La familia: el primer escenario para las razones y las perspectivas

La familia
Familia Córdoba Mejía.
¿Cómo manejamos los desacuerdos que se generan en la convivencia?, ¿somos capaces de ir más allá del “se hace así porque yo digo”? Aprender a discutir y a resolver los asuntos del hogar nos permitirá hacer lo mismo en comunidad.

Simón llegó a casa después del colegio para comunicarles una decisión a sus papás: “Me quiero pintar el pelo de rojo”. Danilo y Margarita se miraron. Suspiraron. Parecía tajante y con determinación. Ambos guardaron silencio y el tema quedó así.

Al otro día Simón llegó con más determinación. A sus once años, la petición parecía muy clara: “Papás, en serio, ¡me quiero pintar el pelo de rojo!”. Ante la insistencia la respuesta fue sencilla: “no nos gustaría, pero la decisión es tuya. Ve a un espejo e imagínate con el pelo rojo”.

En esta casa, Simón tiene la confianza para discutir y tomar decisiones porque en medio de la dificultad que representa criar a un niño y de la ausencia de libreto para hacerlo, Danilo Córdoba y Margarita Mejía, ambos ingenieros civiles, han encontrado que la improvisación permanente también puede ser un escenario para el ejercicio de la razón, de los argumentos y de la posibilidad del diálogo. Casados hace 15 años, se podría decir que su mejor guía ha sido la falta de una.

Eso también da paso a la intuición de los padres. Una que parte de lo humano, de saber entender la posición desde la que habla el otro. La empatía es fundamental en esta pequeña familia, pues representa la posibilidad de la conversación desde el cariño y el respeto. Aquí no hay gritos ni golpes. La jerarquía de “los papás” existe, pero no se impone a través de violencia, sino a través de porqués, de respuestas y de negociación continua.

“¿Por qué no puedo tomar licor?, ¿por qué tengo que doblar la ropa, si me da tanta pereza?”, han sido preguntas que Simón les ha formulado a sus papás. “Porque tu cuerpo aún no está preparado para asimilarlo”, “porque todos vivimos en este espacio, y todos tenemos que ayudar a mantenerlo limpio”, fueron las respuestas. Ante las obligaciones, Simón encuentra argumentos lógicos que lo hacen obedecer por comprensión, no por miedo o prohibición.

Danilo y Margarita no podrían pedirle a Simón que no le dé pereza doblar ropa. Entienden que esta es una respuesta humana y natural, y aunque esto no lo hará eximirse de su obligación, sí facilitará el debate y la negociación de esas obligaciones.

La ensalada es uno de los mejores ejemplos de esas negociaciones. Cuando almuerza, Simón sabe que la porción de verduras de su plato debe ser colorida: la presencia de los vegetales no se negocia. Sin embargo, él sí puede escoger los colores que quiere que hagan parte de ella. El rojo del tomate, el naranja de la zanahoria, el verde de la lechuga o del brócoli. “No podemos obligarlo a que le gusten todos los colores”, explica Danilo. “Pero sí pedirle que agregue, por lo menos, uno”.

Simón no se pintó el pelo de rojo. Al final, fue al espejo y lo decidió: “papá, no me veo con el pelo rojo”. Sin embargo, haber tenido la posibilidad de plantearlo, da cuenta de algo que solemos creer difícil: la familia es, y debería ser, ese primer espacio donde se permite el intercambio de argumentos sobre los temas de la cotidianidad. Desde los colores de la ensalada y la doblada de la ropa hasta, por supuesto, la tintura del pelo.

“- Pero…¿por qué tengo que hacerlo?

– ¡Porque te lo ordeno yo, que soy tu madre!

– Si es cuestión de títulos, yo soy tu hija y nos graduamos el mismo día, ¿o no?”.

Mafalda

Quino

¿Cómo son las discusiones en tu hogar?, ¿las decisiones se toman a partir de argumentos o la principal razón es la autoridad?

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¿Cómo manejamos los desacuerdos que se generan en la convivencia?, ¿somos capaces de ir más allá del “se hace así porque yo digo”? Aprender a discutir y a resolver los asuntos del hogar nos permitirá hacer lo mismo en comunidad.
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