Más allá de las toallas

Ilustración: @SoyPirata

Sara Bedoya tiene 28 años, hace 6 años encontró en la copa menstrual una oportunidad para ser más consciente de su cuerpo, su ciclo y del medio ambiente.

 

La primera vez que me vino la menstruación estaba en la finca de mi familia. Tenía 11 años y no tenía nada preparado para ello. Me tocó parar el juego en el que estaba y quedarme sentadita, quieta y llorando con mi mamá mientras mi papá iba al pueblo más cercano para comprar algo.

Mi papá no supo qué comprarme, así que me llevó un paquete de cada tipo de toalla que había en la tienda. ¡Qué encartada! Yo tampoco sabía por qué había tantos, pero no tenía de otra: cogí cualquiera y ensayé.

La destapé. Le quité los papelitos de las ‘alas’ para que la “peguita” se ajustara al panti, pero no sabía cuál era la parte que debía ir hacia adelante y cuál hacia atrás. Yo creo que me la puse bien, pero ¡qué incomodidad!, además, ¡qué intranquilidad!, todo el tiempo creí que se me iba a “salir” la sangre por los lados.

Ensayé con muchas buscando cuál se ajustaba mejor a mí.

Probé los tampones, necesitaba encontrar algo más cómodo y “sutil”, en especial porque ya era la época de los 15’s de las amigas y los paseos a fincas y en ocasiones esos eventos se daban en plenos días de menstruación. Los tampones no fueron la mejor decisión: no fue fácil ponerlo ni a la primera ni a la segunda ni a la tercera vez. Aún no era consciente de mi cuerpo, no lo conocía bien.

Cuando tenía 22 años, escuché hablar de la copa menstrual. ¿Qué era eso? ¿Cómo se usaba? ¿Servía? ¿Dolería ponérsela como cuando me puse un tampón? Precisamente estaba en un momento de vida en el que quería entender muchas cosas de mi cuerpo y conectarme más con mi ciclo, decidí probar.

La primera copa se la compré a una chica de la universidad que tenía un emprendimiento apenas incipiente en esa época. No se hablaba de ella, no existían muchas opciones y menos información. Resultado: no me gustó.

La primera vez que la usé no fue para nada chévere. ¡Nunca había tocado mi cuerpo ni mi sangre! Con la copa debía aprenderlo y untarme los dedos de sangre sin escrúpulos.

Logré introducirla, el problema fue cuando debía sacarla: ¡en qué me había metido y qué me había metido! Fue incómodo, creí que iba a protagonizar una de esas películas sangrientas de terror. Investigué y encontré que había comprado una talla que no era la mía. Contacté a una vendedora que me guiara más, me contara más de su experiencia y no se limitara a una simple transacción comercial.

¡Qué gran cambio! Por supuesto, desde ese momento mi relación con mi ciclo fue más tranquila los primeros días me demoraba mucho ponerla y quitarla, pero me adapté y ya no sentía ni dolor, ni incomodidad. También me sorprendí cuando entendí que la sangre no tenía olor, ¡son los químicos de las toallas!

Hoy soy más libre con mi cuerpo e inclusive, en ocasiones, olvido que tengo la menstruación, y por supuesto, también pienso que con este cambio evito generar desechos no biodegradables y cuido al planeta.

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Sara Bedoya tiene 28 años, hace 6 años encontró en la copa menstrual una oportunidad para ser más consciente de su cuerpo, su ciclo...
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