Las mejores preguntas

ilustración david escobar Revista Comfama

¡Usted me está sacando el corazón con la mano, me lo está mostrando y tiene el descaro de preguntar qué pienso y qué siento!, gritó el hombre de corbata. Si está doliendo, vamos bien, respondió, impasible, el consultor. Las decisiones difíciles son las importantes, remató. En su rostro se insinuaba la sonrisa maliciosa de quien ve más allá de la emoción y comprende la oportunidad de crecimiento que subyace tras el malestar temporal. Su rostro sonreía sin que su boca se moviera, con ese placer del maestro que sabe que sin emoción no hay aprendizaje.

La conversación de esa tarde fue, sin dudas, un temblor de tierra transformador para aquella organización, un nuevo nacimiento, como los mejores ejercicios de estrategia empresarial. El dolor de ese hombre expresaba la tensión general, solo que él tuvo el valor para ponerlo gráficamente de una manera tan cruda y necesaria. Recuerdo que esa expresión suya me jalonó, como un torbellino, a participar de una conversación en la que había estado relativamente pasivo, escuchando sin mucha atención. La pregunta difícil, la identitaria, la que cuestiona el pasado y sacude el presente, es la mejor de todas, porque provoca reflexión, permite escogencias y sugiere renuncias. Tal vez por eso la palabra decisión significa, etimológicamente, separar cortando.

Se me viene a la memoria, para reforzar esta anécdota empresarial, una historia más conocida, la de Saulo de Tarso o San Pablo. Las autoridades judías le habían ordenado perseguir a los cristianos de Damasco y, en el camino, un resplandor proveniente del cielo le hizo caer del caballo dejándolo ciego, mientras él y los que iban con él oían una voz que decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?». Con todo respeto por la tradición, me atrevo a decir que, más allá del rayo de luz, la ceguera y la caída del caballo, lo importante fue, realmente, la pregunta que cuestionaba su trabajo, su supuesta vocación, su mismísima identidad. Esta pregunta, de hecho, para completar la historia, cambiaría de manera definitiva el rumbo de la vida de San Pablo y de una gran parte de la humanidad.

Personas, organizaciones o sociedades pueden dar virajes extraordinarios, «caerse del caballo» y ver otra realidad gracias a una buena pregunta. El dolor o la incomodidad son un mensaje, no un castigo, así que es mejor escucharlo y no escaparnos, porque, de repente, nos estaríamos escapando del saber. El miedo que producen las buenas preguntas, las más desafiantes, es una emoción productiva, que se da al mirar un nuevo y desconocido camino, al sentir en la piel la sensación del inicio de un gran viaje.

Sin embargo, casi siempre la tradición desalienta las preguntas, muchas veces los sesgos inconscientes no nos dejan verlas y en otros casos, las preguntas que hacemos son destructivas y no productivas. «La pregunta es la más poderosa herramienta de aprendizaje», repetía un profesor de mis años escolares. Por eso es crucial celebrar las preguntas del niño en la casa y del colega en la empresa, jugar con ellas y entender que son las mejores amigas del aprendizaje. Debemos abrazarlas cuando aparecen, tratarlas con cariño y entender que, hasta las más dolorosas, engendran un valor incalculable.

Hay algunas preguntas, además, que son imprescindibles, son normalmente las más difíciles e incómodas, las que nos cuestionan a fondo. «Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución», decía Jorge Wagensberg. Si somos capaces de cuestionarnos de tal manera que sintamos que nuestro corazón está fuera del cuerpo y lo tenemos latiendo frente a nuestros ojos, probablemente estemos afrontando un momento crucial de nuestra vida.

¿Cómo salvamos el planeta de la devastación ambiental? ¿Cómo deben ser las empresas del futuro, las conscientes y compasivas? ¿Cómo afronto un momento como estos? ¿Cómo sería el mundo sin instituciones, sin democracia y sin confianza? ¿Qué tenemos que transformar para prosperar en la era pos-COVID-19? ¿Cómo asumo mi frágil humanidad sin dejarme vencer por la dificultad? ¿Cuáles son las cosas realmente importantes? ¿Cómo hago para cuidar a los demás, si tengo suficientes problemas?

Por eso hacemos nuestra revista de este mes sobre las preguntas más duras, las más necesarias y urgentes. No podemos decir que todo va a estar bien, así, sin más. Mejor sugerimos que las cosas pueden y deben estar mejor si nos sacudimos, nos unimos y construimos juntos. En estos días llenos de desafíos locales, nacionales y globales, en política, pobreza, economía y medio ambiente, rodeados por asuntos urgentes que demandan adaptaciones superiores y transformaciones evolutivas, queremos promover preguntas que abran conversaciones.

Detrás de cada interrogante está, muchas veces, la verdad; al interior de la duda se esconde, invariablemente, la posibilidad. El verso de Neruda que saluda este texto lo dice bellamente. Ese lamento de tener unas palabras débiles, que «clavan apenas como agujas», pero debieran «desgarrar como arados» –olvidemos las espadas–, nos anima e inspira a publicar estos textos. ¿Qué tal si nos empezamos a formular preguntas que desgarren? Preguntas que abran un espacio en nuestro corazón y nuestra mente, un vacío en el que más tarde prosperará la semilla que un día se convertirá en nuestros mejores frutos.

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¡Usted me está sacando el corazón con la mano, me lo está mostrando y tiene el descaro de preguntar qué pienso y qué siento!,...
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