Jugar para resistir

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El Bingo, el Parqués, el tute y otros juegos de mesa tradicionales intentaron mantener unido un tejido social fracturado por el intenso conflicto entre el año 2000 y 2005 en San Carlos, Antioquia. Pastora Mira y los bomberos lideraron cada jornada en medio de una silente desobediencia civil.  

Cuando la justicia estaba coartada y la ley del “sálvese quien pueda” habitó San Carlos, los bomberos fuimos la única organización civil que se mantuvo abierta. Allí teníamos un Puesto de Mando Unificado y debimos encargarnos de acciones que, en situaciones ordinarias, no eran nuestra responsabilidad.   

A nosotros llegaba la petición de hacer levantamientos de cuerpos en diferentes zonas rurales y urbanas, atendíamos a las familias desplazadas y éramos nosotros quienes brindábamos esa primera agua panela caliente que apacigua en algo la desolación del destierro. También llegaban las familias que, cansadas de buscar alternativas en la ciudad u otros municipios, decidían contra todo pronóstico retornar.  

Necesitábamos una estrategia para encontrarnos, no había vida en San Carlos, mucho menos tejido social. Sin embargo, en nuestra sede ofrecíamos refugio, escuchábamos con dignidad y brindábamos un poco de consuelo, así que para que permaneciera la sede abierta, llegara la gente y pudiéramos extender nuestro propósito de compañía, tomamos la decisión: sacar mesitas de noche a las calles y reunirnos todos los días a las seis de la tarde a jugar.   

Al principio, creamos un bingo con cartones; las mesitas de noche las convertimos en tablas de parqués y ajedrez; también sacamos el dominó y las cartas. Los primeros días éramos diez o doce personas, luego jugaba la cuadra entera. En ese entonces, el pueblo estaba vacío desde las cuatro de la tarde, nadie se movía ni se veía caminando por ahí, excepto en este lugar. Éramos el único que permanecía abierto hasta las 11 o 12 de la noche. Llegamos a ser hasta 40 personas jugando y nunca nos pasó nada malo y ningún actor armado se metió con nosotros.   

El juego era nuestra resistencia, nuestra desobediencia civil. Además de los juegos, en las mesas teníamos papelitos y lápices para aquellos que no se atrevían a hablar y preferían escribirnos, nos dejaban mensajes pidiendo auxilio, ayuda, información o haciendo denuncias. Los actores ilegales pasaban armados por allí, por supuesto, pero nunca nos hicieron nada.  

Un día supimos que los muchachos que estudiaban flores exóticas en el Sena necesitaban 170 mil pesos para hacer sus prácticas. Entonces, como presidenta del Cuerpo de Bomberos les pregunté cuántos eran y en qué zona del municipio vivían, apenas me respondieron dije: “¡Sencillito! Vamos a hacer bingo por todos esos sectores. Pongan carteles e inviten a la gente”. Así que nos fuimos con una alcancía en la que reunimos todo el dinero de los cartones que se vendían para jugar y en una semana teníamos el dinero para todos los estudiantes.  

Luego usamos las moneditas de esa alcancía para decorar la cuadra cuando llegaba navidad, para darle regalitos a las madres cuando les celebrábamos su día, para pagar edictos de las familias de desaparecidos.

Fue jugando que mantuvimos a la gente unida, un pretexto para estar pendientes de nosotros mismos. El juego permaneció entre nosotros como un gesto poderoso de resistencia social y política

 

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¿Cuándo fue la última vez que jugaste con tus vecinos o comunidad?

¿Jugamos? Sí. #Juguemos, mejor si es para mantenernos unidos

 

 

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