La oportunidad habita tras la dificultad

La oportunidad habita tras la dificultad

La historia de Coservicios tuvo muchos altibajos, tantos que, a cuatro años de ser fundada por el Grupo Mundial, iba a ser liquidada.

Fue en ese momento cuando apareció en escena Rodrigo Villa, un ingeniero electricista, que decidió, en contra de sus amigos y familiares, seguir su intuición, y creer que en Medellín sí era posible fabricar ascensores y que más que eso, se podía ser competitivo.

Creerle a su intuición supuso un costo inmediato y fue salirse de una de las empresas de ingeniería eléctrica más importantes de Medellín, en la que gerenciaba y era el dueño de la tercera parte.

Su nuevo proyecto en efecto solo daba pérdidas y tenía problemas en aspectos clave como el mercadeo, la instalación y el mantenimiento de los equipos. Había que recomponer el rumbo de un barco que se dirigía de frente hacia un banco de rocas. Sería inevitable esforzarse.

El escritor Mark Twain decía que “un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa”, esto aplicaba para el caso de Coservicios. Ante sus retos la salida “fácil” hubiese sido continuar importando la totalidad de los insumos. Esa era una apuesta a corto plazo. Pero Rodrigo insatisfecho con su realidad, decidió empezar a crear el futuro, su primera decisión fue fundar el departamento de innovación y desarrollo, jugársela por el talento y el potencial de la ingeniería local.

Creer en el talento propio trajo infinidad de retos. A veces los procesos parecían llegar a callejones sin salida. La respuesta a esos instantes de tensión siempre fue la misma: confiar, estimular al otro, darle la libertad de experimentar, asumir que los errores eran naturales y que a cada cosa que se hacía, era obligatorio añadirle valor agregado: ser distinto.

Desde que el equipo asumió su primer desafío: construir un control electrónico, con esfuerzo y en solo cinco años habían dado un salto exponencial, ya eran capaces de fabricar el 80% de los componentes de un ascensor, pero además de eso, conocían cada parte a la perfección, sabían cómo venderlos, y cuando era el caso, podían repararlos.

Los problemas que había presentado la compañía en su nacimiento parecían resueltos. De hecho, empezó una fase de ascenso que la llevó a celebrar acuerdos con empresas extranjeras para exportar ascensores, además de estar en la capacidad de competir de tú a tú con distintas multinacionales. Fue así como exportaron ascensores a China, Kuwait, Arabia Saudita, Centro América, Argentina, Venezuela y Ecuador, mediante acuerdos con compañías americanas y japonesas.

Todo tiene su final, dicen los abuelos, y cada momento de gloria conllevó momentos de dificultad, hubo crisis cada vez que uno de esos acuerdos llegó a su fin.

Coservicios y Rodrigo siempre supieron levantarse, parecían una pareja inseparable, que afrontó una inminente ruptura cuando se asociaron con el grupo Schindler. En ese momento y por situaciones administrativas, la planta de producción, que con tanto esfuerzo se había construido durante décadas, perdió casi todo su valor comercial. La salida fácil nuevamente estaba clara: liquidar la empresa. 55 años después la historia se repetía y la reacción de Rodrigo estaba lejos de cambiar: eligió comprar la compañía, reinventarla y de paso reinventarse con ella.

De fabricar ascensores, Coservicios pasó a desarrollar tecnologías de energía solar, fabricación de tableros de media y baja tensión con la marca Imelec y atracciones mecánicas para niños. Cada día experimentando, asumiendo la incertidumbre y manteniendo la premisa fundamental de añadir valor agregado. Y es que, ante los retos, se persiste, se insiste y nunca se desiste.

¿Vale la pena apostarle a lo que parece imposible?

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