La alegría de leer según Juan José Hoyos

Ben White en Unsplash.
Nací en una familia donde se aman los libros. Mi abuelo paterno, Juanito Hoyos, era un maestro de escuela que enseñó a leer y escribir a muchos campesinos de su pueblo.

Cuando murió, además del amor por los libros, la herencia que dejó a mi padre fue un Diccionario Enciclopédico Larousse. Ese fue el libro que me abrió las puertas al mundo y a la vida.

Mi hermana Lila también fue maestra de escuela y enseñó a leer a muchos niños del barrio donde yo nací. Mi hermana Ester, una muchacha nacida en el campo, cuando apenas estaba deletreando el alfabeto, me leía un cuento cada tarde en la acera de mi casa, mientras yo jugaba con mis amigos.

Cuando entré a la escuela, mi primer libro fue la inolvidable cartilla La alegría de leer. En ella aprendí las primeras letras. Poco después, mi primer documento de identidad fue un carnet de lector de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. A partir de ese momento, mi infancia está poblada de héroes de los libros que leí en esos años maravillosos: princesas y genios de las Mil y una Noches, espadachines, caballeros andantes, dragones, marineros intrépidos, viajeros infatigables, piratas, buscadores de tesoros.

El amor por los libros me salvó de muchas cosas que no quiero recordar. Los libros me llevaron de su mano amiga por ese camino que hoy sigo recorriendo con felicidad. Nadie te lleva tan lejos como un libro.

(También puedes leer este otro texto de Juan José Hoyos: Mis planes para el futuro).

 
Mi primer trabajo, a los dieciséis años, fue enseñando a leer a un grupo de obreros de una fábrica de ladrillos para la industria siderúrgica. Ellos habían llegado de las veredas y los pueblos de Antioquia expulsados por la violencia de los años cincuenta y no habían tenido la suerte de ir a una escuela. Algunos descubrieron la maravilla de desentrañar el significado de las letras del alfabeto cuando ya estaban a punto de cumplir 40 años. Jamás olvidaré su asombro cuando lograban juntar las letras de una palabra.

Los libros también me permitieron descubrir muy pronto mi vocación. Desde muy joven me di cuenta de que no podía vivir sin los libros. Por eso quise ser periodista y dedicarme a escribir. Y los libros siguieron enseñándome miles de cosas. En la Universidad, me enseñaron cómo es mi país, incluso antes de poder recorrerlo y conocerlo con mis propios ojos. También me enseñaron los secretos de mi oficio. Muy pronto comprendí por qué la biblioteca de la Universidad de Antioquia se hallaba en el centro de la ciudad universitaria. Allí está depositado todo el saber de las generaciones que nos antecedieron en la búsqueda del conocimiento en todos los campos del pensamiento, la ciencia, el arte. Allí también me di cuenta de que —como dice el escritor Jorge Luis Borges—, de los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro. Todos los demás, incluso la rueda, son extensiones de su cuerpo. “Solo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria”. El libro graba en sus páginas las palabras y es capaz de conservar el pensamiento de una persona a través del tiempo, de una generación a otra, aún después de su muerte.

Los libros también me permitieron descubrir mi vocación, ser periodista y dedicarme a escribir.

Por eso, en un país donde cada persona lee en promedio dos libros por año, dediqué mi vida a ellos. Hoy los libros son para mí compañeros inseparables. Ellos me alumbran cuando es de noche y me permiten hablar con los muertos. Cuando busco el sosiego, solo lo encuentro, aún en medio del ruido y el caos de la ciudad, en un rincón de mi casa con un libro en mis manos.

Creo que es verdad lo que decía a sus amigos el escritor inglés William Somerset Maugham: “Leer es construirse un refugio contra casi todas las miserias de la vida”.

 

Texto: Juan José Hoyos. 

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Nací en una familia donde se aman los libros. Mi abuelo paterno, Juanito Hoyos, era un maestro de escuela que enseñó a leer y escribir a muchos campesinos de su pueblo.
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