La emoción en todo el cuerpo

Entender nuestras emociones es sumar a los argumentos, ¿y si las escucháramos?, ¿tramitaríamos mejor nuestros desacuerdos?

Por: Juan Mosquera R.

Periodista

Lo has visto antes, cuando en los ojos de alguien habla la rabia. Fácilmente cambia el argumento por el insulto, al juicio lo nubla el prejuicio y cualquier conversación amenaza con ubicarte al borde de un precipicio donde cada palabra cae al vacío. En algún momento, que no recuerdas cuándo fue, todos nos hicimos ciudadanos de la nación de la indignación. Son así los días que vivimos. Como si alguien te preguntara al despertar ¿hoy contra quién estamos? Y la respuesta siempre fuera la misma: ‘si no estás conmigo, estás contra mí’. Nos confunden y aturden por igual redes sociales, radios, periódicos y televisión con su menú diario de confrontación. Al punto de llevarnos a pensar que la única emoción posible es la conmoción.

Y se equivocan.

Las emociones son tantas.

Y nos enriquecen tanto.

Aldo Cívico —estudioso de la naturaleza humana, autor e inspirador— es preciso al señalar que “no hay momento en nuestra vida donde no tengamos emociones, cuando tenemos una discusión están presentes las emociones”. Es importante la consciencia de leer esa parte nuestra que es constitutiva de lo que somos, que está presente en nuestro diálogo contidiano y en las decisiones que tomamos. La comunicación digital hace énfasis en esto y aparentemente las simplifica al punto de señalar con un emoticón el resumen de tus emociones ante una publicación. Te gusta, te enoja, te divierte, te asombra. Pero es algo mucho más complejo. La comunicación política en épocas electorales, que es otra variante del marketing, busca promover más las emociones que las razones en los votantes. Ni siquiera es que te gusten tanto las propuestas de un candidato sino que te enoje o le temas a las posibilidades de otra opción. La información, para algunos, pasa a un plano secundario.

Pero la información nunca es un dato menor.

Nuestro lugar en el mundo y nuestras posibilidades pasan por el río de la información. Y hay que sumergirse. La conversación con Aldo enciende luces como estas: “Los caballos saben leer las emociones, sobre todo en la vida selvática, así se ubican ante el peligro y reconocen la protección. Su lectura del entorno está en la interpretación de las emociones de sus semejantes”. Comprendamos que las emociones son una inteligencia adicional a la que se puede acceder en cualquier momento. Lo que sucede es que por condicionamientos educativos, culturales y religiosos hemos apagado esa capacidad de leer esas emociones como información. Y son capitales para la toma de decisiones: eso que llamas un pálpito o una corazonada es una emoción que necesita interpretación. Escuchar tus propias emociones implica entender si son de ahora o del pasado, si son realmente nuestras esas emociones o de alguien más. Muchas veces sentimos como sentían nuestros padres o amigos importantes. A veces somos solo un eco. Entenderlo puede cambiar eso.

La violencia nace al no escuchar. Si ignoras al que te habla, pronto convertirá su susurro en grito. Y será difícil ahí regresar al punto en que se pueda razonar. Es conveniente tener presente que se escucha con el cuerpo entero, también con el corazón.

¿Qué tanto escuchas tus emociones?, ¿las preparas antes de tener una discusión?

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Entender nuestras emociones es sumar a los argumentos, ¿y si las escucháramos?, ¿tramitaríamos mejor nuestros desacuerdos?
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