La belleza es cotidiana

La belleza es cotidiana

Detenerse ante la sombra futura del árbol de alcantarilla.

 

Por Valeria Mejía Echeverría, Responsable de Cultura en Comfama

«Creo que me hace falta
tu mano entre mi mano;
creo que me hace falta
tu nombre entre mis labios;
creo que si te olvidas de nombrarme,
seré un hombre borrado.
Creo que creo en el milagro».
Manuel Mejía Vallejo

Allí, ignorado por las miradas y pasos de transeúntes afanados, por los pregones de vendedores de fruta, chatarra o juguetes chinos de contrabando –“uno en mil, tres en dos mil”-, hay un árbol.  Pequeño, verde, joven, él, nacido entre plásticos y residuos de una alcantarilla sin tapa que alguien robó tiempo atrás porque tiene un precio, porque hay quien funda el metal del que está hecha, porque con el dinero que recibe a cambio puede comprar pan, café, arepas, mariguana o bazuco.

Son las dos de la tarde de un sábado con sol inclemente en esa Medellín color bermejo, naranja, rodeada por montañas de verdes infinitos que las urbanizaciones, los urbanizadores y sus dos y medio millones de habitantes no hemos borrado por completo. Respiro un aire espeso, que enferma, mientras veo el tallo de la planta adherida aún a la semilla (una pepa de mango). Las hojas jóvenes y entusiastas del árbol me acercan a él: la resistencia a la muerte y cierta esperanza ante la vida nos une.

Unas señoras hablan en la esquina bajo un almendro, cerca un niño juega con las hojas caídas y sonríe con lo que imagina es una montaña inmensa, un castillo, su casa, o simplemente “una nada” que lo divierte. Un vallenato se filtra desde un local vacío y en la calle se escucha el eco de esa música que habla de estrellas, cielos, del desierto o de la Sierra junto al mar en la que nacen ríos frescos y, si se cuenta con suerte, un buen amor; el “sabor caribe” combina bien con el sol de esta Medellín ardiente a la que no llegan olas aún.

Al señor del paradero que vende dulces en los buses, para quien el tiempo es la medida de su angustia, poco espacio le queda para detenerse ante la sombra futura del árbol de alcantarilla -mi pequeño sueño del día-. En el tiempo geológico, el de la tierra, que se mide en miles de millones de años, poco importan un hombre, yo, esta calle, la ciudad o la canción. Ahí están, sin embargo, el niño, el juego, los venteros de plásticos baratos, la conversación de esquina, la música, mi mirada fija en un árbol frágil. Ahí la vida abriéndose paso.

La luz del semáforo de los peatones ha cambiado a verde. Cruzo la calle.

La belleza es un derecho
“Es doloroso ver a hombres y mujeres
empeñados en una insensata carrera
hacia la tierra prometida del beneficio,
en la que todo aquello que los rodea
—la naturaleza, los objetos, los
demás seres humanos— no despierta
ningún interés”.
Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, 2013

¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a contemplar las maravillas que te rodean?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Detenerse ante la sombra futura del árbol de alcantarilla.   Por Valeria Mejía Echeverría, Responsable de Cultura en Comfama «Creo que me hace falta...
" />