayo, de tumores, abscesos, de llagas o de lepra, iban a Tlalocan, residencia del dios Tlaloc, en donde en un fresco verano, no faltarían los deliciosos alimentos y frutos. Los que morían de muerte natural, no importaba que fueran reyes o nobles, irían al Mictlan, una especie de infierno con grandes estepas de oscuridad y frío, un lugar en donde se desaparecía para siempre, sin memoria. Es decir, quienes morían de muerte natural los esperaba la peor versión del más allá.

Asomarnos y explorar a otros mitos y a otras cosmovisiones culturales nos ensancha la visión del mundo y nos muestra que frente a nuestra única realidad, la muerte, puede haber muchas interpretaciones. Los aztecas también nos enseñan a comprender la relevancia del final en sus herederos mexicanos, otros maestros de la muerte.

 

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La visión de la muerte de nuestra cultura no es la única que existe. En el inconsciente colectivo de la humanidad hay millones de relatos que tratan de explicarla. Acercarnos a ellas puede ampliar nuestra mirada sobre este tema.
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