La fiesta de la común-unión

Paulina viajó a India persiguiendo una pregunta. ¿Dios existe? Encontró su respuesta en medio de una danza religiosa.

 

Paulina estaba en India. En Vrindavan, específicamente, la localidad en la que se cree que Krishna, una de las deidades más veneradas del hinduismo y, por supuesto, del krishnaismo, pasó su niñez y juventud.

En ese suelo Paulina decidió quitarse sus zapatos y medias sin escrúpulos. Sabía que descalzarse, física y simbólicamente, era un acto de humildad y apertura para entrar al templo Balaram Mandir, lugar dedicado a las deidades de Krishna y Balrama.

Cuando ingresó vio a un grupo de mujeres que bailaban en medio del kirtan, una práctica para meditar a través del canto. Tomaron a Paulina de la mano, pero ella temió unirse al baile por miedo a irrespetar una tradición que desconocía. Sin embargo, las mujeres comenzaron a rodearla en círculo, a cantarle a invitarla a que se uniera al ritual.

Se dejó llevar por la fiesta, se entregó al baile, se despojó de esas creencias que la limitaban, sintió la música, no era necesario hablar un idioma común, ni parecerse. En la fiesta todas eran iguales, estaban conectadas por su humanidad.

Fueron tres horas de danza compartida. En medio del éxtasis del vibrar de los tambores, los cuencos, las flautas, los pasos y las voces vio lo que buscaba: habitaba en esas mujeres con las que bailaba, en la música, en una vaca que pasó frente al templo, en los árboles y en las montañas.

Por su mente transitaron, uno tras otro, cada rostro y paisaje observado durante su vida. En cada una de esas imágenes también estaba ese Dios que ella buscaba. Podía llamarse Jesús, Krishna, Shiva o Pachamama. Esa fiesta que compartía con las mujeres que bailaban fue una suerte de revelación, que la dejó entender que lo divino se manifestaba en cada átomo de cada forma de vida.

Llegó la noche y se despidió de esas maestras y mensajeras con las que compartió sin mediar palabras con significados comunes. Aunque sus pies estaban sucios, negros, llenos de pétalos, pelos, ampollas, polvo y tierra, su corazón estaba limpio, empapado de una unidad sagrada, que apenas reconocía.

Para no olvidar el momento y atesorar el recuerdo, Paulina tomó un pedazo de servilleta, allí solo pudo escribir: comunión, común-unión.

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